Expulsados del Paraíso. El mito de Adán y Eva interpretado

206 DANIEL GABARRO

Todo el mundo conoce la historia de Adán y Eva: los humanos todavía viviríamos en el Paraíso si ellos, engañados por una serpiente, no hubieran comido del árbol del bien y del mal.
Pero casi todos ignoramos la inmensa sabiduría práctica que hay en esa metáfora.
En este artículo os invito a repensar esta historia y entender el mensaje oculto que contiene y que nos lleva, de nuevo, al Paraíso al que pertenecemos.
El mito no se refiere a manzanas, ni a serpientes... sino a algo mucho más sencillo y profundo que, al comprenderlo e integrarlo, transforma nuestra vida.

Infierno y Paraíso
Lo primero que te invito a comprobar es tanto el Paraíso como el Infierno están aquí.
Si miras la vida de las personas verás que algunas viven en un verdadero infierno mental: su psique está prisionera en el sufrimiento, en el odio, en la confusión, en el rencor... No pueden escapar. Ahí está el infierno.
Pero por otras personas son capaces de lidiar con cualquier dificultad sin perder su paz interior. Son personas libres que viven desde la comprensión y han hecho suyas las palabras de cierto mesías nacido en Nazaret que afirmaba que el Reino de Dios estaba cerca, en nuestro interior, aquí y ahora.
Tanto el infierno como el paraíso existen. Y existen aquí y en este instante porque son estados mentales. Muchos de nosotros hemos habitado en ambos.
No os pido que lo creáis. Os pido que lo comprobéis mirando a vuestro alrededor.

El árbol del bien y del mal
Pero, ¿cuál el fruto del árbol del bien y del mal? ¿cuál es ese fruto que, al comerlo, te expulsa del Paraíso?
En realidad, también el árbol del bien y del mal está en nuestro interior. Cuando nosotros juzgamos el mundo en buenos y malos, el mundo se escinde dentro nuestro y el sufrimiento aparece en nuestras vidas.
Cuando se nos dice que "no comamos del árbol del bien y del mal" se nos pide que no juzguemos, que no dividamos el mundo en buenos y malos, que no creamos en el mal porque al creer en él, tendrás que luchar su contra. La lucha te llevará a la violencia y, claro, tu vida se llenará de dolor, de batallas, de agresión... La expulsión del Paraíso será un hecho.
El árbol del bien y del mal es el juicio que nos lleva a juzgar a los demás y a nosotros mismos. Recuerda: no juzguéis y no seréis juzgados. Solo tengo una mirada: si te juzgo, me juzgaré. Si creo en el mal, el mal habitará en mi interior. Ese es al fruto del árbol del bien y del mal del que no hay que comer.

Todo el mundo hace lo que puede
Sin embargo, todas las personas actúan creyendo que tienen motivos para hacer lo que hacen. Todos creen estar justificados.
Mientras creamos que solamente nosotros y, como mucho, las personas que nos caen bien, actuamos haciendo lo que podemos, estaremos dividiendo el mundo entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos).
Seremos incapaces de mirar el error y decir, "yo muchas veces también he errado, ¿cómo puedo ayudarte?"  En lugar de ello, los miraremos con desaprobación, los juzgaremos y el odio habrá entrado en nuestra vida: nuestra expulsión del Paraíso será un hecho.
En cambio, si pudiéramos mirarlos comprendiendo que todas las personas hacen lo que pueden, entenderíamos la frase "perdónalos, no saben lo que hacen"; pues muchas veces nosotros hemos herido a otras personas pues no sabíamos lo que hacíamos.
Los demás no son distintos a nosotros. Nosotros somos los demás de los demás.

Y ganarás el pan con el sudor de tu frente...
Cuando nuestro juzgar a los demás nos expulsa del Paraíso, solo podemos que vivir y parir con dolor. No hay otro lugar al que ir que al sufrimiento, puesto que el sufrimiento es mental y allí donde voy, siempre lo llevo conmigo.
Sin querer, me rodean las guerras y la violencia. Los veo fuera y los critico, los veo en el exterior y los agredo. No me doy cuenta que soy yo quien los proyecto, no me doy cuenta de formar parte de esa agresión y esa violencia.
Y ahí debo empezar a ganar el pan con el sudor de mi frente. No me refiero a la comida. Porque en la Biblia siempre que se habla de pan se está hablando de comprensión.
Solo yo puedo obtener la sabiduría (el pan) con mi esfuerzo de comprensión, nadie puede darme conocimiento, solo se me puede dar información. Pero sin el sudor de mi frente no la entenderé, no la haré mía. Solamente yo puedo descubrir que el origen de mi infierno está en mi mirada, en la división del mundo entre bien y en mal. Nadie puede hacérmelo entender por mí. Yo debo entenderlo solo. Nadie puede aprender por mí.
Pero cuando, gracias al sudor de mi trabajo interior, descubra que el error está en mi juicio, entonces quedaré liberado. Libre de nuevo. Entonces miraré con la misma ternura al león y al cordero, al insecto y al cachorro, al virus y al gato. Gracias a una mirada sin juicio, recuperaré la sabiduría y con ella, todo lo demás se me dará por añadidura: el Reino de Dios, el Paraíso, una vida feliz, la paz y el amor. Pero mientras siga comiendo del fruto del árbol del bien y del mal, seguiré expulsado del Paraíso.

Este es el pecado original
Se nos dice que el pecado de Adán y Eva es el pecado original que todos traemos a esta vida. Y es lógico: la creencia en el bien y en mal se nos transmite de generación en generación y nos hace sufrir. La cultura, la sociedad, los errores sociales se sustentan en esta separación entre nosotros y los demás, los buenos y los malos, el bien y el mal. Pero solo existe Unidad.
No existe otro pecado original que éste. Pero recordemos que el término pecado significa error. Por tanto, solo estamos ante un error que se transmite de padres a hijos, de madres a hijas. Pero como todo error es enmendable.
Basta con mirar el mundo habiendo renunciado a creer que yo soy mejor que otros, que yo soy mejor que un ladrón o que un violador... mirar a los demás desde la comprensión nos permite no juzgarlos y, desde la ausencia de juicio, nuestra paz es invulnerable. Volvemos, de nuevo, al Paraíso.

¿Dónde deseas vivir?
Tras releer la historia de Adán y Eva desde esta perspectiva, uno comprende que en cada instante podemos decidir dónde deseamos vivir. ¿Deseamos vivir en el odio? ¿O deseamos vivir en la comprensión?
Naturalmente, que no es lo mismo comprender que justificar. Puedo comprender el odio de alguien, pero no justifico sus acciones agresivas. Pero lo comprendo, pues yo he vivido lo mismo. Y al comprenderlo, decido no vivir también yo en el odio. Decido vivir en la paz, en el amor.
Y esa decisión me lleva, de nuevo y de forma inevitable, otra vez al Paraíso.
Sí. El infierno y el Paraíso están aquí.
¿Dónde deseas vivir tú?

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