El Zen y el Esfuerzo

226 ILUS JUANCHOW

Muchas personas se inician en la práctica zen con gran diligencia y preparadas para emprender un gran esfuerzo, tanto físico como mental. Sin embargo, el camino del Zen propone precisamente el abandono de la tensión innecesaria. En el Zen nos entrenamos a soltar. Y a soltar no se aprende con esfuerzo, a soltar se aprende soltando.

En nuestros primeros años de vida se da un proceso natural y necesario que es el de la individuación. Con la aparición del Yo ganamos muchas cosas, pero en el lote viene una buena carga de conflicto y sufrimiento. El Yo es en sí mismo separación y esta separación genera continuamente tensión, resistencia, control... lo cual supone un esfuerzo constante. Este no es un esfuerzo que "yo hago" sino que "hace el Yo", intentando sostenerse en el engaño de ser por sí mismo y de creerse separado. Este esfuerzo inaugural surge tan pronto y es tan continuo que luego se vuelve casi imperceptible, trae consigo insatisfacción y angustia y genera la constante necesidad de apagar un fuego existencial. Es en el intento de apagar este fuego interno como aparece el segundo esfuerzo.

Algunos lo intentan con drogas, televisión, pareja, ocio, trabajo, etc. Otros lo intentan con el crecimiento personal, la espiritualidad o la meditación. Sea cual sea la forma en que buscamos el fin del sufrimiento, es así como surge el segundo esfuerzo. En los buscadores este segundo esfuerzo aparece como la dura tarea de intentar transformarnos para evolucionar y despertar. Y este segundo esfuerzo se suma al primero y lo refuerza, generando una dinámica que se retroalimenta y que crea el bucle de los dos esfuerzos.

El primer esfuerzo (el Yo) surge inconscientemente y nos dificulta ver con claridad. El segundo esfuerzo (la Tarea) lo hacemos conscientemente para intentar ver claro, pero empeora todavía más la visión. Es como si nos hubiera entrado arena en los ojos y al ver borroso nos restregamos los ojos para ver mejor, empeorando la situación. El Yo se empecina constantemente en la negación de la realidad: "la realidad no tiene que ser lo que es". Como esta batalla está condenada a la derrota, para sobreponerme yo activo el segundo esfuerzo: la transformación personal, que supone la negación de mí mismo: "yo no tengo que ser lo que soy". Así que me siento en el cojín y me esfuerzo en transformarme para despertar como un ser más amoroso, consciente y espiritual. Pero esto puede ser tirar más arena a los ojos.

Precisamente esforzándome en la búsqueda de la felicidad he pasado por alto cómo apreciar la realidad tal y como es, aunque lo cierto es que en mí está desde el principio la capacidad para vivir el presente sin conflicto, sin necesidad de ninguna estrategia adicional.

Por eso el Zen me abre la vía del no-esfuerzo. Esta es la dificultad: abandonar la dificultad. Nos entrenamos en soltar cualquier esfuerzo de transformación. Así los dos esfuerzos se van cayendo. Suelto el esfuerzo de iluminarme, con la confianza en que cuando abandono ese esfuerzo la realidad se ilumina y se muestra radiante. Y cuando la realidad se aprecia claramente, una de las cosas que veo es el Yo y su esfuerzo, el cual se va derrumbando por el simple hecho de quedar en evidencia. Cuando todo esfuerzo es abandonado, el camino se abre ante mí sin dificultad. No es que cuando se abre el camino desaparece la dificultad, sino que cuando se abandona la dificultad se abre el camino. La existencia no es un problema sino un misterio. Lo que necesito no es una solución sino un descubrimiento. 

Juancho Calvo 

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