Sobre el apego, el rechazo y la apeptación

198 MONTSE SIMONEn la tradición clásica del yoga, cuyo principal referente son los aforismos de Patañjali, se señala como el apego (rāga) y el rechazo (dveṣa) son dos de los obstáculos a superar si queremos liberarnos del sufrimiento. Liberarnos del sufrimiento es precisamente el objetivo de buena parte de las filosofías tradicionales de India. En su idea de sufrimiento hay que incluir incluso la felicidad pasajera, aquella felicidad que parece provenir de objetos o circunstancias externas, precisamente porque el hecho de ser una felicidad pasajera implicará tarde o temprano sufrir por ella. Este sufrimiento es pues entendido como un ciclo de dolor-placer, de nacimiento-muerte... Pues bien, tanto el yoga clásico como otras filosofías señalaron el apego como una de las causas del sufrimiento y en el reverso de la moneda situarían el rechazo. Seguro que les suena esto de “me encanta...” o “qué asco esto,  no me gusta nada...” y el concepto hacia el que apuntan no tienen en sí mismo nada de bueno o malo. Por ejemplo un niño, o un animal, acogen y rechaza aquello que es o no de su interés vital. La diferencia es que lo hacen libremente, entendiendo aquí por libre que lo hacen sin identificarse con la decisión de tomar o rechazar algo.
Vamos a indagar en lo que estamos diciendo con unos ejemplos gráficos:
Nos ofrecen un bonito jersey de lana, que nos parece muy apropiado para esta época del año (aunque con esto del cambio climático cada vez menos!) y lo acogemos con gusto: “¡Me encanta este jersey! Muchas gracias!”. Hasta aquí todo un juego, alguien nos ofrece algo y lo acogemos. El apego comienza ahora bajo dos formas: “esta persona, es que es tan maja!“ y comenzamos a forjar apego hacia la imagen que nos estamos creando de la persona que nos  regaló el jersey. Por otro lado, el jersey nos encanta y resulta que nos queda divino de modo que comenzamos a tomarle cierto apego y entonces estamos un día comiendo ese pastel tan rico de mermelada de arándanos cuando “chofff! Parte de la mermelada cayó en nuestro jersey manchándolo con ese color azulado que va a ser difícil de quitar del tejido sin dañarlo!”  
Imaginemos el caso en el que se nos da algo que rechazamos. Vamos en el metro y la persona de  al lado nos da un pisotón: “¡Ahhh, ya podría ir con más cuidado! ¿Es que no tiene ojos o acaso piensa que está sola? Encima en este pie y ni siquiera me ha pedido disculpas....blablabla blablabla....” y todo lo que le quieras añadir. O simplemente, vamos a comer a un lugar y nos sirven algo que no nos gusta nada y lo rechazamos con ascos, quedándonos a veces apegados a esa opinión “¡Qué asco! Estaba malísimo. Ya está bien, que nos hayan servido esto tan malo. ¿Quién será el encargado?, etc.

Tanto en un caso como en otro el problema no reside en el hecho de aceptar el jersey o rechazar algo que no queremos, el problema está en el apego, apego a lo que nos gusta y a lo que nos disgusta. Este apego surge por un problema de identificación, creemos que somos solamente nuestra personalidad “Yo soy así, yo no soy asá, a mí me gusta esto y no me gusta lo otro, esto es mío, etc.”, reducimos nuestra existencia a esta identidad que necesitamos proteger a toda costa. Pareciera que si no sentimos gusto por unas cosas y disgusto por otras seríamos como piedras, que lo humano es sentir. Pues bien, la propuesta del yoga clásico pasa por recoger los sentidos, por los cuales sentimos, hacia dentro (pratyahara) para que así la mente pueda concentrarse y entrar en un estado de calma en el que no necesita juzgar. Creo que podemos llevar el “ascetismo” y “renuncia” que propone el yoga a nuestra vida cotidiana. Se trata de renunciar a nuestras opiniones y juicios, a nuestros agrados y desagrados, a nuestro apego y a nuestro rechazo. ¿Pero cómo? Observando. Observando como la mente corre a juzgar, observando como nacen en nosotros los apegos y rechazos, observando y comprendiendo que aquello que observo es el OBJETO de mi observación y por lo tanto no soy YO. Dándonos cuenta que podemos sentir esto o aquello, pensar así o asá sin que esto defina en un ápice lo que SOY.
Estas líneas son sólo una invitación a que indaguen. El otro día observaba en mí misma como la frustración surgía del deseo, de una expectativa no colmada y resulta que no importa cuál sea mi grado de deseo y frustración, la vida no sabe de deseos particulares, la vida no sabe de identidades particulares la Vida se sabe una bajo múltiple expresiones cambiantes, a las que podemos apegarnos y sufrir cuando las perdamos o sufrir por mantenerlas, o rechazarlas y con ello estaremos rechazando a la propia Vida.
Diría que el camino que nos queda es el de la aceptación y el contentamiento, que no resignación amarga y frustrada. Una de las prácticas que propone el yoga para establecer una buena base en el camino hacia uno mismo es el contentamiento (saṃtoṣa). Creo que este niyama (observancia) aplicado a los distintos aspectos de nuestra vida nos puede abrir la mirada a una felicidad que nada tienen que ver con lo externo. Contentarse es aceptar. Y puedo hacer o no hacer algo en concreto, tomar o dejar, aceptar o rechazar algo sin sufrir por ello siempre y cuando lo haga desde la aceptación, sin identificarme con lo que siento o pienso.
Dice un cuento budista:
En cierta ocasión, un grupo de monjes se disponían a cruzar un río cuando una muchacha les pidió ayuda, ya que el caudal estaba crecido y tenía miedo que le llevara la corriente. Uno de los monjes más jóvenes y fuertes la tomó en sus brazo para ayudarla a cruzar y en llegar al otro lado de la orilla se despidieron. Los monjes siguieron su camino y ya había pasado al menos una hora cuando uno de los monjes más mayores le soltó enfadado al monje joven: “¿Por qué has hecho eso?” “¿El qué?” – Preguntó el joven –  “¿Por qué cargaste a esa muchacha en brazos? Tú eres un monje y tienes que cumplir una serie de votos, No tendrías que haberla llevado.” El monje joven miró al anciano y le respondió respetuosamente “Señor, yo cargué a la muchacha en brazos tan sólo unos instantes para cruzar el río, sin embargo parece que usted todavía carga con ella en su cabeza.

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