JUAN MANZANERA

JUANMEDITACIÓN
Licenciado en Psicología Clínica y diplomado en Psicoterapia Gestalt. Se formó en filosofía y meditación budistas en Asia y Europa. Imparte cursos desde hace 25 años. Fundador y director de la Escuela de Meditación en Madrid.

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Evolucionar, Instrucciones básicas

229 JUANPor donde miramos encontramos egoísmos, miserias y desastres. Sin embargo, no podemos seguir quejándonos. Es preciso tomar las riendas y sumarse a quienes lideran el cambio. Los seres humanos necesitamos dejar atrás la inmadurez y evolucionar más. Para ello debemos emprender un proceso personal de desarrollo de estados positivos.

Hay una clara correlación entre evolución y cualidades personales. Conforme maduramos, más valores, fortalezas y aptitudes positivas tenemos. Quienes las poseen son los indiscutibles representantes de la vanguardia de la humanidad. Sin embargo, es muy frecuente vivir estancados y dejar de evolucionar. Carecer de cualidades y valores nos limita a la hora de enfrentarnos a las dificultades de la vida, y por otra parte, solo con ciertas aptitudes y fortalezas podemos superar muchos de los inescapables problemas que se nos presentan.
Esto es, poseer cualidades, virtudes y fortalezas nos protege de numerosas situaciones difíciles; pero, además, algunos problemas sólo pueden superarse en otro nivel de evolución. Muchas personas se acercan a los psicólogos buscando soluciones a sus conflictos vitales y en numerosos casos lo único que necesitan es madurar y crecer como adultos.
Desde esta perspectiva es esencial entender que no se cultivan unos valores y cualidades para hacer lo correcto, ni para cumplir con las expectativas de los demás. Tampoco para ser reconocidos y admirados ni para estar por encima nadie. Especialmente, no se trata de ser mejores para compensar nuestros defectos, errores y sentimientos de culpa.

CUALIDADES Y DIFICULTADES VITALES
Es frecuente pasar por alto que una de las cosas más efectivas para afrontar las dificultades es cultivar un estado emocional positivo. Hacerlo nos va a dar más capacidad, lucidez y recursos para abordar la situación. Pero sobretodo, como se veía antes, avanzar y evolucionar es parte de la solución en la mayoría de los casos.
La experiencia vital nos muestra los beneficios de desear seguir creciendo y aprendiendo como personas, especialmente en los momentos difíciles. La actitud positiva y la predisposición a evolucionar es una de los talentos más valiosos que podemos poseer. Aunque, en realidad es una necesidad. Vivir no es fácil, continuamente surgen imprevistos y situaciones indeseables que nos descentran y dañan. Sin cualidades, virtudes y fortalezas, es muy complicado; como querer atravesar un desierto sin llevar una provisión de agua.
Así pues, cuando surjan problemas queremos aprovechar la situación para cultivar virtudes y cualidades.
¿Qué oportunidad proporciona esto? ¿Cultivar compasión, humildad, coraje? ¿Ofrece la posibilidad de cultivar sentido del humor, paciencia, contentamiento? ¿Ayuda a ser justo, tolerante, imparcial? ¿Sirve para ser generoso, aceptar la situación, asumir responsabilidades? ¿Conduce a desarrollar gratitud, respeto, asertividad? ¿Cuidado, prudencia, generosidad? ¿Regocijo, confianza, imparcialidad? ¿Amor, desapego, valentía? Etc., etc.
Nosotros desde nuestra mirada reducida apenas entendemos la importancia de despertar, cultivar y nutrir cualidades. Sin embargo, podemos aprender de otros, escuchar su visión y descubrir una perspectiva diferente. En la tradición budista, por ejemplo, en el Aksayamati Nirdesa Sutra leemos: “La generosidad no es mi compañera, más bien soy yo quien acompaña a la generosidad”; la moralidad, la paciencia y el tesón, la meditación y la sabiduría no son mis compañeras, más bien soy yo quien acompaña a la moralidad, la paciencia y el tesón, la meditación y la sabiduría; las perfecciones no están a mi servicio, más bien soy yo quien está al servicio de las perfecciones.
Empezamos cultivando cualidades desde un acto de fe. Confiando en las palabras de quienes viven más despiertos. Luego, continuamos el proceso cuando empezamos a confirmar en nuestra experiencia la importancia de cultivarlas. El camino nos lleva a avanzar hasta descubrir la satisfacción de emplear la vida para hacer que todas las cualidades posibles se hagan presentes y visibles en el mundo.

UN MODO DE HACERLO

Desarrollar una cualidad es como cultivar una planta. Hay que sembrar la semilla en buena tierra, regarla, cuidar que tenga luz, echar abono, protegerla del clima y las plagas, y saber esperar a que florezca. Así pues, usamos la meditación para dejar una huella en nuestra mente. Pero luego, meditamos para habituarnos a responder con la cualidad, trabajamos con meditaciones para contrarrestar los obstáculos internos y externos que nos impiden desarrollar la cualidad, y lo hacemos una y otra vez hasta que se consolida en nuestro ser. 

1. Escoger la cualidad
Lo primero es seleccionar una cualidad que nos inspire. Es preciso que tengamos una relación positiva con ella. Como hemos visto, no funcionará si nos sentimos inadecuados o culpables, o si nos juzgamos por no tenerla.
Conviene, además, hacer una reflexión amplia en torno a las consecuencias positivas de la cualidad. ¿Para qué sirve? ¿Qué papel tiene en la propia vida? ¿Cuál es su lugar en el proceso vital? ¿Qué relevancia tiene en el camino espiritual?
Necesitamos entender bien la cualidad. Estudiarla y conocer su significado y sentido. Es muy útil encontrar historias y ejemplos de personas que poseen esa cualidad.
2. Plan de trabajo
Siendo honestos, es preciso comprender que cambiar la mente requiere un esfuerzo sostenido durante bastante tiempo. Necesitamos organizar nuestra vida y nuestra forma de pensar para promover el nuevo estado mental. La fuerza de voluntad no basta. También es preciso tener confianza en uno mismo, recordar a menudo los beneficios de poseer la cualidad, contar con la aparición de posibles resistencias internas, y saber esperar para obtener resultados. En particular, necesitamos creer en que tenemos la habilidad de cambiar y la capacidad de hacerlo. Es vital ser optimistas y tener una actitud positiva.
3. Método
A. Visualización. Una forma de trabajar esto es imaginarnos lo que supone vivir con la cualidad. Así pues, buscamos experimentar la cualidad de un modo imaginario, como si ya la tuviéramos. Vemos cómo se experimenta tenerla. Sentimos los efectos que produce en el cuerpo, descubrimos las emociones que acompañan a la cualidad y nos hacemos conscientes de los pensamientos asociados a ella. Lo ideal es abarcar todos los aspectos de nuestro ser, el cuerpo, las emociones, los pensamientos, y sentir la experiencia en todos los niveles.
B. Contemplación. Se trata de sostener el mayor tiempo posible el estado, con la intención de que deje una impronta en nuestro interior. Enfocamos la atención en la vivencia de poseer la cualidad, con la mayor claridad posible. Cuando empezamos a distraernos podemos recurrir a una imagen concreta. A muchas personas les ayuda imaginar algún símbolo, algo que represente a la cualidad que estamos encarnando. Se dice que es una manera de hablarle al inconsciente y la forma de acceder a ella más fácilmente. También, sirve hacer un gesto con las manos o una postura.
C. Acción. Cada vez que hacemos la visualización, tomamos la decisión de hacer algo concreto. Es decir, planificamos en las próximas horas actuar una vez como alguien que ya tiene la cualidad. Realizando comportamientos en consecuencia, empezamos a transformar la mente de una manera real. Si solo trabajamos la mente, los cambios nunca se materializan, de modo que tenemos también que actuar. Aprendemos, actuando.

CONCLUSIÓN
Hay numerosas evidencias a lo largo de diversas culturas de que las personas más avanzadas son a su vez las más amorosas, solidarias, conscientes y verdaderamente espirituales. Y lo que es más importante, sólo evolucionando podemos llegar a sentir satisfacción y plenitud en la vida. Pero más aún, es una cuestión planetaria, el universo necesita que evolucionemos. Una buena medida de cuánto lo estamos son nuestros valores, fortalezas y virtudes.
Despierta, reflexiona, observa.
Trabaja con atención y cuidado.
Vive en el sendero y
La luz crecerá en ti. (Buda)

El arte de Detenerse

 

217 ILUS MANZANERAwVivimos en un movimiento constante. Responsabilidades, obligaciones, compromisos y deseos nos mantienen ajetreados y ocupados. Pero además, nuestro mundo interno de apegos, insatisfacciones, miedos, necesidades, creencias e inseguridades, también nos lleva a la inquietud, el desasosiego y la actividad.
El resultado de todo ello es que vivimos empujados por una inercia que nos domina. Sin quererlo la vida se acaba convirtiendo en padecer unos patrones que nos impiden libertad y espontaneidad. Terminamos víctimas de nosotros mismos, viviendo una vida que no es la nuestra y repitiendo comportamientos que no podemos evitar. Como dicen en forma poética algunos maestros: Somos como hojas secas arrastradas por el viento, sin ningún poder.
En principio, esto no sería ningún problema si no fuera porque en esta condición de inercia acabamos creando infelicidad y sufrimiento en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos.
Detenerse
Si queremos una cierta satisfacción y plenitud en la vida es esencial parar y poner conciencia. Es preciso detenerse para liberarse de la inercia y la programación en que vivimos. Desde la perspectiva espiritual, hay dos maneras de encontrarse pleno y satisfecho en la vida. Son, evolucionar y despertar. Evolucionar significa desarrollar el potencial que uno tiene; sea en las relaciones personales, sociales o laborales, vivimos cada vez más conscientes, más compasivos y más sabios. Despertar significa tener una lucidez tal que nuestros pensamientos, emociones y creencias no nos engañan. Cuando despertamos conocemos la realidad sin la distorsión de la mente.
Tanto para despertar como para evolucionar es imprescindible saber parar. ¿Pero qué quiere decir parar? Detenerse no significa no hacer nada. Tampoco significa dejar de hacer todo lo que uno hace. Detenerse es parar el movimiento interno de agitación mental, es dejar de mirar hacia algo en el pasado o en el futuro. Es dejar de estar siempre anticipando problemas y abandonar preocupaciones; es dejar de culpabilizarse, o quejarse de lo que sucedió.
Cualquier persona comprometida con el camino espiritual tiene cada vez más claro que el sufrimiento que se experimenta es mayormente creado por uno mismo. Alguien así, deja de culpar al mundo o a los demás de su infelicidad y se hace responsable de sus experiencias. Detenerse significa dejar de crear sufrimiento.
El sufrimiento innecesario
¿Cómo creamos sufrimiento las personas? Podemos echarles la culpa a los padres, al gobierno, a la pareja, a la sociedad, etc. pero el sufrimiento viene de la propia mente, como bien enseñó Buda hace más de 2.500 años. Cuando queremos que las cosas sean de otra manera, cuando nos resistimos a las experiencias que la vida trae, cuando reaccionamos sin claridad a lo que nos sucede, creamos sufrimiento. Además, muchas de nuestras valoraciones, interpretaciones y juicios generan sufrimiento en nuestro interior. Siempre que nos dejamos llevar por ciertas ideas, pensamientos, emociones y creencias, también creamos sufrimiento. Cuando nos aferramos a ideas fijas de cómo tiene que ser el mundo que nos rodea y las demás personas, creamos sufrimiento.
Hay una regla fundamental, una especie de axioma implícito en la esencia de la enseñanza budista: La fuerza del sufrimiento viene de la importancia que le damos a la experiencia. Es decir, el sufrimiento no está ahí como algo que nos llega desde fuera sino que surge de la combinación de la experiencia y nuestra propia mente. De modo que, el problema no son las cosas que nos suceden sino el valor, el peso y la importancia que le damos a las experiencias difíciles de la vida. Esto es lo que va a determinar cuánto sufrimos. Por consiguiente, la fórmula de la solución es bastante sencilla (aunque no por ello fácil de aplicar) quitando importancia a las experiencias difíciles, frustrantes e insatisfactorias, sufrimos menos.
En este orden de cosas, cuando desarrollamos esta idea y nos acercamos a lo que llamamos Despertar, finalmente se vislumbra que el sufrimiento no tiene ninguna importancia ya que su naturaleza es ilusoria. Recordemos el sutra del corazón que dice: “En vacuidad, no hay sufrimiento ni causa de sufrimiento, ni cesación del sufrimiento ni camino a la cesación”.
Así pues, detenerse también significa dejar de hacer todo eso que nos lleva a hacer de la vida muy difícil y costosa.
Queda claro que parar no significa permanecer pasivo vegetando ni quedarse indiferente o distante ante lo que nos sucede. Tampoco es dejar de tener ilusión por las cosas ni abandonar nuestras metas, objetivos y proyectos. Por supuesto, tampoco significa dejar la familia, el trabajo y aislarse del mundo.

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Miedo y Meditación

La vida está llena de inseguridades, imprevistos e incertidumbres. A menudo nos encontramos con situaciones que nos llevan a sentirnos indefensos y desamparados. En un mundo en que todo es efímero, cambiante e impredecible es inevitable experimentar miedo. Aunque tengamos recursos para desentendernos de su presencia, no es raro que nos asalte y nos domine. Por miedo permitimos abusos y maltratos, por miedo nos limitamos, por miedo hacemos daño y destruimos lo que amamos, por miedo cometemos errores imperdonables y desperdiciamos la vida. El miedo nos lleva a ir en contra de nosotros mismos y nos impide desplegar el potencial como ser humano. 

Múltiples experiencias señalan la presencia del miedo. La ansiedad, la depresión, las adicciones, las obsesiones, etc., en general los trastornos mentales, indican sentir algún tipo de amenaza y temor. Una de nuestras necesidades más acentuadas es el anhelo de seguridad, sin embargo, la vida es insegura por naturaleza y por mucho que nos esforcemos, nunca llegamos a sentirnos completamente seguros. De modo que el miedo forma parte de la vida. Todos tenemos miedo, en esto somos iguales todas las personas. La diferencia entre unos y otros reside en nuestra habilidad afrontarlo, manejarlo y para convivir con él.
Ahora bien, es preciso reconocer que el miedo no es malo en sí mismo. Es una reacción emocional que nos ayuda a estar alerta ante lo que puede resultar dañino y nos permite anticipar respuestas para defendernos o escapar. Además, nos hace estar más despiertos y atender lo que nos rodea con más cuidado. Sirve para evitar accidentes y desgracias, y es útil para anticipar situaciones peligrosas. Todos los seres vivos estamos programados para sentir miedo cuando percibimos peligro, y llega a formar parte de nuestro temperamento.
Podemos decir que el miedo es una reacción normal cuando se dispara en el momento apropiado y ante una situación peligrosa, y cuando se reduce hasta desvanecerse al finalizar la situación. Es normal cuando su intensidad es proporcional a la situación con que nos enfrentamos. Sentimos miedo sólo cuando percibimos o imaginamos algún peligro; por lo tanto, si no somos conscientes de un peligro podríamos no tener miedo en situaciones verdaderamente peligrosas.
Ahora bien, podemos sentir miedo en situaciones inofensivas si las percibimos como peligrosas. En tal caso, hablamos de un miedo nocivo. El miedo es dañino cuando se activa con excesiva frecuencia y su intensidad no se corresponde con lo que está sucediendo. También lo es si es una reacción que se repite a menudo sin motivo aparente y perdura demasiado tiempo. El miedo nocivo surge ante la posibilidad o el recuerdo de un suceso que no está sucediendo.
Manejar el miedo
Para manejar el miedo, lo primero importante es reconocerlo. Con frecuencia, nos sentimos mal, inquietos y desconcertados pero no somos capaces de percatarnos de que detrás de todo eso hay mucho miedo. Es preciso darse cuenta y saber aceptar que se tiene miedo. Percibir el miedo, vivirlo en el cuerpo y reconocerse con miedo es el primer paso para sanarlo. Esto no es nada fácil, pues a menudo escondemos el miedo detrás de reacciones emocionales intensas como la ira o la tristeza.

214 manzaneraLo siguiente es indagar e identificar a qué le tememos. Esto requiere una cierta capacidad de introspección. Sabemos que tenemos miedo pero es preciso saber a qué se debe. Hay muchas formas de miedo, desde el miedo a algún tipo de muerte hasta el miedo a la vida misma, pasando por el miedo a cometer errores, al rechazo, a no ser capaz, a la ira, al fracaso, al futuro, a la crítica, a los insectos, a la enfermedad, al abandono, a la locura, al descontrol, etc. Conocer cuáles son nuestros miedos es el segundo paso.
Cuando reconocemos nuestros miedos es de gran ayuda recordar que todo el mundo tiene miedo en situaciones poco familiares, y que es una respuesta normal. Para poder afrontarlo, necesitamos aceptar que cierta dosis de miedo es algo natural e incluso necesaria; debemos saber que temer y rechazar el miedo es un obstáculo para solucionarlo. Por consiguiente, el objetivo no es eliminar el miedo sino regularlo y reducir su exceso.
La única manera de superar el miedo es enfrentarlo. Un miedo puede desaparecer, pero hasta que no seamos plenamente conscientes de la experiencia no conseguiremos superarlo. Así, una de las estrategias más efectivas es familiarizarse con la experiencia de miedo y entrenarse en ciertas circunstancias controladas a sentirlo. Se trata de acercarse con perseverancia y continuidad a situaciones que producen un ligero miedo. No es necesario vivir en peligro, es suficiente enfrentarse a pequeños miedos y vivirlos conscientemente.
Un error que solemos cometer cuando tenemos miedo es juzgarnos y sentirnos culpables. A veces incluso sentimos vergüenza de tener miedo. Es más sano ver el miedo como algo que tolerar y aprender a convivir con él.

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