Nuestra Verdadera Naturaleza

Nuestra comprensión del budismo no es una comprensión meramente intelectual. La verdadera comprensión es la práctica misma. Espíritu tradicional del Zen

 176 PEDRO 

Cuando comencé a escribir estos artículos, querido lector de este aprendiz de Bodhissattva, te confesé los muchos momentos en que me siento abrumado por el dolor que nuestro mundo, nuestros hermanos nos provocan. Injusticias, opresión, violencia, dogmatismo, acumulación material sin fin, explotación del hombre por el hombre. Son todos signos de nuestro tiempo, tiempo en que todavía reina la mente egoica que nos hace esclavos de nosotros mismos, nos lleva a vivir en celdas de fronteras por nosotros mismos construidas, y desde las que amenazamos el destino de nuestro universo. Por ello, hoy quiero volverme contigo hoy al origen de lo que somos. Por favor, calla y escucha conmigo los signos de esperanza.

Cuando Bodhidharma propuso la forma de practicar en China, produjo una autentica revolución en la comprensión de la práctica de lo que se vino a llamar Chan y luego Zen. Su punto de partida es el mismo del Buda. Todos los seres estamos ya iluminados desde el origen. Somos seres perfectos participando de la verdadera naturaleza. Nuestra práctica es simplemente la manifestación de nuestro estado natural. Es nuestra forma ilusoria de pensar la que nos impide vivir de acuerdo a lo que ya somos originalmente. Por ello, la práctica del zazen es la manifestación en quietud de esta realidad.

Anteriormente, se proponía el camino espiritual como un recorrido hacia una meta, meta de perfección moral y de ser y comportarse, que se suponía como algo a alcanzar. Esto se proponía a los practicantes como una disciplina, incluso consistente en etapas, al final de la cual se encontraba el bien deseado: la iluminación o el estado iluminado, como algo que no tenemos y que tenemos que alcanzar. Esta es una forma de pensar ilusoria y egoica, en la que somos considerados seres imperfectos, separados, en camino hacia un bien moral superior. Esta forma de pensar no se diferencia de las concepciones ortodoxas tradicionales en la mentalidad judeo cristiana, en la que la criatura esta separada, perdida y de naturaleza “pecaminosa”, por lo que ha de recorrer un camino de penalidades, retos y sufrimientos antes de encontrar el paraíso perdido, de encontrarse con el Ser Superior, que es El que da la gracia que nos rescata de nuestra condición inferior, recuperando por su misericordia y por nuestros méritos la condición que no poseemos de origen.

Esta forma de pensar es considerada en el budismo “karmica”, esto es productora de ciclos de méritos y deméritos, que no escapan a la rueda de la vida. Es una forma de pensar basada en una falacia: nuestro ego como una entidad separada. Nuestro zazen se convierte así en un esfuerzo egoico, en búsqueda de metas perdidas. Nuestra vida es así sufrimiento, colocando en el futuro la esperanza de redención. Nuestro presente es esfuerzo e insuficiencia, donde nuestra conciencia es individualista, dualista. Todo lo que hacemos, lo que sentimos, lo que pensamos, lo imaginamos resultado de una identidad individual que nos hemos inventado, de un yo que produce separadamente nuestro avance. Nos movemos así en una rueda sobre la que no avanzaremos, no romperemos la barrera entre el yo y el tu de esta forma. Nuestra meditación sedente se convierte en un esfuerzo para hacer silencio, pero afirmando al tiempo que es un esfuerzo de nuestro supuesto yo. Nos acabalgamos en nuestra identidad individual para conquistar una supuesta montaña ética. Parecemos “fantasmillas empeñados en soltar nuestras vestiduras de las ramillas del bosque, pensando que estamos solos en el intento”. Así andamos por la vida, perdidos y buscando afanosamente, intentando apuntar nuestros méritos en una tablilla, y comparándonos continuamente con otros.

De ahí surgen todas las envidias, recelos, temores y posesiones, nuestra tendencia depredadora de explotación hacia otros, y también nuestro miedo a perder y nuestro miedo a saltar al vacío, a perder el control. Por eso Suzuki dice que cuando tratamos de alcanzar la iluminación, se crea karma que nos gobierna y perdemos el tiempo en el cojín negro. La perspectiva del Bodhidharma es radicalmente diferente. No hay ningún camino, ni pasos a dar en búsqueda de nada, ni metas que obtener, ni vida superior que descubrir. Todo esta aquí desde el principio. Somos perfectos desde el origen… No existe un yo que pueda darnos identidad. No existe una entidad separada, ni un ser perdido que precise recuperarse. Tenemos la joya dentro de nosotros, ¡¡Ya!!. Somos la luz, somos inseparables de todo lo que existe, somos Uno con lo Uno. Somos Dios con Dios. El único estado de vida perfecto que existe es este momento. El único futuro diferente que existe es ahora. El futuro es ahora.

Por ello nuestra practica, si vivimos esto, en lugar de ser un proceso en búsqueda del paraíso perdido, es la manifestación aquí y ahora de nuestra naturaleza original. Nuestra práctica ha de ser no un cumulo de conceptos éticos o filosóficos que nos colocamos delante, sino tan solo nuestro cuerpo quieto y nuestra respiración. Manifestación actual de lo que existe. Se nos exige tan solo fe. Un salto hacia delante creyendo eso, que ya somos lo que queremos alcanzar, y deberemos dejar de correr y convertirnos solo en el cojín negro en quietud, en la respiración quieta, manifestación de toda la realidad. No buscar nada, no querer nada, no perseguir nada, no alcanzar nada.

Otra consecuencia de nuestra decisión, de nuestra practica según el maestro Suzuki, es que no existe separación entre nosotros y lo que entendemos como totalidad. ¡somos la totalidad!. O, podríamos decir, somos aquí y ahora la expresión, en el mundo fenoménico, de la Unidad. Un destello de luz de lo Eterno que atraviesa el espacio de las mil y una cosas. Así, cuando nos sentamos en meditación, todo el universo se sienta con nosotros, cuando el universo canta, nosotros cantamos con el todo. Así nuestra ética deja de existir como un esfuerzo de redención, es la manifestación natural y acorde con lo que somos. ¿Qué sentido tiene atribuirnos mérito por hacer el bien? Somos simplemente la manifestación acorde con nuestra naturaleza. Cuando damos un beso de comunión, lo que somos como forma se besa en el vacío. O, todo lo que existe expresa la unidad. Entendemos desde aquí el porque de nuestra sensación de plenitud cuando experimentamos la unión con otro ser. Son solo añoranzas de nuestro verdadero hogar. Nuestro hogar es la expresión del amor. Es la expresión creativa de lo Uno. ¿Por qué no nos comportamos siempre así? En nuestra expresión en el mundo de las formas y las manifestaciones de vida hemos perdido el recuerdo de lo que somos. Es como si tuviéramos un velo que nos impide vivir despiertos, nos impide mirar de frente la realidad. Nuestra práctica del silencio es el esfuerzo por retirar ese velo, por despertarnos. Pero no buscando recuperar una naturaleza perdida, sino para darnos cuenta de lo que realmente somos.

Por eso debemos abandonar en la práctica del zen (que es la práctica de nuestra vida) todo sentido de camino y de búsqueda, todo sentido de peregrinaje o de redención, toda idea de ir al encuentro de alguien. ¡Ese Alguien ya está aquí! Esto tiene múltiples consecuencias para nuestra vida. La felicidad no está fuera de nosotros. Forma parte de nosotros mismos. Nuestro afán por superar lo separado, lo desunido, lo injusto, no es un afán desesperado. Está condenado a cumplirse. Este es el signo de nuestra esperanza.

Existe la tentación de no moverse: Como ya somos perfectos, ¿para que tanto esfuerzo?. Como todo está bien desde el principio, no tenemos ojos para la injusticia, para la violencia o el mal. Esto es otra falacia. La forma incorrecta de ver es lo que produce el sufrimiento. Un despierto es una persona profundamente pragmática, ya que es más lucido del velo que cubre lo que existe. Es más lucido de las consecuencias del movimiento kármico, las guerras, la miseria y la injusticia; y se queda en medio de todo para cumplir el destino de la recuperación de todo lo que existe, siguiendo el ideal Mahayana, o la practica cristiana del amor como manifestación de la Unidad. Lo importante es este momento. Nuestra manifestación en este momento de lo que realmente somos. La expresión aquí y ahora de lo Eterno. Realizando esta manifestación recuperamos al universo para la Unidad. Solo si avanzamos en nuestra vida dando manifestación en cada momento presente de nuestra verdadera naturaleza, nuestro mundo se transformará a nuestro paso y nuestra vida será plena. Nos observaremos a nosotros mismo y a los demás, como los arboles y las flores nos observan, en plena libertad, sin juicios, sin apegarse o rechazar. Esto es vivir de acuerdo a nuestra naturaleza. Nuestra comprensión es la práctica misma. Al comprender esto, damos manifestación de la Unidad y nuestra vida es la expresión del Despierto. Y desde hay abrimos el camino para la recuperación del Universo, para la instauración del Reino de Dios, en palabras de Yeoshua.

 

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