MONTSE SIMÓN

MONTSE SIMON

YOGA Y VEDANTA
Licenciada en Filosofía y practicante de artes marciales japonesas durante más de seis años. Esto inició su interés por la sabiduría oriental junto a la práctica y aprendizaje del yoga. Durante tres años estudió sánscrito en la Banaras Hindu University. La asistencia a retiros y estudios contemplativos la han llevado a adquirir grandes conocimientos de algunos de los textos principales de Advita Vedanta. Su experiencia le ha llevado a impartir clases de sanscrito, yoga o participar en seminarios de sabiduría hindú.

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Prácticas para aquietar la Mente

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Patañjali, uno de los grandes sabios del yoga, nos habla en sus Yogasūtra, de que para conseguir detener el flujo de la mente se necesita desapego (vairāgya) y práctica constante (abhyāsa). Además de estas dos prácticas, Patañjali menciona otras prácticas que nos ayudan a alcanzar el estado de la mente, conocido como samādhi, en el que cesa la agitación mental. Una de estas prácticas consiste en la entrega o devoción a Īśvara. Algunos han interpretado que se refiere a un camino de devoción a Dios. Para otros, Īśvara encarna el arquetipo de perfección, sin que éste tenga que asociarse necesariamente a la idea de Dios. Se dice de él:
“Īśvara es un ser especial que no está afectado ni por las causas del sufrimiento, ni por las acciones, ni por los resultados o por los restos latentes de otras acciones de vidas anteriores”.
Sea como fuere, la entrega o la devoción hacia esta forma del ser completamente libre o Dios, se convierte en un camino para nuestra propia meta de liberación, que siempre implica en último término liberarnos del sufrimiento.
Se dice de él que fue el primero de los maestros y que su representación es la sílaba sagrada OṂ. Se nos alienta entonces a practicar con la repetición del mantra OṂ y la contemplación de su significado.
El mantra es una fórmula sagrada cuya repetición ayuda a concentrar la mente. Se dice que etimológicamente significa “aquéllo que sirve para la mente”. Es importante distinguir entre los mantras que conforman los himnos védicos, frente al mantra como expresión sagrada dedicada a una divinidad concreta o empleada para el desarrollo de unas determinadas cualidades.
Al hablar de la repetición (japa) del mantra, nos estamos refiriendo a aquel sonido, conjunto de sonidos o expresión sagrada que nos ayuda a calmar la agitación mental. A diferencia de la oración enfocada a comunicarse con Dios, a menudo dándole gracias o pidiendo perdón, o bien formulando algún tipo de deseo, el mantra expresa sólo la energía divina que se hace presente, nombrándola una y otra vez con actitud reverente.
La vibración del sonido y de la palabra nos impregnan, a nosotros y a todo cuanto hay a nuestro alrededor, de la energía con la que van cargados. Por otro lado la repetición, continuada (japa) ayuda a concentrar la mente, a fijar nuestra atención y eliminar los obstáculos que nos alejan de nuestro centro y de la conciencia interna. Por tanto, el mantra es ante todo una herramienta para la mente, para clamarla y poder ir hacia dentro en el camino del autoconocimiento.
A parte de OṂ, que es el mantra sagrado por excelencia, existen otro tipo de mantras que tienen la misma finalidad. Desde mantras dedicados a las divinidades como el conocido Oṃ namaḥ śivāya, a los llamados mantra-semilla (bīja mantra) de la tradición tántrica, que contienen en un sólo sonido una multitud de propiedades, símbolos y energías divinas: aiṃ, hrīṃ, śrīṃ, krīṃ...
El mantra nos recuerda lo importante que es la Palabra y cómo la vibración del sonido es una forma de energía y que aquéllo que decimos tiene su impacto en el universo. Por supuesto, la intención también resulta fundamental a la hora de imprimir fuerza a dicha energía.

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ŚIVA. EL GRAN YOGUI

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Cuando alguna vez he preguntado qué sabrían decirme acerca de la cultura o las religiones de India, a personas que no conocían prácticamente nada de ella, mayoritariamente han coincido en señalar que les sonaba a un montón de dioses, ¡con muchos brazos!
Efectivamente, la India ha representado lo divino a través de multitud de símbolos que en muchos casos han tomado formas antropomórficas. Hay quienes han visto o ven en lo que se ha llamado hinduismo una forma de politeísmo, es decir, la creencia en muchos dioses distintos. Sin embargo, la mayoría de los hindúes coinciden en señalar que no se trata de distintos dioses sino distintas representaciones de Dios o de la Conciencia Absoluta. Cada divinidad muestra un aspecto de la energía de Vida que nos sostiene: unas divinidades encarnan la creación, otras la preservación, la destrucción, la cultura, la humildad, el servicio, la fortaleza, la expansión, la salud, la prosperidad, la claridad mental, el amor incondicional, la fe... Hay divinidades que son encarnaciones (avatares) de otra divinidad principal y hay representaciones que simbolizan distintos aspectos de una misma divinidad.
En el caso de Śiva nos encontramos precisamente con distintas representaciones suyas que simbolizan su energía creadora, protectora y destructora. Una de estas representaciones de Śiva es la de Mahāyogī, el arquetipo del yogui por excelencia. Aparece sentado sobre una piel de tigre en la postura del loto (padmāsana) o la postura perfecta (siddhāsana), frente al monte Kailash, que también es venerado como símbolo de esta divinidad. A menudo con una de sus manos hace un gesto de protección, abhayamudrā, que significa “sin miedo” y por lo tanto aleja todo aquello que pueda causarnos miedo o hacernos daño. Esta divinidad aparece acompañada de muchos otros símbolos como son el tridente, el río Ganges naciendo de su melena, la luna creciente, el tambor llamado damaru, un recipiente para el agua (kamaṇḍalu), una serpiente alrededor de su cuello, malas (tipo de rosario) hechos de una semilla llamada rudrākṣa, el cuerpo repleto de cenizas...

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La esencia más sutil

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Afirmaba con sabiduría El Principito, protagonista del famoso escrito de Antoine de Saint-Exupéry, que “sólo vemos bien con los ojos del corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Y sin embargo, una y otra vez nos empeñamos en etiquetarlo todo, ponerle un nombre y archivarla en una carpeta que normalmente forma parte de nuestro hemisferio cerebral izquierdo, aquella parte del cerebro que según la neurociencia utiliza patrones racionales, un pensamiento lineal, ordenado, analítico, controlador, sistemático... De este modo, acabamos etiquetando y sistematizando incluso Aquello que no puede ser nombrado, la sabiduría transmitida por diversas tradiciones a través de un lenguaje poético, de imágenes o incluso del Silencio. Ignoro si lo hacemos por generarnos una sensación de seguridad ante el misterio lo que sí puedo observar es que de algún modo terminamos matando la esencia del mensaje para quedarnos con las formas, discutiendo acerca de los nombres y de si fue primero el huevo o la gallina, por no entregarnos con honestidad a reconocer que no tenemos ni idea de si fue primero el huevo o la gallina.
Con estas líneas pretendo invitar al lector y a la que escribe a llevar nuestra atención hacia lo verdaderamente importante, hacia la esencia de las prácticas que muchos realizamos, con el yoga o la meditación entre otras, a lo que nos transmite una enseñanza intuitiva sin necesidad de recorrer al análisis o por lo menos sin quedarnos apegados a ese análisis, porque en el momento en que nos formamos una opinión inamovible, una verdad con nombre y forma de lo que en realidad es invisible a los ojos, estamos “matando” precisamente la vida, la dicha, el misterio que perseguimos.

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