Las Distracciones, en la Meditación, y en la Vida

200 PABLO

¿Cuántas veces, al ponernos a meditar, o al, simplemente perseguir alguna meta o proyecto, descubrimos, para nuestro pesar, que estamos divagando otra vez, soñando despiertos, alejados por completo del propósito original, desperdiciando nuestro tiempo? Probablemente esto nos suceda cada vez que nos sentamos a meditar, o que no embarcamos en algún proyecto personal. Pero... ¿por que sucede? ¿Es que nuestra voluntad no es lo suficientemente fuerte? Es que estamos utilizando la técnica o enfoque equivocados?
Nuestro punto de partida suele ser una sensación de incompletitud, de falta de algo, que nos mueve a querer conseguir aquello que se nos promete interesante, pleno, valioso, placentero. Entonces, nos disponemos a enfocarnos en ello, comenzamos a imaginar como será cuando lleguemos a esa dorada meta (casa nueva, coche, pareja, viaje), y, movidos por las imágenes que nos inundan, comenzamos a movernos en pos de ello.
En algún momento del camino, algo sucede. No lo habíamos previsto, pensábamos que sería cuestión de caminar y llegar a destino, pero, nos encontramos desviados, haciendo algo, al mejor estilo de Pinocho, quien, jamás llegaba a su meta (el colegio), sino que se perdía en juegos, intereses menores, diversiones, etc. Este desvío, es como un corte, una ramificación de nuestro camino original, que nos lleva a cualquier sitio, a hacer cosas no previstas, que tienen sus propios atractivos, como si fueran un mundo aparte en si mismos, un mundo que nos cautiva. Parecería que Pinocho simplemente hubiese cambiado de opinión, si no fuera porque, en algún momento de la diversión, ese mundo alternativo parece quedarse sin cuerda, y… se detiene. Despertamos, y decimos: “¿pero...qué hago yo haciendo esto, si yo me había propuesto hacer aquello?”. Así es que retomamos nuestro proyecto inicial, diciéndonos que nos había faltado voluntad, o que el método aplicado no era el adecuado, y, que ahora sí, ahora ya no habrá error.
Pero, si lo anterior no nos resulta extraño, aquí va algo más: nos vuelve a ocurrir, una y mil veces. Nuestra mente parece jugarnos la mala pasada de irse por la tangente, cada vez que queremos alcanzar algo, como si no se aguantara, como si no pudiese sostenerse en una dirección fija.
Cada vez que se agota la pila de las “tangentes”, parecemos despertar. Algo no dice: “esto no era el plan, estuviste soñando, te distrajiste”. Lo anterior nos acerca a la idea de la maya de los hindúes, esa ilusión que, mientras dura, ni nos enteramos que lo es, pero que, apenas acaba, nos agarramos la cabeza y decimos: “¿cómo fue que me dejé cautivar por ello?”.
Veamos. Si analizamos las “tangentes”, notaremos que sus temáticas no son tan numerosas como parecen, que siempre, nuestras ensoñaciones, nuestros entretenimientos, suelen caer en cinco o seis categorías bien reconocibles (hay que observarlas y tomar nota de ellas). Estas seis temáticas, parecen ser recurrentes en nuestra vida (o en nuestra meditación). Pero, ¿por qué?
Imaginemos que, de la totalidad que somos, hubiésemos perdido, en algún momento, algunos fragmentos, sea por descuido, porque nuestros padres no nos permitieron vivirlos, porque consideramos que eran incorrectos, o por lo que fuere. Esos fragmentos, son tan “nosotros”, como el resto de nosotros mismos, y, quieren regresar, y lo hacen, inmiscuyéndose en nuestros propósitos, al mejor estilo de: “¡hola, aquí estoy, préstame atención por favor!”. En una palabra, necesitan ser reconocidos.

Que tengamos “piezas sueltas”, implica que nos sintamos incompletos, y, el sentirnos incompletos, es lo que nos puso en marcha inicialmente, ¿recuerdas?. A su vez, el sentirnos incompletos, nos lleva a sentirnos incapaces, indignos, ¿de qué?, ¡pues de la meta a conseguir!, lo que hace que, en algún momento de nuestro pinochesco camino al colegio, nos desviemos, dado que no nos consideramos dignos de la meta a alcanzar. ¿Lo ves?

Es un círculo vicioso:
•    Pierdo partes que me constituían.
•    Me siento incompleto.
•    Creo una imagen motivadora de la meta que me completará.
•    Comienzo el camino hacia el destino.
•    Aparece el desvío, causado por lo pospuesto en mí.
•    Se acaba la energía del desvío.
•    Me doy cuenta de la ilusión en que había caído (aquí está la clave) y retomo el camino.
•    Vuelvo a desviarme porque todavía me siento incompleto, incapaz de llegar a la meta.
•    Me siento incapaz porque estoy incompleto por no reconocer y reincorporar mis fragmentos pospuestos.
•    Doy excusas tontas, y busco otra meta nueva, con otra imagen motivante.
•    Todo se repite ad infinitum.

¿Qué podemos hacer? Bueno, en el Yoga hay una palabra: Pratyahara, que significa retracción de los sentidos, como cuando una tortuga retrae sus miembros. Cada vez que nos embarcamos en algo interesante (proyecto), estamos haciendo pratyahara, nos estamos sumergiendo en ello, a lo que le continúa, dharana (concentración), dhyana (meditación), y samadhi (contemplación). La clave está en la tercera, dhyana (meditación), es decir, si sólo nos sumergimos en nuestros proyectos, y dejamos que nos suceda el círculo vicioso, jamás saldremos, pero, si mantenemos la cabeza de la tortuga fuera del caparazón (intelecto), podremos realizar una reflexión, cada vez que se agota la energía de la tangente (el momento clave), de manera de poder reconocer, cada vez mejor, a esas cinco o seis temáticas, cada vez que ocurran, y, al hacerlo, irán dejando de aparecer, de llamarnos la atención, y, paradójicamente, alcanzaremos nuestras metas (metas que ya no nos parecerán tan vitales como antes), al no sentirnos incompletos, por haber reconocido estos fragmentos, que creaban las tangentes.
Ahora, ¿cómo sé yo que, cuando detecto una tangente, y, por lo tanto, me aplico de nuevo a lo “real”, eso mismo no es una tangente otra vez? Bueno, aquí comienza a hacerse evidente que la figura del maestro, gurú, o, simplemente, el experimentado, resulta de vital importancia para aclararnos que es Yo y qué es tangente. No nos confundamos, no se trata de la adhesión ciega a un gurú, sino que, un libro adecuado, una película, una charla, un acontecimiento cotidiano, pueden muy bien cumplir esa función.
Pero, pese a todo, ¿no podríamos auto-engañarnos? Claro que si. Por ello, el elemento clave aquí es la honestidad, una descarnada actitud que busca descubrir, un estar dispuesto a recomenzar, a aceptar, a recapitular, una humildad bien entendida que nos permite vernos tal cual somos, y ya no, como nos gustaría ser.
Este es un proceso lento, paulatino, pero muy efectivo para poder alcanzar la armonía que aporta el no estar enfrentados con nosotros mismos.
Así que, la siguiente vez que, sea meditando, o transitando un proyecto personal, te encuentres distraído o desviado, ¿qué harás?, ¿enfadarte contigo mismo y perpetuar el problema, o, con profunda honestidad, comenzar a reconocer aquellos fragmentos que necesitan de ti?
Ya me cuentas.

Tagged under: Ramiro Calle

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