Navidad: Historia y Leyendas

186 SEBASTIAN

 

De cara a estas fechas navideñas tal vez sea interesante recordar el origen de ciertas tradiciones cristianas pues así será más fácil entender ciertas claves de nuestro legado y del actual sistema de creencias que ha conformado el marco cultural de Occidente.
La idea de “Belén” se debe a San Francisco de Asís. En 1223, después de leer el evangelio de Lucas, pensó en recrear la escena del nacimiento en una gruta de Greccio cerca de Rieti. Fue Santa Clara, compañera de San Francisco, y ya muerto este, la que empezó la costumbre de poner un belén en los conventos franciscanos, y cada novicia de las clarisas, a su ingreso, debía llevar una figurita para el belén.
A finales del siglo XV ya aparecen en Nápoles figuritas de barro de belén y se propaga la costumbre primero a España a través de Carlos III (en los primeros años del XVIII) que era napolitano y después al resto de la Europa católica. Más tarde llega a América difundiendo esta costumbre principalmente los franciscanos.
Es curioso observar que la tradición clásica que conocemos precisamente no se basa con exactitud en los textos evangélicos canónicos. Como sabemos solo Mateo y Lucas citan el nacimiento de Jesús. Marcos y Juan sorprendentemente omiten este suceso crucial dentro del ideario cristiano. Repasándolos tampoco hallamos unanimidad en lo narrado pues vemos que Mateo sí cita la estrella pero Lucas no.
Y Mateo nunca habla ni de pesebre ni gruta y solo cita el término “casa”. Lucas, en cambio, sí menciona el pesebre pero no la gruta, y ninguno de los dos dicen nada de la mula y el buey tradicionales.

En cuanto a los Reyes Magos, Mateo que es el único que los menciona, pero solo utiliza el término magos sin mencionar ni su número ni sus nombres. Por ejemplo, las antiguas iglesias sirias y armenias creían que eran 12 reyes, en el siglo II se pensaban que eran dos, y los coptos daban la cifra de 60. Es Orígenes, en el siglo III, el que establece la cifra de tres visitantes atendiendo a los tres presentes de oro, incienso y mirra que cita Mateo. En esa fecha se les añade la condición de Reyes ya que el término magos tenía una condición peyorativa. Este atributo real se lo da Quinto Tertuliano, y en cuanto a los nombres aparecen en el siglo VI siendo muchísimos diferentes los que les van poniendo en las distintas iglesias. Es de otro apócrifo llamado “Evangelio armenio de la infancia” de donde se recogen los actuales nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Como curiosidad, podemos decir que Baltasar no fue negro hasta el siglo XVI, pues en esas fechas, por política ecuménica, se decidió que simbólicamente los tres reyes representaran las tres razas.
Volviendo a la gruta y el buey y la mula, es evidente que San Francisco debía conocer muy bien el llamado evangelio apócrifo, es decir, no admitido por la iglesia, de Pseudo Mateo. En este texto se habla de la estrella que brilla encima de la gruta del nacimiento, que María salió de la gruta al tercer día con el niño y lo colocó en un pesebre y que allí lo adoraron el buey y la mula.
Hay que decir sin embargo que el relato más extenso y detallado del nacimiento de Jesús lo tenemos en el Evangelio Apócrifo llamado Protoevengelio de Santiago que cuenta minuciosamente aspectos muy curiosos y sorprendentes.
Respecto a la fecha del nacimiento de Jesús hay que decir que no está citada en ningún texto, por tanto hubo muchas especulaciones en torno a ello en los primeros tiempos hasta que el Papa Fabián, que ejerció entre los años 236 hasta el 250, decidió acabar con el tema y declaró sacrílego al que buscara una fecha al nacimiento de Jesús. Se especulaba con fechas como 6 de enero, 25 de marzo, 20 de abril, o 20 o 25 de mayo. La iglesia armenia optó por el 6 de enero y es la que celebran los ortodoxos. Es en el concilio de Nicea, año 325 cuando se decide definitivamente la divinidad de Jesús y se establece la fecha del 25 de diciembre. En esta fecha los romanos celebraban con gran esplendor el natalis solis invicti o nacimiento del sol invicto que coincidía con el solsticio de invierno. Esta fecha era muy celebrada en numerosísimas culturas del hemisferio norte desde épocas muy remotas. Durante el papado de Liberio entre los años 352 y 366 se fija está fecha como inmutable, aunque las iglesias de Oriente continúan celebrando el nacimiento hasta hoy día, el 6 de enero. Sin embargo hay que decir que el catolicismo solo celebró la Navidad con liturgia y boato a partir del siglo VIII.
Otros dioses como Horus o Mitra ya celebraban su nacimiento en esa fecha solsticial en la que se festejaba desde tiempos inmemoriales tanto la muerte del sol-la noche más larga del año- como también la garantía de que el sol, o sea la luz, volvía a nacer de nuevo, es decir, resucitaba. Debemos recordar que Lucas cita en su evangelio la presencia de los pastores, y en la Palestina, en diciembre hace mucho frío y no hay pastoreo, por lo que es probable que la fecha real del nacimiento de Jesús fuese en primavera.
También en cuanto al año de nacimiento hay bastantes dudas. Mateo lo sitúa en el reinado de Herodes, es decir en el 4 a.C. aunque también hay opiniones que lo sitúan en el año 6 ó 7 a.C. siendo evidente que no coinciden los hechos históricos que conocemos con lo narrado en los evangelios.
Como curiosidad podemos hablar de Santa Claus, en realidad San Nicolás nacido en la actual Turquía en el siglo IV. Él ayudaba a niñas a no prostituirse y la leyenda cuenta que les dejaba dinero y regalos en unos calcetines por las noches. Su culto lo traen los cruzados a Europa. Primero a Italia -en Bari están sus reliquias- y sobre todo se extiende en los Países Bajos en el siglo XIII y de allí sube al norte de Europa. Los holandeses llevan ese culto a la actual Manhattan y luego la empresa Coca Cola le da su aspecto actual cambiando su atuendo tradicional de color verde por el rojo de la marca de refrescos que hoy conocemos fundiendo esta figura cristiana con la pagana de Papa Noel.
Brevemente podemos recordar que Papa Noel nace de una tradición nórdica que se refiere a “el padre invierno”. Pueblos del norte de Europa celebraban en el solsticio este culto engalanando árboles de hoja perenne, como el pino o el abeto, para conjurar el poder devastador del invierno y para recordar que luego florecería de nuevo la primavera. En Estados Unidos se funde con Santa Claus y el resultado es el gran icono comercial que hoy conocemos sustentado en la ilusión de los niños que aguardan sus regalos al igual que hacen nuestros Reyes Magos.

 

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