PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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La Psicología de la Mujer (2a Parte)

211 PABLOEn el artículo anterior hablamos de que la mujer, en su núcleo es anima, es decir sentimiento, intuición, adaptabilidad, fluidez, tendencia a ir con las cosas, de no oponerse a ellas, que posee una ausencia de crítica y de autocrítica en dicha naturaleza. Por ello es que tiende a buscar su complemento, el cual es el animus, que es el núcleo de los hombres, por lo que ellos tienden a buscar su complementación en el anima.

Ahora, dado que nuestra cultura es pro-hombre, y tiende a deificar todo lo masculino (la fuerza, el poder, la razón, la agudeza), la mujer ha acabado pensando que su naturaleza es débil y errónea, que debe cultivar cualidades que la pongan a la altura de las circunstancias en un mundo que exige, valora y premia sólo valores masculinos. Así la mujer se ha convertido en heroína, empresaria, fría funcionaria, política, etc. Lo anterior le ha parecido un progreso, tanto como me parecería a mí un progreso el cortarme un brazo en una cultura en que se propusiera como ideal el ser manco.

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

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La Psicología de la Mujer (1a Parte)

 Hoy en día tenemos una mezcolanza con respecto a los roles femeninos y masculinos en nuestra sociedad, lo que nos lleva a complejizar nuestras relaciones humanas, tornándolas en problemáticas.

El psicólogo suizo Carl Jüng decía que existen dos principios, uno masculino (animus) y otro femenino (anima), que residen tanto en el hombre como en la mujer. El animus se corresponde con el aspecto racional, con la palabra, el discurso, la definición y clasificación de las cosas. Mientras que el anima lo hace con el sentimiento, la intuición, y con una aproximación más vaga, pero a su vez más abarcadora de las cosas.
De forma innata la mujer funciona desde el anima, mientras que el hombre lo hace desde el animus, y, a su vez, cada uno necesita integrar, desarrollar lo que le falta, para compensar su polaridad.
Ahora bien, nuestro mundo prioriza y exalta los valores racionales como superiores, por lo que hombres y mujeres se esfuerzan por lograr expresar lo considerado la “nata” de la humanidad: la razón. Así vemos a muchas mujeres, que en su afán de incorporar el animus, en lugar de integrarlo, y lograr así un funcionamiento más total, lo que hacen es identificarse con él. Es decir, buscar desarrollarlo exclusivamente, a expensas de su tan valioso sentir (anima). Con lo que se convierten en empresarias frías, profesionales calculadoras, funcionarias desalmadas, personas dominadas por ideas fijas y absolutas sin ningún asidero lógico. En suma, en una distorsión exagerada del principio masculino que implica sacrificar su alma (anima). Esto les ha pasado a las feministas, por ejemplo, quienes en aras de la igualdad de sexos, se “masculinizaron”.

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Por otro lado están aquéllas que hacen lo contrario. Es decir, que niegan a lo masculino, a lo racional, la toma de decisiones, y se refugian en criar hijos (cuantos más mejor), recluyéndose en los abismos inconscientes del sentimiento (anima). Pero todo lo que se rechaza, niega o evita, regresa sin que lo notemos, y se da así el fenómeno de la posesión. Esa mujer, supuestamente sensible, maternal, nutritiva y dulce, se convierte en melindrosa, exigente, intolerante, crítica, tal como la Jantipa de Sócrates. Esto es, ha sido poseída por lo masculino, racional y discursivo, pero en un modo distorsionado, por ser inconsciente, con lo cual acaba peor que la feminista.
Sin embargo existe un modo armonioso y sano de integrar (en lugar de identificarse o ser poseído por) el animus, que consiste en, primero mediante el reconocimiento en el afuera (marido, amigos, hermanos, padre), proceso que se denomina en psicología transferencia o proyección. Comenzar a descubrir el discurso masculino, racional. Y luego, poco a poco, ir integrándolo y desarrollándolo interiormente mediante la diferenciación del animus de la persona en que lo proyectamos.
La mujer suele toparse con el animus a través de diversas figuras masculinas, que variarán según su propio nivel de desarrollo (relación con su propia anima (principio femenino):
• En sus formas más bajas, buscará deportistas, aventureros, estetas, etc.
• En formas medias, buscará hombres con propósitos claros en la vida, como emprendedores, políticos, revolucionarios, etc.
• En sus formas superiores, buscará al sabio, al maestro, al mago, al guía espiritual, etc.

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El MAGO DE OZ como viaje de Autodescubrimiento

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Todos hemos visto esta película de Judy Garland (1939), llena de colores, canciones, bailes, y personajes de cuentos de hadas, como el espantapájaros, el hombre de hojalata, el león, la bruja mala del oeste, etc. Sin embargo, la mayoría la recordamos como una simple película dirigida a los niños, infantil y sin importancia.
Cuando nos adentramos en el mundo de nuestra psique, de nuestra forma de entender la vida, descubrimos que toda película o novela, por ser una expresión de nuestro propio modo de vivenciar las cosas, resulta que contiene en sus personajes, en sus acontecimientos, todo lo que nos sucede y nos compone pero re-presentado allí afuera, en la pantalla, por lo que resulta muy útil aprender a decodificar el lenguaje que esas obras artísticas utilizan, y, así poder llegar a entendernos mejor.

En el mago de Oz encontramos a una jovencita inquieta llamada Dorothy, que vive con sus tíos (es huérfana) en una humilde granja en Kansas, una zona rural de los EEUU. Vemos que es muy vehemente y locuaz emocionalmente, y que habla sin parar y sin oír ni interesarse por lo que otros tengan para contar acerca de ellos mismos. A ella le preocupa que la vecina (la Sra. Gulch), la haya amenazado con quitarle a su querido perro Totó.
Vemos así que ella es lo que Jung llamaría “sentimiento extrovertido”, es decir, aquel que expresa constantemente lo que siente, sin detenerse a escuchar lo que otros sienten o a reflexionar siquiera lo que él mismo siente. Toda actitud posee su contrario, su “sombra”, la cual trae problemas a nuestra vida hasta que finalmente decidimos integrarla. Así Dorothy encuentra en su tía Emma, en la Sra. Gulch, y, posteriormente en el árbol frutal que la agredirá, en el hombre de hojalata, y en los zapatos color rojo rubí, aquello que tanto rechaza por ser su opuesto: el “sentimiento introvertido”, es decir, el sentir y reflexionar, pero no expresar lo que se siente.

Así su viaje comenzará (como el de todos nosotros) intentando huir de lo que tanto problema le causa (representado por su tía y la Sra. Gulch). El detonante es su perro Totó, que encarna al bufón, a esa energía que nos mete en problemas y que, más adelante, en retrospectiva, descubrimos que es lo que nos ha echado una mano en nuestro crecimiento.

Ella huye de casa, encuentra a un profesor charlatán (quien luego será el mago de Oz), el cual es la sombra de la energía inferior (inconsciente) de Dorothy: el pensamiento, al que ella debe todavía desarrollar, ya que lo tiene en un estado primario todavía (el espantapájaros), por lo que rechaza al profesor charlatán, e intenta regresar a casa con su tía, pero ya no es posible, ya que cuando uno da un paso (o la vida lo hace por nosotros) para comenzar el viaje, ya no hay retorno posible, de forma que un ciclón eleva su casa por los aires y cae finalmente en el reino mágico de Oz, justo sobre la bruja mala del este, matándola.

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