PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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American Beauty

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Muchas veces, las películas nos permiten comprender fácil y gráficamente, verdades a las que de otra manera nos costaría más acceder. 

En esta película de Sam Mendes, de 1999, podemos extraer sentidos muy valiosos para los momentos que nos toca vivir repetidamente a lo largo de nuestra vida. 

Podemos examinarla a la luz de la alquimia, y veremos tres estadios bien definidos. El primero es la Nigredo o ennegrecimiento, un estado que nos toca vivir frecuentemente y que el personaje principal, encarnado por Kevin Spacey nos presenta desde el comienzo mismo. Es el estado de "quemado" o "burnout", que se define por sentirnos abrumados por la rutina, asfixiados por responsabilidades que vamos asumiendo poco a poco, hasta hacer de nuestra vida una gris monotonía carente de sentido. Este estado es muy habitual en nuestra cultura de la producción y del trabajo, en la que se nos enseña e insta desde pequeños a ser productivos, a comprar, a tener, olvidando la dimensión más profunda de nuestro ser. Con lo que todo se vuelve pesado como el plomo. Por ello a esta etapa se la llama “la etapa de Saturno”, el dios del tiempo.  

Normalmente, lo único que puede sacarnos de dicha etapa, es el descubrimiento de una sensación de belleza, de fascinación, de interés. En algo "allí fuera", en los demás o en algún objeto o proyecto, algo que nos permita proyectar aquello que ya somos, pero que no somos capaces de ver, como por ejemplo, el valor, el amor, la dulzura. En suma, enamorarnos de algo o de alguien, que puede ser un trabajo ideal, una persona maravillosa, un libro fascinante, una carrera ideal, etc. A eso se le llama en la alquimia, la Albedo, la segunda etapa. Albedo significa "enblanquecimiento", porque todo se llena de luz, de vida, de colores, es ese estado que tanto conocemos y anhelamos en el que sentimos que "caminamos sobre algodones". En resumen, enamorarnos. 

Lester Burnham, el protagonista, entra en la Albedo al conocer a Ángela (ángel, mensajero), una quinceañera amiga de su hija que lo deslumbra. A partir de allí cambia su vida, comienza a vivir en función de esa belleza objetivada, que es cuando creemos que sin esa persona, trabajo, libro, etc., no podríamos vivir. 

Lo más frecuente es que esto nos suceda regularmente, pero que, así como llega, se vaya diluyendo debido a que la persona en cuestión nos deja, o se vuelve habitual verla, etc. Con lo que, poco a poco, volvemos a nuestra Nigredo de siempre, para, nuevamente más adelante, volver a proyectar o a transferir nuestra belleza en alguien o algo otra vez en un ciclo sin fin. 

Algunas personas, como Caroline, la esposa de Lester, se las arreglan para tener estímulos habituales y suficientes como para no caer nunca tan bajo como para llegar a una nigredo, pero tampoco vivir siempre en una perfecta Albedo. Es decir, quienes viven así nunca tocan fondo, pero por esa misma razón, nunca alcanzan la realización vital o “individuación”. 

Cuando una persona toca fondo, es cuando realmente un cambio se produce en su vida. Por ello es Lester y no Caroline, el que entra en una Albedo muy intensa y comprometedora, la cual, para él, se abrirá hacia el final de la película a una Rubedo unificadora. 

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La Psicología de la Mujer (2a Parte)

211 PABLOEn el artículo anterior hablamos de que la mujer, en su núcleo es anima, es decir sentimiento, intuición, adaptabilidad, fluidez, tendencia a ir con las cosas, de no oponerse a ellas, que posee una ausencia de crítica y de autocrítica en dicha naturaleza. Por ello es que tiende a buscar su complemento, el cual es el animus, que es el núcleo de los hombres, por lo que ellos tienden a buscar su complementación en el anima.

Ahora, dado que nuestra cultura es pro-hombre, y tiende a deificar todo lo masculino (la fuerza, el poder, la razón, la agudeza), la mujer ha acabado pensando que su naturaleza es débil y errónea, que debe cultivar cualidades que la pongan a la altura de las circunstancias en un mundo que exige, valora y premia sólo valores masculinos. Así la mujer se ha convertido en heroína, empresaria, fría funcionaria, política, etc. Lo anterior le ha parecido un progreso, tanto como me parecería a mí un progreso el cortarme un brazo en una cultura en que se propusiera como ideal el ser manco.

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

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La Psicología de la Mujer (1a Parte)

 Hoy en día tenemos una mezcolanza con respecto a los roles femeninos y masculinos en nuestra sociedad, lo que nos lleva a complejizar nuestras relaciones humanas, tornándolas en problemáticas.

El psicólogo suizo Carl Jüng decía que existen dos principios, uno masculino (animus) y otro femenino (anima), que residen tanto en el hombre como en la mujer. El animus se corresponde con el aspecto racional, con la palabra, el discurso, la definición y clasificación de las cosas. Mientras que el anima lo hace con el sentimiento, la intuición, y con una aproximación más vaga, pero a su vez más abarcadora de las cosas.
De forma innata la mujer funciona desde el anima, mientras que el hombre lo hace desde el animus, y, a su vez, cada uno necesita integrar, desarrollar lo que le falta, para compensar su polaridad.
Ahora bien, nuestro mundo prioriza y exalta los valores racionales como superiores, por lo que hombres y mujeres se esfuerzan por lograr expresar lo considerado la “nata” de la humanidad: la razón. Así vemos a muchas mujeres, que en su afán de incorporar el animus, en lugar de integrarlo, y lograr así un funcionamiento más total, lo que hacen es identificarse con él. Es decir, buscar desarrollarlo exclusivamente, a expensas de su tan valioso sentir (anima). Con lo que se convierten en empresarias frías, profesionales calculadoras, funcionarias desalmadas, personas dominadas por ideas fijas y absolutas sin ningún asidero lógico. En suma, en una distorsión exagerada del principio masculino que implica sacrificar su alma (anima). Esto les ha pasado a las feministas, por ejemplo, quienes en aras de la igualdad de sexos, se “masculinizaron”.

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Por otro lado están aquéllas que hacen lo contrario. Es decir, que niegan a lo masculino, a lo racional, la toma de decisiones, y se refugian en criar hijos (cuantos más mejor), recluyéndose en los abismos inconscientes del sentimiento (anima). Pero todo lo que se rechaza, niega o evita, regresa sin que lo notemos, y se da así el fenómeno de la posesión. Esa mujer, supuestamente sensible, maternal, nutritiva y dulce, se convierte en melindrosa, exigente, intolerante, crítica, tal como la Jantipa de Sócrates. Esto es, ha sido poseída por lo masculino, racional y discursivo, pero en un modo distorsionado, por ser inconsciente, con lo cual acaba peor que la feminista.
Sin embargo existe un modo armonioso y sano de integrar (en lugar de identificarse o ser poseído por) el animus, que consiste en, primero mediante el reconocimiento en el afuera (marido, amigos, hermanos, padre), proceso que se denomina en psicología transferencia o proyección. Comenzar a descubrir el discurso masculino, racional. Y luego, poco a poco, ir integrándolo y desarrollándolo interiormente mediante la diferenciación del animus de la persona en que lo proyectamos.
La mujer suele toparse con el animus a través de diversas figuras masculinas, que variarán según su propio nivel de desarrollo (relación con su propia anima (principio femenino):
• En sus formas más bajas, buscará deportistas, aventureros, estetas, etc.
• En formas medias, buscará hombres con propósitos claros en la vida, como emprendedores, políticos, revolucionarios, etc.
• En sus formas superiores, buscará al sabio, al maestro, al mago, al guía espiritual, etc.

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