Presencia Plena en las Relaciones

188 AGUSTIN

Mindfulness o atención plena es prestar atención de manera intencional al momento presente, desde una actitud de aceptación, curiosidad y no juicio. J. Kabat Zinn

Mindfulness o atención plena es una cualidad de la mente, su capacidad intrínseca de estar presente y consciente en un momento determinado en que cuerpo y mente se sincronizan totalmente en un instante de realidad.

Cuando estamos estresados, andamos separados, alienados de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Al acercarnos a nuestro ser o al mundo nos calmamos. La conexión, el contacto nos centra, nos hace sentir mejor. Tratar de unificar cuerpo y mente nos relaja. Las prácticas de atención plena tienen esta función: volver a conectarnos con nuestro ser, y poner presencia en nuestra realidad.
Podríamos afirmar que la relación más importante que podemos desarrollar es con nosotros mismos. Cultivar el autoconocimiento y la aceptación de nuestras capacidades y de nuestros límites, desarrollar el autoaprecio y la autocompasión, las dos caras del amor a uno mismo.
También podemos aprender a relacionarnos con nuestros contenidos mentales, de modo saludable y un camino seguro es desarrollar la consciencia testigo, dimensión personal más profunda que se cultiva con la práctica meditativa.
Aprender a aceptar y disfrutar la soledad es un gran logro personal. Para establecer una relación en pareja sana, es preciso antes saber estar solo y quererse. Y desde ahí aprender a convivir y compartir.
En el mundo de las relaciones, la atención es un ingrediente fundamental que puede transformar totalmente la calidad de nuestros intercambios con los demás. El más importante regalo que se puede dar a otro es el regalo de la presencia. En una era de distracción y ansiedad casi permanente, la gente anhela momentos de atención o plena presencia con sus seres queridos. Cuando alguien está totalmente presente con nosotros, nos sentimos reconfortados y nutridos. Los momentos especiales se graban porque el arte de la memoria es el arte de la atención. No dejar que la mente nos aparte del aquí y el ahora y volver a estar presentes es vivir la conexión en la experiencia de las relaciones.
Dice Eckhart Tolle que el modo habitual de relacionarnos con el momento presente es convertirlo en un medio para conseguir otra cosa, no un fin en sí mismo. Normalmente usamos las relaciones como un medio para conseguir un fin, para obtener placer, compañía, información, beneficios materiales, reconocimiento, seguridad, etc. de modo que nos permitan afirmarnos. Pero cuando nos relacionamos con una persona en un momento dado, tenemos también la opción de considerarla como un fin en sí mismo.

Las relaciones generalmente están mediatizadas por el factor tiempo. Lo que conozco de una persona está relacionado con las experiencias que he tenido con ella en el pasado, o lo que espero de ella en el futuro. Cuando nos encontramos con alguien estamos condicionados por los juicios a través de los cuales definimos a esa persona. Sin embargo para conocer a otro en su esencia no es preciso saber de su historia y experiencias, es un conocimiento no conceptual que tiene lugar cuando la mente se aquieta. Podemos aprender a centrar nuestra atención en una persona, sin expectativas, prescindiendo de sus circunstancias, apariencia, conducta,…
Nos formamos rápidamente opiniones, y juicios severos, que crean una barrera artificial entre los seres humanos. Evitar los juicios no implica ignorar lo que el otro hace, implica reconocer que su conducta es una forma de condicionamiento. Cada ser humano está condicionado para mostrarse y comportarse como lo hace. Si tuviéramos en cuenta que con experiencias similares a las suyas y un mismo nivel de consciencia, nosotros podríamos actuar de manera similar, los juicios cesarían.
Otro obstáculo en las relaciones es la carga emocional que arrastramos, que tiende a aflorar como reacción automática en presencia de determinadas personas, al interpretar sus actos como algo personal contra nosotros. Se trata de ese dolor, fruto del pasado, que se ha ido acumulando y que se manifiesta al sentirse amenazada nuestra identidad, apareciendo los dramas y enfrentamientos. En estos casos, la capacidad de observar lo que sucede en nuestro interior, nos permite un espacio de quietud para elaborar una respuesta más lúcida, en lugar de reaccionar pasando al ataque o la huida que solo traerán más sufrimiento. Ello está en la base de la inteligencia emocional. Ser capaces de prestar atención compasiva a ese carga del pasado, puede empezar a aliviarnos de ella.
Comunicación Consciente: Expresar, Escuchar…
En toda comunicación encontramos estos dos elementos: la expresión y la escucha. La práctica de la atención plena puede transformarlos totalmente.
Nuestras palabras a menudo no se corresponden con lo que queremos decir. Según nuestro estado, podemos hablar sin conexión con lo que sentimos o necesitamos.
Se vive mucho estrés en las relaciones por no saber reconocer nuestras necesidades o afirmar nuestras prioridades. Necesitamos aprender a expresar lo que queremos y también a decir no y definir nuestros límites.
¿Cómo comenzar a hacer esto? Una clave es aplicar atención plena a nuestras emociones y aceptarlas sin juicios. No es fácil si hemos creído toda la vida que no está bien tener ciertas vivencias (como la rabia, la tristeza o la envidia, por ejemplo). Pero los sentimientos no son ni buenos ni malos, son solo parte de la experiencia. Podemos empezar a suspender la censura o juicio en relación con ellos. Al ser conscientes de ellos y aprender a aceptarlos encontramos formas más constructivas de comunicarlos. Cuando los suprimimos o nos dan miedo pueden sorprendernos causando tensiones o desbordamiento emocional.
Nos responsabilizamos de nuestras emociones, hablando en términos de yo, en lugar de tú (es decir, yo siento esto, en vez de tú me haces esto y tienes la culpa de lo que siento) Se trata de no dar poder a otros sobre nuestros sentimientos. La parte más importante de una comunicación eficaz consiste en mostrarse atentos a los propios sentimientos, sin responsabilizarnos de la parte que no nos corresponde.
La escucha es un arte descuidado en la comunicación habitual. Es importante tomarnos tiempo para responder. Usar el silencio para permitirnos respirar y sentir, sin perder energía en la reacción automática.
Normalmente no se escucha para comprender sino para contestar. La escucha auténtica es hacer silencio dentro de uno, acallando juicios, suposiciones, expectativas, etc. Normalmente gran parte de nuestra atención está bloqueada por nuestros pensamientos y reacciones.
La capacidad de escucha profunda a alguien proviene de saber escucharse a uno mismo, incluso a las partes más oscuras y vulnerables. Cuando mi mundo interior deja de ser una amenaza para mi, empiezo a poder escuchar lo que siente otro ser humano.
Permitir el silencio, dejar que sucedan las pausas..., no correr a expresar nuestro punto de vista. Parece que nos da miedo el vacío . Nos hemos acostumbrado tanto a vivir en el ruido, a llenar los huecos,… que el silencio se vive como incómodo.
La mayoría de las interacciones humanas se limitan a un intercambio de palabras, en el mundo del pensamiento. Cuando aprendemos a escuchar, atendemos también a los gestos y mensajes corporales, a las emociones del otro, nos abrimos a la empatía y la conexión.
La verdadera escucha va más allá de la audición. Es un espacio abierto en el que las palabras son recibidas. Ese espacio es un campo de consciencia unificador en el que nos encontramos con otra persona más allá de las barreras creadas por el pensamiento conceptual. Podemos relacionarnos desde la presencia. Entramos en el Ahora, el espacio en el que surgen las palabras, entonces estas dejan de ser lo más importante.

Lecturas recomendadas.
El silencio habla, de Eckhart Tolle;
El proceso de la presencia, de Michael Brown)

 

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