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Desmontando creencias. Al pan, pan y al vino, vino

196 DANIELAlguien dijo una vez: “Tú si quieres, rézale a las piedras. Pero no me las arrojes a mí.” La sinceridad es un valor ético que todas las personas de bien sabemos apreciar. Siempre y cuando ese valor -que nos lleva a querer decir la verdad a toda costa- no sea usado sin control. Cuando nuestra opinión no es pedida, cuando el dolor que causan nuestras palabras conlleva más el peso de nuestro ego que la compasión de nuestro cariño, podemos estar cometiendo sincericidio.

“Carlos, yo siempre tengo que ir con la verdad por delante, porque sabes que la sinceridad es una virtud. Y como somos amigos debo decirte la verdad: con sinceridad, mi querido amigo, creo que tu pareja no te conviene, no es una persona fiable. Mira, no tengo nada en contra de ella, pero no me da buena espina, la veo falsa. No lo digo por nada, no te lo tomes a mal, pero simplemente no la veo. Y te lo digo porque somos amigos, porque te quiero y porque me importas. Y porque soy sincero”.
¿Cuántas veces habremos escuchado conversaciones como ésta?

¿Qué creencias hay detrás de esta idea?
Hay cuatro ideas que sostienen y justifican los argumentos de las personas que se consideran a sí mismas “sinceras”.
1) Cuando digo lo que pienso estoy diciendo la verdad. Estoy siendo sincero.
2) Callarme sería ser falso. Sería una falta enorme de valor ético, puesto que si yo veo algo y para mí es verdad, debo decírtelo.
3) Debo decir todo lo que yo pienso, porque tengo que ser fiel a mis valores y la sinceridad es, sin duda, un gran valor.
4) Al hacerlo demuestro mi amistad pues decirte la verdad te beneficia.

¿Pero la realidad cuál es?
1) Estoy confundiendo la verdad con mi opinión. Que yo piense algo no significa que eso sea cierto, solo es mi opinión, y las opiniones no siempre tienen que decirse. A no ser que yo sea Dios, nunca puedo decir la verdad con certeza total, solo podré dar mi opinión. Confundo mi opinión con la verdad y eso lleva a destrozar las relaciones.
2) Olvido el valor de la prudencia y que en las relaciones debo buscar el máximo bien para los demás y para mí. Cuando yo digo lo que pienso, y destrozo las relaciones, me he olvidado del valor de la prudencia y el amor hacia los otros, por más que yo diga que soy sincero. Porque demuestro mi ignorancia, que se comprueba al ver que la gente queda dañada, herida, dolida, dejan de hablarme, pierdo los amigos… Estoy confundiendo, por lo tanto, un valor con la agresión. Para que algo sea un valor tiene que ser valioso para mí, que lo quiero dar, y valioso para el otro, que lo quiere escuchar. Si yo te doy mi opinión y te estoy hiriendo, -y tú desearías no haberla oído- es señal de que no era un valor sino una incontinencia mía.
3) Olvido que las palabras pueden ser violencia, que cuando las palabras dañan a otro –tenga yo intención o no- es un daño, al igual que si yo (con o sin intención) te diese con una vara de acero. Al golpearte físicamente te dolería el cuerpo, al golpearte con las palabras, te duele psíquica y emocionalmente. Eso se llama AGRESIÓN. Y nosotros, personas que estamos en el trabajo espiritual, deberíamos renunciar a la agresión física pero también a cualquier agresión verbal.

Los hechos hablan: observar la realidad.
Si yo creo que debo explicarte algo y, al hacerlo, tú quedas dañado, o enfadado, o herido, o te sientes agredido, significa que mis palabras no han sido sabias. Los hechos hablan por sí solos: “por sus frutos los conoceréis”.
Por los frutos de tus palabras sabrás si son palabras de sabiduría o de torpeza. “Al pan, pan y al vino, vino”, es la mejor forma de agredir, muchas veces creyendo que tienes razón. Cuando digo lo que pienso es muy probable que esté siendo inadecuado, que mis palabras sean inadecuadas. La realidad no miente, si mis palabras dañan a los demás es que he actuado mal. Y existen dos criterios para evaluar los hechos:
El criterio interno: tras haber hablado, ¿tengo paz interior?
El criterio externo: tras haber hablado, ¿hay más armonía en el exterior?
Si no se cumplen los dos criterios es que nos hemos equivocado. Hemos confundido nuestra opinión con la verdad, y hemos usado nuestra opinión para agredir y dañar a los demás porque somos incapaces de contenernos, so pretexto de ser sinceros.

¿Entonces, qué debemos hacer?
Ni mentir, ni agredir. Lo que debo hacer es utilizar la palabra para construir. El significado de la palabra es para establecer puentes con los demás y comunicarse, es decir, hacer algo “en común”, sentirnos unidos en la comunidad. Pero si mis palabras te distancian de mí, estoy rompiendo la comunicación, estoy rompiendo la comunidad. Solo puedo hablar –y este es un consejo muy claro- si mis palabras mejoran el silencio. Solo puedo hablar si, tras mis palabras, mis relaciones mejoran. Y debo acordarme siempre de los dos criterios para evaluar mis palabras: ¿Tengo paz interior? ¿Hay armonía externa? Así sabré siempre cómo actuar. Una persona espiritualmente elevada no daña a las demás, no confunde su opinión con la verdad y no dice nada que los demás no puedan manejar, porque sería tan imprudente como darles cuchillas de afeitar a unos bebés en la cuna.

EJERCICIO DE VERIFICACIÓN
La verificación es muy simple y tiene dos opciones: te invitamos a que rompas esta norma y observes lo que ocurre. Observa que cuando dices algo que daña a los otros, por más que creas que es la verdad, la relación se estropea. Luego, es falta de sabiduría. No hace falta ser doctor honoris causa de alguna universidad para comprobarlo.
Y la segunda forma de verificarlo: haz lo contrario. Habla sólo cuando tus palabras generen mejores relaciones. Carga tus palabras -o tus silencios- de amor, y comprueba cómo tu paz interior se incrementa y tus relaciones mejoran. Habrás verificado lo que estamos diciendo. Y recuerda siempre esto: la sinceridad está sobre valorada.

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