JUANCHO CALVO

ZEN Y VIDAJUANCHO FOTO ROJO
Licenciado en Bellas Artes y formado como director de cine y televisión en Estados Unidos, ha dirigido películas y numerosas series de tv, ha recibido premios por su trabajo como director y ha creado su propio entrenamiento para actores y actrices que desean madurar conscientemente en el arte de la interpretación. Camina desde hace décadas la Vía del Zen y profundiza en la práctica del Seitai y del movimiento natural espontáneo, formándose regularmente con maestros europeos y japoneses y prestando siempre especial atención a la meditación y al movimiento en su relación con la creatividad y el desarrollo del potencial humano. Es el responsable de "Zen y Vida" y ofrece el "Taller de Meditación Zen", integrando el valioso legado del Zen tradicional en el contexto occidental actual y acompañando a personas que sienten el anhelo de desplegar sus vidas de forma más despierta y plena.

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Abrazar el Samsara - Abrazar el Nirvana

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Escuchando o leyendo sobre meditación a uno le llega continuamente el mensaje, casi como un mantra, de que el problema humano está en la cabeza, en la mente, en el yo. Pareciera casi que nuestra cabeza es una malformación orgánica o que el yo es un defecto de fabricación, por lo que, si pudiéramos desenroscarnos la cabeza y tirarla a la basura, todo sería más fácil y no habría obstáculo para la iluminación.
En realidad, echarle la culpa al ego o creer que para Despertar hay que eliminar la mente o la personalidad, no es más que nuestra tendencia a fragmentar y nuestro gusto por el truco del chivo expiatorio. Ver al yo como una tara generalizada o como un error de serie nos coloca ya de inicio en la negación de nosotros mismos, lo cual no es el mejor comienzo. Y de esa creencia, de que para alcanzar la liberación tengo que negarme y dejar de ser yo, surge la creencia de que la iluminación me colocará en un otro-yo muy diferente de este, muy especial y solo al alcance de unos pocos.
Los seres humanos nos aliviaríamos bastante si tomáramos consciencia de que en nosotros todo está bien, desde el origen. Todo está sucediendo de forma perfecta. Todo lo que me ha ocurrido y me está ocurriendo (el surgimiento del yo, la identificación, la personalidad, incluso mi agitación mental) está ocurriendo porque es natural que ocurra. Si fuera imposible, no ocurriría. Pero ocurre, precisamente, porque está en mi potencial humano. Tanto es así, que podemos decir que es necesario. El águila sale del huevo, crece, cambia sus plumas... El ser humano se pone de pie y camina, aprende a hablar, piensa, se identifica con su pensamiento... Esto es habitualmente así. El Samsara no me es ajeno, no es un error del universo, sino algo perfectamente natural.
La cuestión importante es que la evolución natural del ser humano, el despliegue de todo su potencial, no termina ahí. El águila no madura del todo si no aprende a volar. Igualmente el ser humano, después de la infancia, pubertad, adolescencia, juventud... puede culminar avanzando más allá del simple llegar a "ser adulto". Puede dar un paso más en su evolución, para madurar no solo física, emocional o intelectualmente, sino espiritualmente. No solo como individuo sino como ser humano. Los perros ladran, los gatos maúllan. La nieve cae en invierno, en verano se maduran los frutos. De igual manera, todos los seres humanos estamos llamados al Despertar, no en el cielo ni en otra tierra sino en esta vida. Por supuesto, estar llamado no garantiza nada, hay que andar el camino, el que miles de hombres y mujeres, siguiendo una vía de realización espiritual, han recorrido hasta alcanzar esa maduración que en el Zen se llama el Despertar. El Nirvana está en la semilla de nuestro programa evolutivo, es posible, es natural y, por lo tanto, está en el potencial de cada uno de nosotros. El Samsara no me es ajeno, el Nirvana tampoco.
Yo no soy algo que no tendría que ser. Mi naturaleza humana no está equivocada. El Zen no es la solución a ningún problema, pues el Zen no es un truco, ni mucho menos un apaño para un problema que no existe. La maduración no es un estado que se logra con esfuerzo ni un objeto que se atesora con arrogancia, no es tampoco una experiencia emocional placentera ni un pensamiento espiritual perfecto. Se trata solo de ver claro. Por eso la maduración es un proceso natural y continuo, por un lado completamente espontáneo y a la vez necesitado de mi entrega e implicación. Por eso en el camino uno puede buscar ayuda, ser acompañado, encontrar apoyo en el maestro, en el grupo, en la enseñanza, en el legado.
Ser humano no es un obstáculo, es una oportunidad. Estoy evolucionando y puedo dar un paso más. Cuando no veo con claridad niego mi naturaleza más obscura por sentirla demasiado cerca y niego mi naturaleza más luminosa por creerla demasiado lejos. El Zen me invita a abrazar ambas naturalezas, pues ambas son mi existencia humana. El Samsara es precisamente lo que impulsa mi humanidad hacia adelante, el Nirvana es mi humanidad alcanzando su más genuina realización.

Juancho Calvo 

El Gran Descubrimiento

227 JUANCHO

Llega octubre y llega un nuevo taller de Meditación Zen y las ganas de emprender nuevos viajes y aventuras, por lo que parece muy oportuno tener presente este importante "aviso para navegantes".

Cuando nos iniciamos en el camino de la meditación o del Zen, incluso cuando ya llevamos tiempo caminando, podemos caer en el engaño de creer que estamos avanzando hacia algo superior, lejano o profundo. Nos sentamos en nuestro cojín y nos afanamos como un explorador que se adentra en una cueva para encontrar un tesoro escondido, con la esperanza de poder salir después triunfante con dicho tesoro en las manos.
En este intento continuo de buscar para descubrir algo, cosificamos nuestra naturaleza esencial y la colocamos en un lugar de difícil acceso al que solo se llega con la ayuda de un mapa mental hecho a escala de nuestras propias creencias. Por si fuera poco, a este "lugar iluminado" le atribuimos un estado maravilloso lleno de dones y deleites, como a una tierra prometida en la que mana la gracia divina. Y claro está, ante tan irresistible seducción, nos lanzamos a la aventura. Y en la aventura de la transformación podemos creer que meditar es hacer algo para conseguir algo: un estado extraordinario, crear una mente nueva y perfecta, etc.
Sin embargo, Buddha no hizo nada, no cambió nada, su gran cambio fue más bien un dejar de hacer... para simplemente ver. Buddha no se encerró en su taller interior y pulió su espíritu con martillo y cincel hasta tallar una mente iluminada, ni combinó artilugios espirituales para fabricar una máquina mental superior. Buddha no fue un inventor, fue un descubridor. Se adentró en su propia geografía interior y descubrió un territorio inmenso y radiante, que ya era, pues al contrario que con un invento, que requiere primero de un inventor, con el descubrimiento sucede al revés: aquello que se descubre Es siempre antes de que llegue el descubridor. Y Buddha descubrió además que Ese descubrimiento era Él mismo. Y tras navegar mar adentro, navegó también mar afuera y descubrió el infinito océano de la realidad universal iluminada, y descubrió también que ya era y también que era él mismo.
Cuando nos sentamos a meditar no nos sentamos a inventar nada, nos sentamos a descubrir lo que ya es, lo que es previo a nuestro afán de descubrir, previo a nosotros mismos. Es precisamente desde "Esto que Ya Es" que surge el anhelo de ser descubierto y de ahí el impulso de buscar. No soy yo buscando hacia adentro, sino que es un Adentro buscándome a mí. La meditación zen es un laboratorio de investigación, pero no para concebir nada nuevo ni mejor, sino para descubrir la realidad que ya es, siempre aquí, esperando a ser descubierta y simplemente siendo nueva e inmejorable cada vez que se descubre.
El zazen es una travesía, mar adentro y mar afuera, pero no de un lugar a otro sino del no ver al ver. La Tierra Prometida nos está siempre esperando, llamando, pero no se alcanza, solo se descubre, siempre como algo que ya era y como algo que soy yo mismo. Y cuando se descubre luego se habita, en el día a día, pues no es una tierra que se invade y se posee, sino que es la tierra del Presente, acogedora y sin propietario, en la que uno nace, crece, muere y renace a cada instante.
El zazen no es una conquista, no es un camino para transformarme sino para retirar lo que me cubre y para ver la realidad tal cual es. Este des-cubrimiento no es de ninguna otra cosa que de la Realidad y Yo mismo, aquí, ahora, esperando a ser auto-descubierto por mí mismo, esperándome desde mucho antes de que yo saliera a buscarme. Igual sucede con el corazón, la unidad, la confianza. No necesito inventarlos, solo necesito descubrirlos. Salir a la mar, vivir descubriendo, mar adentro, más adentro, mar afuera, más afuera, el Gran Descubrimiento me está siempre esperando. 

Juancho Calvo 

Kinhin: Vivir plenamente la vida

222 ILUS JUANCHO

La Vía del Zen tiene su mirada puesta en el despertar, pero no en un despertar estéril sino en un despertar dinámico que impulsa los pasos que doy a cada instante en mi vida. Por eso, además de la práctica fundamental del zazen (la meditación sentada), en el Zen practicamos kinhin, el caminar suave y consciente que pone el despertar en marcha. Con el caminar del kinhin no solo actualizo mi cuerpo y mi energía entre sentada y sentada, también actualizo mi propio zazen. Cuando hago kinhin toda mi vida es este paso que estoy dando ahora. Cuando apoyo el pie exhalo profundamente mientras me apoyo en la tierra del presente, me vacío de todo para llenarme de solo-caminar. Hacemos zazen como seres humanos aprendiendo a ser Buddhas y hacemos kinhin como Buddhas aprendiendo a ser humanos.
Cada uno de los pasos que he dado en mi vida me ha llevado a un lugar, me ha llevado a algo. He puesto toda mi energía en algo, para entrar en algo, salir de algo, llegar a algo. Pero muchas veces cuanto más he caminado para llegar a algo más me he alejado de mí mismo. Por eso con el kinhin practico otra forma de caminar en la vida: camino pero no voy a ningún sitio, solo camino. Y cuanto más practico el solo-caminar menos huyo de mi realidad y más me acerco a mí mismo, más practico el encontrarme exactamente con quien yo soy, con lo que yo soy a cada instante.
El kinhin es el arte de solo-caminar, no de caminar para esto o para aquello, sino de solo-caminar. En un solo-caminar que no va a ningún sitio no hay punto de partida ni hay destino, y como no hay objetivo no hace falta estrategia, y entonces no hay ni éxito ni fracaso, y por lo tanto no hay juicio ni culpa, solo hay solo-caminar. Así que paso a paso se rompe el programa habitual de la eficacia, del resultado, de la comparación, de la frustración y así mi cuerpo, mi respiración y mi mente se unifican y se hacen uno con lo único que está sucediendo en este instante: solo-caminar.
Pero solo-caminar no es caminar solo. Cuando hago kinhin con todo el grupo mi zazen, además de ponerse en movimiento, pasa de lo individual a lo colectivo, a lo relacional. El zazen también tiene una dimensión colectiva, pero el kinhin la exige y la refuerza. El ritmo, los espacios, la continua adaptación, nadie va primero, nadie va último, caminamos juntos, y entre todos creamos un gran organismo colectivo mayor que la suma de las partes. Con el solo-caminar-juntos nos preparamos para un solo-sentarnos-juntos también colectivo y reforzado por ese espíritu de grupo. En lo profundo este caminar-juntos y sentarnos-juntos nos prepara para un vivir-juntos más consciente y comprometido, más lúcido y cordial.
Yo no puedo activar voluntariamente la Plenitud o la Confianza, porque éstas no surgen de lo voluntario. Lo que sí puedo es desactivar el programa de hacer muchas cosas a la vez, de hacer una tras otra o de hacerlas a medias. Por eso con el kinhin solo hago una cosa (caminar) y la hago plenamente. De esta manera, de forma natural, se despiertan por sí solas la Plenitud y la Confianza. Desactivo el programa de la superficialidad y la distracción y de forma natural se despliegan la Sensibilidad y la Lucidez. Desactivo el programa del juicio y la competición y por sí solas se despiertan la Benevolencia y la Paz.
El kinhin no es un caminar en control sino en unidad. Con el kinhin mi cuerpo y mi mente se hacen uno y aprenden a hacerse uno con lo otro y con el otro, a estar plenamente disponibles y presentes para una experiencia verdadera. Plenamente disponible y presente para hacerme uno con la caricia del sol, el sabor del arroz, el olor de la lluvia, el placer de bailar. Sin estrategia, sin prisa, sin juicios, plenamente disponible y presente para escuchar a mi amigo, para comer con mi familia, para el encuentro íntimo con mi amante, para hacerme Uno.
Cuando lo que hago no lo lleno de mí, lo que hago no me llena lo suficiente, y entonces hago más cosas, pero aún así me siento vacío. Cuando lo que hago lo lleno de mí plenamente, yo me lleno con lo que hago y entonces hago menos cosas y además me siento mas pleno. Igual que el zazen, el kinhin me invita a entregarme por completo a una sola cosa, lo cual despierta mi potencial natural para entregarme plenamente a todo y para vivir plenamente mi vida.
Este es el espíritu del kinhin. Entregarme completamente supone que lo que hago no tiene valor solo como medio para algo, sino que tiene valor en sí mismo. Así practico apreciar a las personas no solo por algo o para algo sino en sí mismas, no como buenas o malas, mejores o peores, sino como personas. Así practico no ponerme por encima o por debajo de nadie sino simplemente en el centro de mi propia vida, apreciando la existencia no como un medio para conseguir algo sino como una joya valiosa en sí misma.

Juancho Calvo 

Сачак (Ламперия) http://www.emsien3.com/sachak от ЕМСИЕН-3
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