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Herramientas para aprender a Amar

 

189 DANIEL

En la edición de marzo comenzamos nuestro camino juntos, aprendiendo que el amor no es un sentimiento, y que no basta con sentir algo por alguien para vivir una relación sana. A partir de esta entrega, vamos a ir proponiendo herramientas para que podamos amar en la práctica a las personas. Si las aplicamos, nuestras relaciones estarán llenas de amor y serán gozosas. Aquí presentamos dos, de las siete herramientas para crear y disfrutar relaciones sanas.

No basta con querer el bien del otro para amarlo. Hay que saber actuar de forma en que, a pesar de lo que sintamos y de las circunstancias, sepamos hacer algo que efectivamente beneficie al otro; por lo tanto, debemos tener herramientas de relación. El problema es que, socialmente, permitimos dejar a nuestro libre albedrío la forma en que vamos a relacionarnos con los demás. Y como a veces nos falta un poquito de criterio, acabamos haciendo sufrir a personas que, en realidad, queremos amar.
Las herramientas pueden explicarse en positivo (lo que hay que hacer) o en negativo (a lo que hay que renunciar). ¡Allá vamos!

Herramienta Nº 1: Aceptar que todo cuanto sucede es necesario.
Todo lo que ocurre tiene una causa previa. Pretender que algo no debería haber ocurrido es estar en contra de la ciencia; si hubo una causa previa es inevitable que vivamos lo actual. No podemos pretender que las cosas suceden por magia, sería un absurdo. En todo caso, tenemos que plantearnos cómo nosotros producimos causas que generen aquello que deseamos. Y para eso están las 7 herramientas del amor. Pero hay que entender que “cualquier cosa que ocurra es necesaria”. Si no me gusta lo que vivo, significa que no he sido capaz de generar las causas previas adecuadas. Luego, en lo que debo centrarme es en mí y en lo que yo hago, en cómo yo género mis propias causas previas.

Cambia tú, para que yo esté bien.
Digo esto porque, lo habitual, es que nos centremos en obligar a los otros a cambiar: “yo quiero cambiarte a ti cuando tengo problemas en mi relación contigo…” ¡Pero si yo tengo problemas, el que tiene que cambiar soy yo! Esto sería como decir, “¿Sabes qué pasa? Pasa que tú me das mucho dolor de cabeza, así que tómate tú la aspirina”. No tiene ninguna lógica. Si en mi relación yo tengo dolor de cabeza, yo tengo que resolver lo de mi cabecita, y tú resuelves lo de la tuya. Se trata de aceptar que tú vives tu proceso y yo vivo el mío. Asumir que lo que ocurre es necesario para que yo pueda aprender, es el primer paso; porque focalizo mis actuaciones en mí, no en el otro. No quiero cambiar ni forzar al otro, me limito a hacer mi parte, lo hago y punto.

La otra forma de explicarlo sería preguntándome: ¿A qué estoy renunciando? Estoy renunciando a la lucha contra el mundo. Y yo nunca lucho contra el mundo; el mundo existe, lo observo, y me planteo cómo puedo mejorarlo. Yo gozo enriqueciéndolo, en vez de luchar contra él “porque esto no debería haber ocurrido y todo debería ser distinto”. Si tú me dices a mí que yo debería ser distinto, es que no me amas, no me aceptas como soy.

Y tú podrías preguntarte: Pero si no lucho, ¿estoy aceptando o me estoy resignando? Hay una gran diferencia... Cuando yo acepto algo, dentro de mí hay mucha paz, sé que estoy haciendo lo que debo hacer. Cuando me resigno, en cambio, dentro de mí hay lucha, un dolor, un rencor... porque en realidad no he aceptado, he claudicado. Pongamos como ejemplo al invierno: yo no puedo hacer otra cosa que aceptar que el invierno es frío. ¡Querer cambiar el invierno es raro! Es estar equivocado, es no respetar al mundo. Y es confundir cual es mi papel en el mundo. ¿Quién me creo ser yo para decidir cómo es el invierno? ¿Quién soy yo para decidir cómo tienen que ser los demás? Es confundir mi papel, creerme que yo soy Dios, en lugar de saber quien realmente soy.
Por lo tanto, esta primera herramienta me dice que no debo intentar cambiar a los demás. Para recordármelo, yo suelo repetirme una frase que resume esta herramienta muy bien: “Todo lo que ocurre es perfecto y necesario”.

Un ejercicio para esta herramienta
Para verificar que esto es cierto, sugiero que se haga lo contrario: a partir de ahora, ante cualquier cosa que no te guste de los demás, oblígalos a cambiar. Diles que son ellos los que tienen un problema. ¡Fuérzalos!. Olvídate de ti, tú no hagas nada, tú ya estas bien. Tú eres perfecto, que sean los demás que cambien. Y verás como, al hacer esto, tu vida se llena de problemas. De este modo, habrás verificado la necesidad de aplicar esta herramienta.

Herramienta Nº 2: Actuar cuidando a los demás, como yo quisiera ser cuidado. Por respeto a mí. Por el compromiso conmigo.
Siempre recuerdo a los profesores que sacaron lo mejor de mí; ellos confiaban en mí, me respetaban, me daban su apoyo. ¿Y sabes qué respuesta les di? Me esforcé mucho más.
Por lo tanto, para obtener lo mejor de los demás, y lograr que los demás saquen lo mejor de sí mismos/as, tengo que tratarlos como yo quiero ser tratado. ¿Por bondad? No. Porque ese es el compromiso que he firmado conmigo. Es decir que, cuando no insulto ni grito a la gente, cuando los trato bien, cuando cuido a los demás, lo hago porque tengo un compromiso conmigo y deseo serme fiel, no quiero traicionarme a mí mismo. Y ese compromiso lo mantengo, al margen de que tú me grites, de que tú no lo tengas conmigo. Porque cuando yo mantengo la paz en mi interior tratándote bien, yo estoy contento conmigo, y con el tiempo tú confiarás en mí.

Por lo tanto, esta herramienta nos habla de actuar con eficacia y siempre con serenidad. Si en un momento pierdo los nervios –que eso puede pasar- procuraré no perderlos contra ti. ¡Saldré a la calle y daré diez largos gritos! O me pondré bajo la ducha de agua fría y diré: “¡Ay Dios mío, que terrible!!!”… Pero no te insultaré, ni te morderé. Te trataré siempre con mucha ternura. Esta herramienta es básica, y sirve para padres y madres, pero también para tus parejas, o para tus socios de negocios. Y cuidado, porque pretender que, cuando yo te agredo de palabra, de obra o de pensamiento, eso no deje marca, es mentirse. Tú me podrás perdonar, pero si yo te he agredido, tendrás una cicatriz. Así que es mejor no llenar de cicatrices nuestras relaciones.

Los tres niveles de la agresión
Entonces, actuar con eficacia y serenidad significa mantener con firmeza y lealtad el tipo de relación que yo quiero tener en mi vida, al margen de lo que tú hagas. Y aquí estoy renunciando a agredirte en tres niveles: renuncio a la agresión física (en este punto, la gran mayoría de los lectores de esta revista no tendrá problemas). Pero hay otros dos niveles de agresión en los que estamos trabajando: en la agresión verbal y en la agresión mental, en pensar que tú deberías actuar distinto, pensar que tú no das lo bastante, pensar que tu deberías ser como yo quiero. Eso es mentira. Tú estas en tu proceso y yo lo respeto, y estando yo en mi proceso te cuido tanto como puedo. Con la máxima eficacia y serenidad, respetando con firmeza y con lealtad mis acuerdos. Y cuando yo empiezo a respetarte mentalmente, dentro de mí hay una paz infinita, y entonces me corresponden relaciones de amor pacífico e infinito. Cuando dentro de mí hay paz, en el exterior hay paz. Es por eso que yo me obligo a mí mismo a respetar los acuerdos que yo mismo me he marcado.

Compruébalo tú mismo
Te propongo que hagamos el siguiente ejercicio: tratemos siempre a los demás de una forma excelente, de una forma muy tierna, con mucha serenidad y eficacia. Y comprobemos cómo eso nos da mucho más poder en la relación. Por el contrario, dejémonos llevar por la violencia de las acciones, de las palabras o del pensamiento, y podremos ver cómo entramos en una conducta mecánica… ¡Va a ser un desastre! Porque mis relaciones van a ser mecánicas, llenas de violencia, llenas de crítica, de discriminación y la consecuencia será inevitablemente que mi vida se llenará de dolor.

¿Y qué hacemos con las personas tóxicas?
Las personas tóxicas que están en nuestra vida nos dan la gran oportunidad de aprender mucho de ellas, la oportunidad para bendecirlas y permitir que marchen a otro sitio. Todo lo que se resiste, persiste, reza el dicho popular. Si me enfrento a ellas, se quedarán. A decir verdad, ellas no son tóxicas, son personas que se encuentran en una situación de mayor ignorancia que la nuestra, y por lo tanto se relacionan más desde la violencia, la imposición, o el maltrato. Pero si yo respeto eso y aplico la tercera herramienta, nos vamos a salvar. Claro, pero para ello debemos esperar a la próxima edición de esta revista…

Tagged under: Ramiro Calle

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