En caída libre

188 MARTA

Su mundo estaba patas arriba, sobre todo en lo que se refiere al tema de relación de pareja. Siguió la recomendación de la última sesión de psicoterapia y repasó su biografía sentimental. Cayó en cuenta que, en el tema del amor romántico, el tiempo pasaba y la pauta se repetía una y otra vez. Distintas relaciones y los mismos patrones anclados hasta la médula. ¿Qué dificulta la disolución de lo vivido? Anotó en su cuaderno de psiconauta sentimientos y carencias que se habían dado en cada historia. Descubrió que había un común denominador en todas ellas. Señaló los patrones comunes y trazó una ruta de principio a fin como si se tratara de las estaciones del metro que recorría a diario. Ante sí, tenía ahora el mapa que mostraba el trayecto repetido a lo largo de su vida amorosa. Era el mapa de lo que había estado temiendo y pidiendo al amor. Por primera vez, vio con claridad y comprendió con los ojos de su mente y de su corazón.

En la siguiente sesión psicoterapéutica abordó los aspectos inconscientes de este mecanismo automatizado. Guiada por el hilo conductor de la sensación sentida, la respiración y su psicoterapeuta cayó hacia el pasado sin buscar nada, sin descartar nada. Las paredes del cerebro tienen muchas ventanas. En cada ventana asoma una relación. Fragmentos de historias de amor en caída libre a la velocidad de la gravedad. Del ático al sótano más de cuarenta pisos y tres historias en esa sesión. En el piso treinta y tres, el último chico con el que vivió. Volvió a ver la despedida del <<Adiós, me voy>>. Las palabras no dichas congelaron su corazón. Ahora mientras se dejaba caer, letras y sílabas derretían en sus labios el vacío del abandono. Expresó lo guardado con candado y un latido templado alivió su corazón.
Como brújula, la voz de su acompañante de vuelo le llevó hasta el piso veintidós donde se detuvo inmóvil ante el sueño roto del no pudo ser. ¿Cuánto nos cambia lo que no podemos cambiar? Se dio cuenta que tan solo era posible cambiarse a si misma. La realidad despierta al sueño. Lo único cierto es que estaría con ella el resto de su vida. Esta ventana, como tantas otras, sirvieron para aprender.
Y llegó a los cimientos. Se sintió flotar en el saco amniótico mientras su madre acariciaba el vientre. Descubrió el tacto del amor incondicional que le nutría en sentido ascendente; piso a piso, ventana a ventana, relación a relación.
Se dejó caer por completo para darse a luz a si misma. ¿Qué nos impide recibir el amor que siempre estuvo ahí a disposición? Nutrida ya por fin y plena de alegría renovada, sintió que la vieja ruta aprendida y repetida abría espacio en su interior. Libre de distorsión estaba preparada para vivir amores nuevos y su mundo comenzó a llenarse de luz otra vez.

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