De la Improvisación a la mística

219 ILUS CHEMAEl compás lo es todo. Los planetas y cada piedra que giran en el universo lo hacen de forma acompasada, moviéndose sobre sí mismos y alrededor de otros sin que se choquen, guardando la distancia y velocidad adecuada. Cuando no existe el compás, se incrusta el caos. 

Estas palabras, del guitarrista flamenco Raúl Rodríguez, respondían a la pregunta: qué es para ti el compás. En realidad define de una forma artística lo que se llamó la música de las esferas en la época de Platón, donde el movimiento armónico de los planetas definían la escala pitagórica que dio pie a la progresión musical que hoy conocemos todos.

Hoy ya sabemos que todo es vibración, incluso la materia. La música al fin y al cabo no es otra cosa que vibración de ondas más o menos ordenadas. En este espacio, nos proponemos demostrar que practicar una actividad musical nos puede llevar a entablar un diálogo con la naturaleza y, a la postre, a una armonía personal.

De hecho, en un principio, los elementos naturales y los animales fueron quienes nos enseñaron a musicar. Fueron las aves quienes con su canto ordenado trasladaron al hombre las posibilidades de su voz melódica. Y fue la naturaleza quien nos enseñó a crear los primeros instrumentos, como las flautas (el canto de aves) o los zumbadores (el sonido del viento), o el didgeridú, el sonido de los sueños.

El gran musicólogo Marius Scheneider va aún más lejos al conjeturar que “la música es la más alta forma de espiritualización de la naturaleza, pues expresa ésta con un mínimo de materia (vibración ordenada)”. Pero también nos advierte del peligro que supone que “el hombre moderno en su pensar, corre el peligro de perder el contacto con la verdad inmediata (natural) al desear imponer sus ideas al mundo circundante (artificial)”. En vez de hacer que cada idea sea una verdad viable, un ritmo verdadero de la naturaleza, consonante con las leyes íntimas de la vida, prefiere un ritmo artificialmente creado. 

Sin embargo, en los tiempos actuales, la música ha derivado en muchos casos en una interpretación del papel pautado o partitura, creándose un mayor vínculo mental que emocional, fundamentalmente en el intérprete. El gran músico de Jazz Jorge Pardo remarcaba en una conversación que “la partitura ha de servir como una anotación para poner de acuerdo a varios músicos o recordar uno mismo lo compuesto, pero que no sirva como presión para el ejecutante que ha de estar más en sintonía con su alma creativa”. 

Hoy, la enseñanza musical, y su gran dificultad para plasmarla eficazmente en un instrumento, ha paralizado la posibilidad de que muchos de nosotros, seres ocupados con familias, trabajos, etc, afrontemos tocar un instrumento sin miedo a hacer el ridículo. Hemos perdido el ritmo… de la vida. 

EL PODER DE LA IMPROVISACIÓN

Ya hemos hablado en estas páginas de la variedad de instrumentos que se puedan tocar sin que sea necesario aprender música. En realidad, se trata más de un desaprender. De un dejarse llevar. ¿O poseer? Golpear repetidamente un tambor por ejemplo, con un ritmo simple pero constante, nos va sujetando nuestro hemisferio izquierdo – el pensante- concentrado en no perder el ritmo, de forma que el derecho – el intuitivo – coge más presencia y se va dejando poseer por ese tiro natural. Es ahí donde conectamos con la vida rítmica, cíclica en sus estaciones, armoniosa en su compás. 

Pero es hora de girar con otros planetas. Al tambor se suma una flauta nativa (pentatónica y fácil de tocar), una voz grave que susurra como un mantra, un hand pan que nos eleva,  una voz más aguda que improvisa una melodía, quizás una maraca… No hace falta que todo empiece bien, sólo hay que dejar que todo se vaya colocando. Seguramente nos sorprendan los resultados, no por lo bonitos que puedan ser, sino por lo que nos hacen sentir: la vida en su forma más primigenia. ¿Música o mística?

Marius Scheneider afirma que “todas la tradiciones místicas utilizan la música para penetrar en la ley divina de la naturaleza”. Pero para ello “hay que entregarse al ritmo creador, no para disecarlo, sino para vivirlo. De forma que sabemos lo que hacemos, pero no conocemos lo que hacemos o de qué modo lo hacemos.”

En la santería cubana practicada con tambores batá, el músico-místico se ve de pronto poseído por Changó (dios del fuego) o Yemayá (diosa de todos los océanos) y vive la deidad cabalgando sobre el ritmo. La música deja de ser arte para convertirse en mística, unión con la naturaleza esencial.

En la improvisación yace la mística. Aparca el miedo al ridículo, a la desafinación, al irte de ritmo. Escucha al que toca a tu lado y acoplaros en la divina danza del devenir. Escucha el silencio y siente la ausencia, la muerte, el tempo necesario para que vuelva a brotar el ritmo y la melodía. Da voz ahora a tu miedo: gritaaaaa!!! Da voz a tu amor: susurraaaa!!! Da voz a la vida: canta!!!

Chema Pascual

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