Tratar al otro como un Dios

197 MONT SIMONEn la Taittirīya Upaniṣad se cuenta como un maestro aconseja a su discípulo una vez ha completado sus estudios védicos le anima a recitar los Vedas, a decir la verdad y seguir el dharma (la ley que rige la cohesión social). Le advierte que no debe dejar a un lado la verdad, la ley, la salud, la riqueza, la recitación de los Vedas, ni los rituales a los dioses y los ancestros. Y aquí menciona lo aquello sobre lo que quiero llevar la mirada:
Trata a tu madre como un dios. Trata a tu padre como un dios. Trata a tu profesor como un dios. Trata a tus invitados como dioses.
¡Ocurre en muchos casos que buscamos a Dios, la Vida, lo Espiritual, Aquello que no podemos definir o como cada uno quiera llamarle lejos, muy lejos! Lo buscamos a través de cursos, a través de charlas, de libros, a través de ejercicios espirituales que nos permitan dar con esa Realidad Trascendente, a través de historias de amor, a través de experiencias varias y que nos parece que cuantas más mejor... Buscamos fuera alimentando de algún modo la idea de que algo anda mal en nosotros y de que hay algo mejor por venir, una felicidad ajena que alcanzaremos en cuanto hayamos comprendido esto o aquello, hayamos leído tal o cual libro, hayamos podido poner en práctica aquel ritual que nos dijeron, etc. Nos ofuscamos en la búsqueda y tropezamos con la frustración porque esa felicidad se escapa como al burro la zanahoria tirada de un hilo. Queremos controlar hasta el más mínimo detalle, porque nos han dicho que llevar un determinado estilo de vida y hacer unas determinadas prácticas nos proporcionará esa felicidad, y en lugar de eso, ocurre muchas veces que nos adentramos en una espiral de rigidez y amargura, de simulación de una felicidad fingida en la que uno debe constantemente defenderse para que otras personas (con su negatividad) no echen por el suelo esa felicidad que uno pretende encarnar, rigidez porque uno asocia la idea de felicidad a tener que estar siempre sonriendo.

En fin, cegados por la búsqueda de lo espiritual más allá olvidamos que Aquello que buscamos fuera está ya en el corazón. Tal vez la felicidad es lo que es ya, tal como es. O mejor aún, la capacidad de abrazar aquello que es tal como es, lo cuál a veces nos producirá llanto, a veces enfado, a veces alegría, conscientes de que yo no soy nada de todos eso: no soy los pensamientos, ni las emociones, en realidad si me paro a indagar en ello me doy cuenta que no tengo ni idea de lo que soy y que en realidad sólo puedo abrirme a lo que está sucediendo en cada momento. Y si todo esto que pienso y reconozco en mí, la felicidad de SER, está en mi corazón entonces debe de estar también en el corazón de todos. La enseñanza nos anima a reconocer esta chispa divina en todos los seres a nuestro alrededor. ¿Cómo sería nuestra vida si pudiésemos tratar a todas las personas como dioses? El texto menciona a los padres, al profesor y a los invitados y siento que lo podríamos llevar más allá, extenderlo a todas las personas, a todos los animales, a las plantas, a las ciudades y las montañas, a las situaciones que nos encontramos en cada momento. ¿Cómo sería no juzgar ni como bueno ni como malo? ¿Puedo darme cuenta de lo que es tal como es y de cómo mi mente corre a juzgarlo? ¿Cómo sería reconocer que aquello que busco tan lejos está en mi corazón y en el de todos los demás? Y no se trata de ponerse una mascara con una sonrisa fija aunque por dentro se nos coman los demonios. No sé si tú que estás leyendo esto tienes momentos en los que  hablas o diriges tus pensamientos a “algo” más, aunque tal vez no le llames dios, en fin, si lo haces seguro que en alguna ocasión te has enfadado o indignado con ese “dios”, seguro que internamente le has reñido por sentir que te había dejado sola. Si lo prefieres piensa en alguien a quien ames pase lo que pase, tal vez a tus padres, tal vez a tus hijos... Aunque te enfades con ellos no por eso dejas de amarles. Pues bien, cuando tratamos al otro como un dios eso implica esa confianza y ese amor que nos permite decir las cosas por su nombre, a veces sonreír, a veces enfadarnos, a veces tener un gesto dulce, sin identificarnos con ello ni  cronificar lo sentido. Cuando me observo me doy cuenta de que en muchas ocasiones pongo una barrera entre mí y el otro, trato a las otras personas con extraños, como si no fueran personas y, sobre todo, con cautela para no hacerles daño y para que no me lo hagan. En cambio cuando la mirada cambia y veo al otro como persona, con todo lo divino que eso encierra en su corazón, en lugar de esconder mis miserias y mis alegrías puedo compartirlas en el convencimiento de que el otro tiene  vivencias muy parecidas, puedo entonces apreciarlo y tratarlo como un dios, como una forma más en la que la Vida se abre en mí. ¡Qué libertad poder ver al otro, no con otro sino como Vida!
A veces buscamos a dios muy lejos, tal vez porque es más fácil proyectar una imagen de lo divino que nos complazca en un lugar lejano, no sea el caso que fuera a ser fácil dar con ello. Buscamos a dios a través de imágenes, de símbolos y lugares de culto, lo cual seguro que cumple su función, sin embargo nos negamos a verlo en lo inmediato, en aquel vecino que tanto nos incordia, en el gesto amable de un pasajero en el metro, en el trabajo, en la pareja, en los amigos, en la familia....
Y mientras esto escribo yo misma me pregunto ¿pero cómo hago para ser capaz de tratar a los otros como un dios? Y una respuesta acude con certeza: “Observa. Entrénate a observar”. Observar la mente que quiere intervenir, observar las emociones que surgen cuando alguien hace algo que mi mente rechaza, observarme a mí misma y a lo que siento sea lo que sea, observar que el otro y yo somos la misma Vida, observar al otro como un dios.

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