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EVA ÁLVAREZ

FOTO EVACUENTOS TAOÍSTAS

Terapeuta en medicina tradicional china (carrera de cinco años), en Medicina taoista, y con diversos títulos específicos de las técnicas que aplico ... pero con los años me he dado cuenta que si bien los títulos son importantes y necesarios para dominar la técnica básica no llegan a cubrir la esencia de la profesión ni el dominio de una disciplina, éso la persona lo percibe en el encuentro y en los resultados y Yo, en profundizar con un pasito más cada día.
He tenido la gran posibilidad de estudiar con dos maestros que me han transmitido su experiencia de manera tradicional (maestro-discípula) y he aprendido también increíblemente con cada persona que ha pasado por mi consultorio...aunque creo que sobretodo mi principal aporte es haberme tratado con medicina tradicional china durante muchos años, antes ni siquiera de saber que ésta iba a ser mi profesión. Éso me hace poder empatizar con quien se sienta del otro lado y tratar de guiar y acompañar entendiendo el camino que se transita.

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Naturalmente

239 EVAComo cada primer fin de semana del mes desde que pasó la adolescencia (¡y de eso ya han pasado años!), María se iba al pueblo a ver a su abuela Marta. Le gustaba mucho Viejunes del Moral, siempre pensaba que tenía algo diferente. Y así era, ya que pocos pueblos de la llanura castellana tenían una vida tan dinámica: la mayoría eran personas longevas, pero se mantenían en gran estado de salud. Don José, por ejemplo, uno de los más veteranos rozando los noventa, no perdonaba su caminata diaria hasta Navalmoral, a casi seis kilómetros de distancia, con baño incluido salvo que el río estuviera congelado.
No eran ni las doce cuando María llegó, pero ya llegaba el olor desde que abrió la puerta del coche de la inconfundible comida de su abuela. Eran habitas con jamón esta vez, uno de sus platos favoritos, siempre cocinado a fuego lento con una mezcla de especias y hierbas que nadie conocía y que las hacía únicas.
— ¿Qué te pasa María? Te veo muy cansada—le dijo Marta—.
—¡Ay abuela, sí, estoy agotada! — respondió María—. He estado toda la semana de un lado para otro y aunque he tratado de parar el ritmo, no sé qué pasa que no puedo. El otro día no podía ni levantarme de la cama. ¡no sé qué hacer! —suspiró casi asomando una lágrima.
—Bueno hija— respondió la abuela mientras la miraba a los ojos sin que ella se diera cuenta— empecemos por tomar un té y aprovechar este sol tan maravilloso.
Marta se fue a la cocina y cogió la manzanilla que se estaba secando y que seguramente había recolectado su abuela en los paseos vespertinos con sus amigas a la montaña. Elixir de la eterna juventud solía llamar ella a esos paseos.
—Cuando esté lista, salte aquí fuera y charlamos. Yo te espero que me viene bien tomar un poquito el sol. — gritó la abuela desde fuera.
María sacó las tazas de té y se sentó sobre esas sillas de mimbre que eran como una leyenda en casa de Marta, tenían muchísimos años pero se mantenían como nuevas y lo mejor, eran comodísimas. Su mirada se quedó clavada en el infinito mientras que soplaba la taza de té aún caliente en un silencio no buscado pero muy placentero.
—Mira hija, ponte a observar a Hugo— dijo la abuela de repente.
A María casi se le cae la taza del saltó que dio.
—¿A Hugo tu perro? — preguntó María—.
—Sí, sí, a Hugo. Fíjate cómo está tomando el sol igual que yo. Él sabe que queda poco de sol porque se viene el invierno y hay que aprovecharlo. Y estate atenta porque cuando se levante se estirará y se sacudirá. Llámalo vas a ver —respondió Marta—.
—¡Es verdad! — se reía María.
—Sigue de reojo observando cómo vive, que le vas a ver que en algún momento va a comer hierba, no es que tenga hambre, es que siempre que le traes cosas de Madrid se empacha porque no está acostumbrado y es su forma de purgarse. Y mientras que sigues de reojo a Hugo, vete enfocándote en Pepe. Pepe el gato sí. —continuó explicándole Marta—.
María no entendía muy bien por qué le estaba contando eso su abuela, pero siguió atenta escuchando.
— ¿Has visto que él también se estira y sacude? — Marta le preguntó directamente mirándola porque notaba que se estaba desconcentrando de lo que la estaba contando—.
—Pero además se entrena en diferentes momentos de día: a veces lo hace solo, como si fuera una lucha con una sombra o a veces juega con una bola, un corcho o lo que sea. También caza animales para demostrar su habilidad y estar preparado por lo que pueda pasar.
Y se rieron las dos.
—Es totalmente independiente—continuó la abuela—acuérdate que se baña lamiéndose, se afila las uñas, si quisiera podría cazar para comer, sus necesidades no se ni dónde las hace y busca cariño cuando quiere y, cuando se cansa, se va por ahí.
Las tripas de María comenzaron a sonar.
Y ya lo último que pido que te fijes antes de que vayamos a ver como anda el fuego con la comida — dijo la abuela con sonrisa pícara¬—. ¡Mira nuestro nogal! que de tantos momentos de hambre nos ha sacado. Él también está aprovechando el sol, crece a su ritmo y sigue su proceso, da flor, empieza a generar el fruto, lo endurece y queda listo para dar o para dejarlas caer. En ciclos una y otra vez.
Abuela y nieta se sonrieron y Marta le acarició la mejilla mientras le decía «así hija mía somos nosotras también: debemos seguir las estaciones, hay momentos para aprovechar el sol, momentos para dormir. En la naturaleza no hay prisas, nada se deja sin hacer, pero todo va fluyendo hasta encontrar su momento, todo de manera progresiva. Un árbol, por ejemplo, pasa por todas sus etapas hasta dar fruto. Nadie se olvida de comer, ni de limpiarse, de estirar y moverse para encontrarse listo».
La diferencia — continuó— es que los momentos en la ciudad los forzáis con la cabeza, es como si quisierais encajar un libro dentro de una botella y cuando no funciona en vez de buscar otro envase calentáis la botella para dilatarla y que entre. Cuando no sepas qué ritmo debes tener, fíjate en la naturaleza, en el resto de seres vivos con los que compartimos el mundo, ellos te enseñarán. Ellos y tu instinto natural que a veces está tapado, pero está si lo quieres escuchar.
María abrazó a su abuela mientras que lloraba suspirando como si una gran carga pesada se estuviera liberando en esas lágrimas. Cuando estuvo más tranquila se acordó de las habas.
— ¡Ay,abuela! ¡El fuego! ¬— y salieron corriendo las dos hacia la cocina.

El Guiso

237 ILUS EVA1 wEran las fiestas del pueblo y este año habían decidido hacer un homenaje a la vecina más longeva, doña Juana. Ella subió al estrado, ése que en las fiestas vale para todo: para el concierto, para los bailes, para el discurso del alcalde… y Juana miraba para todos lados porque se le hacía muy grande estar ahí.

El alcalde empezó a hacer su presentación, destacó de ella que sólo había ido una vez al médico en toda su vida (—¡Y porque me insistieron! Yo me arreglo con mis hierbas —le interrumpió ella). Sus hijos e hijas habían nacido de parto natural en casa y no se le conocía ningún otro antecedente médico. Se la veía siempre por los caminos andando a buen ritmo y con una fuerza para llevar cosas que muchos otros quisieran.

—¿Cuál es su secreto? le preguntó el alcalde.

—Mi abuela llegó a los 110 años y yo también lo pretendo—le dijo ella.

— ¿Alguna pista? —volvió a insistirle él.

—Le voy a decir lo que me dijo mi abuela y he cumplido desde entonces —respondió—. La salud es como un gran guiso en una olla de barro. Cuando cocinas, primero haces la base con cebolla, ajo y aceite por ejemplo, ésa es la necesidad de moverte todos los días, por lo menos caminando. Después le vas añadiendo los ingredientes principales: ésta es tu alimentación, lo que te va a dar la fuerza y la resistencia; es importante nutrirse y alimentarse bien. Luego lo vas a sazonar con sal, especias… ésa es la naturaleza en tu comida, el aire, los minerales, los olores… Y por último el fuego: si te pasas de fuerte lo quemas, si no lo enciendes, no cocinas, ése es el ritmo de tu vida, tu cabeza. Los guisos necesitan una llama fuerte al principio y después fuego lento.

Juana hizo una pausa y tomó aire antes de seguir.

—Pero casi tan importante como los ingredientes —continuó—, es que éstos estén en equilibrio porque si por ejemplo, te pasas con la sal, ¡echas a perder todo el guiso! Si un día te pasaras, aunque no como para arruinarlo, al día siguiente comes sin sal… pero sólo si es un día el que te pasas…—dijo con sonrisa pícara—, ¡no vale todos los días!

Todas las personas presentes se quedaron pensativas mientras que ella siguió sonriendo y bajó del estrado.

Sacando la raíz

236 ILUS EVA11wEn un pueblo soleado llamado Viejunes del Moral, de esos que tienen pocos habitantes en invierno, pero muchos en verano y fines de semana; de aquellos en los que aprendemos lo que es la vida al aire libre y un poco salvaje. Una madre estaba en la cocina seleccionando el té que había cogido en las montañas la tarde anterior y de repente, su hija grita desde fuera:

—Mamá, hoy voy a venir a jugar con mis amig@s a casa—.

- ¿Y eso por qué? ¿No ibais a ir a casa de tu mejor amigo? —respondió la madre.

-Sí, pero hay pinchos alrededor de su casa, como llovió e hizo sol ya están crecidos otra vez, y así no se puede jugar. —resopló la niña.

Después de escuchar a la pequeña, la madre se quedó como mirando al infinito y le dijo: —¡Ay hija mía! Esto me recuerda a cuando le digo a tu hermano, una y otra vez, que mire que le pasa con ese dolor de cabeza en vez de tomar pastillas todo el tiempo—.

No entiendo mamá, ¿qué tiene que ver? — dijo la niña.

En casa de tu amigo cada vez que llueve y hace sol durante unos cuantos días seguidos, vuelven a crecer las plantas y con ellas los pinchos. Después cortan con la máquina todo el patio y se llevan los pinchos y por unos días están bien, pero así nunca termina el ciclo.

Deberían ver dónde están las plantas que tienen de fruto esos pinchos y sacarlas de raíz, para que no volvieran a crecer alrededor de la casa. Si no, siempre van a estar igual. —explicó la madre.

-Claro mamá, lo entiendo, es verdad que así lo tienen que hacer una y otra vez, voy a decírselo a mi amigo.

Y la niña fue corriendo a por el teléfono a contarle a su amigo su gran descubrimiento.

Cuando éste llego a casa para jugar, su amiga le preguntó qué le había dicho su mamá.

-Mi mamá me dijo que es un trabajo inmenso y laborioso arrancar planta por planta y que iba a terminar con dolor de lumbares de estar tanto tiempo agachada, que en todo caso lo que haría sería pasar el cortacésped más a menudo. —explicó el niño.

- ¡Igual que tu hermano! - gritó desde lejos la madre de la niña, y ésta sonrió entendiéndolo todo.

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