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PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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El surgimiento del yo

241 EVEN PABLOwSolemos pensar que nuestro yo es una especie de líder del organismo, que define, sentencia y dirige, que decide y ejecuta sus pretensiones sin dudarlo. Una suerte de presidente vitalicio de nuestro cuerpo, y sin embargo puede que ese yo sea algo totalmente diferente a lo que hemos creído hasta ahora…

Alan Watts decía que un niño occidental pregunta a su madre: -¿de dónde vengo?, mientras que un niño chino pregunta: -¿cómo surgí? En el primer caso vemos la idea de mecanismo compuesto por partes que se agregan desde fuera, mientras que en el segundo notamos la noción de desarrollo emergente. Giordano Bruno nos recuerda también que “si ningún lugar del universo puede con propiedad ser llamado el centro (porque el universo es infinito), entonces todo lugar puede serlo por esa misma razón”.

En occidente hemos desarrollado una noción mecánica de la vida, esto es, entendemos que si existe una máquina debe por fuerza haber un operario, aquel que alegremente mueve las palancas y aceita los mecanismos oportunamente de forma que todo el proceso continúe sin problemas. Es decir, consideramos necesaria la idea de que alguien desde fuera del mecanismo lo esté conduciendo (deus ex machina). Ello trae como consecuencia la aparición de “el que sabe”, el redentor, la autoridad que infaliblemente nos guía porque posee una perspectiva inmaculada, ya que es capaz de ver lo que nosotros no somos capaces de percibir, y que por ello le dedicaremos nuestra más fiel admiración y obediencia. Además le tributaremos nuestra devoción con bienes materiales, con lo que contribuiremos casi sin notarlo a engrandecerlo todavía más, con lo que se nos antojará todavía más “especial”, olvidando que su status lo consiguió mediante la aportación de todos los que lo reconocemos como necesario e idóneo.

Luego comienza en nosotros la sensación de agradecimiento por ser receptores de tantos dones de parte de nuestro instructor, dones que provienen de nuestros aportes, los cuales, en la medida en que el poder y el reconocimiento de nuestro ahora “líder” crece, ya dejan de ser aportes voluntarios para pasar a ser impuestos (la misma palabra lo dice todo). Y tras un tiempo, nos dará la sensación de que todo ha sido así desde siempre, y veremos con actitud resignada como nuestro líder inmaculado y sabio traspasa su fortuna y condición a sus sucesores de sangre o por designación “a dedo”, además de generar toda una cohorte de secuaces cercanos a él, que viven de los dividendos que genera la gestión que el líder lleva a cabo sobre nuestras vidas. Y puede que un día nos preguntemos: -¿pero cómo fue que llegamos a esto? Pero ya será tarde, ahora seremos completamente dependientes de sus manipuladoras dádivas cual persona que por no ejercitar sus músculos por mucho tiempo, ahora depende indefectiblemente de la ayuda de otros para poder caminar.

Así nos adentramos en la idea de que cuando poseemos un sistema de vida que implica que alguien (Dios o el Estado) o algo (algún libro sagrado o ley) tiene la claridad necesaria como para determinar qué es mejor para nosotros y también cómo y cuándo resultará más conveniente, entramos en una telaraña narcótica de la que difícilmente podremos salir.

Los países católicos proverbialmente han considerado bueno al ser humano, con lo que la confianza en las personas que detentan un paternal poder representativo de Dios no se cuestiona, mientras que para el mundo protestante, hijo de la reforma, el poner en duda los motivos de los seres humanos es un deber, tal como exclamaba Cicerón: ¿Cui Prodest? (¿Quién se beneficia?).

En oriente y en toda cultura milenaria, por el contrario, se entiende a la vida como un organismo, cuyas partes no se agregan ya manufacturadas por alguna entidad ajena, sino que emergen del propio organismo tal como un brote emerge de una planta o un niño lo hace de su madre, con lo que se abre así la posibilidad a una organización espontánea de las sociedades, sin intermediarios sacrosantos.

Esto parece una friolera pero cuando revisamos sus consecuencias prácticas descubrimos que los paradigmas de pensamiento generan realidades político-sociales muy complejas y a veces nocivas. Veamos. Si entendemos que siempre tiene que haber una entidad externa que maneje a cada ser o sistema viviente, presuponemos que es incapaz por sí mismo de expresarse y desarrollarse correctamente, y así tendremos al padre interventor, aquel que no permite que el niño dé un simple paso sin someterlo a escrutinio para ver si coincide con su preestablecido plan para él, imponiéndoles un modelo que es pasado de padres a hijos llamado “cómo debe comportarse un niño”.

Claramente ello genera seres humanos infelices, incompletos, por no poder vivir su propia singularidad sino que en su lugar buscan adaptarse mediante obediencia o coerción a las directivas que vienen de fuera con el fin de recibir las dádivas (palmaditas) que le confirmarán que “va bien”. Por el contrario, si dicho padre cumpliera una función emergente, no se presentaría como alguien externo a la dinámica del niño, sino que se conduciría dialogando con él a todo nivel, escuchando lo que dice y lo que hace para así poder interactuar de la forma más adecuada para alentar su sano desarrollo.

Cuando vivimos de forma orgánica, no nos regimos por reglas preconcebidas, rígidas, sino que pactamos, dialogamos, ajustamos nuestras actitudes y deseos de forma de integrarnos a la dinámica que se nos presenta. Pero para ello hace falta decrecer, disminuir la complejidad de los sistemas, y una forma de lograrlo es dividir en lugar de agregar, ya que cuando las unidades son menores hay mayor posibilidad de acuerdos autogestionados que cuando la magnitud o multitud de los integrantes de un sistema lo impiden.

Chuang Tzu, apuntaba algo similar: “…todo era armonía hasta que se inventaron las cinco notas (escala pentatónica).”

Lo anterior nos arroja a la idea de empequeñecer nuestro mundo en lugar de agrandarlo, de simplificar en lugar de complicar. También Guillermo de Ockham lo postulaba en su “navaja”, que implicaba que de muchas respuestas o soluciones posibles a un determinado problema, normalmente la más simple y sencilla suele resultar la más efectiva.

Cuando actuamos desde nuestra singularidad, desde la expresión más simple del ser, es cierto que tendremos más trabajo, el que conlleva pensar, dialogar, decidir, asumir responsabilidades, en lugar de tan solo rendir pleitesía al Estado, al líder del grupo o al ego. Cuando agregamos entes impositivos externos, anulamos nuestra capacidad de recordar quiénes somos (anamnesis) y cuánto podemos hacer por nosotros mismos. Por ello el ego no es un elemento que impone desde fuera, sino una función más del organismo total, por lo que el acto de decidir es un acto ya no egoico, sino del ser total.

Pablo Veloso.

Adios relato, bienvenida duda...

237 ILUS PABLO webRelatar. Lo mismo de siempre. Reunirse con alguien para contarle lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que haremos en un futuro. O bien lo que han hecho otros, lo que están haciendo y lo que harán, intentando extendernos lo más posible de forma que nuestro interlocutor se vea imposibilitado de intercalar bocadillo, y así no le quite el protagonismo deseado a nuestra historia.
Somos relatores, consumimos relatos, novelas, biografías, hechos históricos variados, noticias, películas. Necesitamos contar o que se nos cuente, pero también, cuando no hay nadie cerca…nos contamos historias a nosotros mismos: lo que haremos en un rato, lo que nos dijo fulana, lo que deberíamos de haber hecho aquel día…
Pero, ¿por qué lo hacemos?, ¿cuál es la ganancia en mantener este eterno relato de todo y de todos?
Bueno, relatar nos permite recordarnos (recordar es re-encordar, poner cuerdas, atar, pero también proviene de “cordial”, palabra emparentada con “corazón”, por lo que recordar es “volver a poner corazón”, a “dar vida”), sentir una y otra vez las mismas cosas hasta que se vuelvan una realidad. El relato construye nuestra realidad.
Solía decir don Juan, el brujo yaqui de Carlos Castaneda, que si dejásemos de relatar y relatar-nos nuestro mundo sencillamente se vendría abajo.
Relatar es definir: esto es esto y aquello es aquello, razón por la cual, si dejamos de relatar, el mundo va perdiendo fuerza. Los hindúes llaman maya o ilusión al mundo que construimos con nombres y formas, el mismo que afirma que yo “no puedo”, o “no valgo”, o “soy el mejor”.
Ante la perspectiva de pasarnos la vida entera relatando y oyendo relatos, puede que surja en nosotros una suerte de rebelión sana que nos insta a cambiar tan desgraciado destino. Pero, ¿cuál podría ser el antídoto?
Bien, se trata del arte de preguntar y preguntar-se. Cuando Alicia (del cuento de Lewis Carroll) se encontró con la oruga, ésta no aceptó un mero relato, sino que de cuajo le preguntó: “quién eres”, y cuando ella le respondió con un relato: -soy Alicia-, ella le volvió a preguntar: -y ¿cómo lo sabes?-.
Cada vez que preguntamos ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿hasta cuándo?, etc, rompemos la continuidad del relato, de maya, de la ilusión que la historia crea.
Lo importante no es la mera pregunta, ya que con ella podríamos incentivar simplemente un nuevo giro en el relato, con lo que acabaríamos “avivando el fuego”, sino que la clave reside en hacer preguntas y no satisfacerse con las respuestas (la respuesta es el relato, lo fijo), tal como hacía el Principito (de Antoine de Saint Exupery), quién constantemente acuciaba a sus interlocutores con múltiples y variadas preguntas.
Cuando hacemos una pregunta y la dejamos “flotando” sin responder se crea un incómodo vacío, fecundo, fructífero, pero incierto y aterrador. Por ejemplo, si pregunto: -¿quién soy yo?-, o -¿por qué nací?-, y no me refugio en respuestas prefabricadas, tendré que vérmelas con una especie de “nada” que reside en el ámbito de lo que los antiguos llamaban el nous o el pneuma, o lisa y llanamente “espíritu”.
Preguntar descoloca, te obliga a cambiar, a mudar de piel, a replantear, comprender, explicar, y en el acto de hacerlo, comenzamos a ver las inconsistencias de nuestro antiguo relato por una razón crucial: hemos tomado la distancia suficiente.
Quien vive de relatos se ve imposibilitado de cambiar, tal como le sucede a un bloque de hielo. El relato rigidiza. Pero si derretimos ese hielo mediante la pregunta insidiosa, descarriladora, podremos luego congelarlo en formas más útiles y valiosas para nosotros.
Esto ya lo sabía Sócrates cuando caminando por el Ágora de Atenas no dejaba en paz a nadie con sus insidiosas preguntas. Si leemos sus diálogos, recogidos por Platón, veremos con sorpresa como muchos temas debatidos quedan sin resolver, sin llegar a un nuevo “relato” que sustituya al antiguo. Sócrates buscaba “descarrilar”.
En el budismo zen existe una curiosa técnica con el mismo propósito, conocida como koan que consiste en tomar una pregunta que carece de respuesta lógica y dejarla “flotar” en nuestra mente con el fin de desestructurarla. Por ejemplo: “¿qué sonido produce una sola mano al aplaudir?”, o “¿qué rostro tenía yo antes de nacer?”.
Jesús apeló a esto mismo cuando el Sumo Sacerdote le preguntó: “¿no tienes nada que alegar contra los que testifican contra ti? Pero Jesús permaneció en silencio” (Mt 62-63). Así evitó el “relato” que afirmaría o negaría una historia. En cambio, con su silencio creó una brecha, un hueco en la descripción del mundo que el Sumo Sacerdote tenía.
“-¿Quién eres tú? -dijo la Oruga.
No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada:
-Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.
-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó la Oruga con severidad-. ¡A ver si te aclaras contigo misma!
-Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora -dijo Alicia-, porque yo no soy yo misma, ya lo ve.
-No veo nada -protestó la Oruga.
-Temo que no podré explicarlo con más claridad -insistió Alicia con voz amable-, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante.
-No resulta nada -replicó la Oruga… ¿Quién eres tú?
Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad:
-Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es.
-¿Por qué? -inquirió la Oruga.
Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.”
Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll).
Cambia el relatar por el preguntar, o simplemente callar, y verás cómo cambia tu vida y la de los que te rodean.
Ya me cuentas…

Pablo Veloso.

El propósito de la vida

234 ILUS PABLO w

Una de las preguntas más insidiosas y molestas que un ser humano puede hacerse consiste en inquirir acerca del motivo de su existencia como ente, como ser individual, el famoso: “¿por qué existo?” 

Vemos que existe la vida en infinitas formas, algunas muy elementales y simples, y otras más elaboradas y complejas. Cuando dicha complejidad crece hasta un grado suficiente, surge lo que el filósofo alemán Leibnitz denominaba apercepción, palabra con la cual buscaba crear una distinción respecto al mero percibir. Con la primera se refería a esa cualidad que poseen los mamíferos superiores, y que consiste en no sólo poseer la capacidad de pensar o sentir (percepción), sino en poseer además la capacidad de ser consciente de que se está teniendo un determinado pensamiento o emoción. Mientras que con la segunda se refería al simple ser consciente, es decir, poder pensar o sentir, cosa que cualquier animal o vegetal fácilmente puede hacer.

Cuando somos capaces de, no sólo pensar, sino saber qué estamos pensando, surge en nosotros la distintiva capacidad de poseer un centro referencial (ego) mediante el cual podemos hacer alusión a nosotros mismos en relación al entorno y a los demás, o en otras palabras, comenzamos a ser “alguien” en este universo.

A partir del surgimiento de dicho centro egoico se pone en marcha nuestra capacidad reflexiva, la cual nos permite generar juicios, evaluaciones y decisiones útiles.

Imaginemos a un hombre solitario, aislado en la montaña. Vive allí desde hace varios años ya, nadie lo visita, tanto es así que ya no sabe si es bueno o malo, si es inteligente o no, si es bello o feo. Vive en un estado de indefinición, o como diría Jung, de “antinomia semiconsciente”. Esto es, sabe difusamente que tiene tendencias y comportamientos, pero no es capaz de definirlos adecuadamente. No se conoce y eso lo incomoda. Sabe que necesita algo pero no sabe qué es. Si él fuera un árbol o un perro, no tendría demasiado problema, ya que se contrastaría con el sol o la brisa, pero su dinámica humana exige una clarificación más puntual y detallada, por lo que, sin apenas notarlo, anda nervioso y en la búsqueda de algo que le permita generar tal definición.

Un día, su hijo se va a vivir con él. A partir de ese momento tiene un par de ojos que lo contemplan. 

Esos ojos lo escudriñan con detalle, pero a veces el niño se entretiene con sus juegos y deja de prestar atención a su padre, por lo que él lo busca y le habla duramente y lo provoca (con la excusa más nimia), de forma que el niño reaccione ante sus palabras con alguna opinión o queja. Así también, cuando el niño comienza a admirar a su padre y todo acerca de él comienza a parecerle fabuloso, el padre nuevamente se verá obligado a inventarse alguna excusa para castigarlo y así obligarlo a que “despierte” de su fascinación cegadora y regrese a su función de evaluación objetiva de su progenitor.

Podríamos decir que el telos o propósito del niño es calificar a su padre e informarle acerca de cómo lo ve. Así también ocurre con todas nuestras relaciones, sean éstas con otros seres humanos, con nuestras mascotas, con nuestra dimensión inconsciente, o lo que es lo mismo, con Dios. Toda relación conlleva la necesidad de facilitar la demarcación de nuestras fronteras.

Esta dimensión de la vida que consideramos inexpresable, inabarcable, que a veces llamamos “Dios” o bien “lo inconsciente”, es como el padre de nuestra alegoría, que necesita ser definida o demarcada, y para lo cual se debe crear un punto de referencia o ego que continuamente dé cuenta de lo que ve de forma “dialogal”. Y si dicho ego se olvidase de su función y comenzase a creerse la autosuficiente, aquella otra parte deberá actuar “despertándolo”, a veces mediante una irrupción un tanto violenta (por ejemplo una depresión, angustia, miedo o ansiedad) de manera que en su malestar, cuestione lo que le ocurre. Y, al no bastarle las respuestas que él mismo pueda darse, necesite preguntarle a sus estratos más profundos (inconsciente, Dios), lo que obligará a dicha profundidad a pronunciarse, a expresarse o explicarse, lo que la llevará a su vez a ordenarse y a “blanquearse”.

Así, la razón por la cual el padre necesita de la opinión de su hijo es que el no saber cómo equivale a lo que llamaríamos “el mal”, o simplemente, “el caos”. 

Lo contrario al caos es el orden, o dicho de otra manera “el bien”. Por lo que el padre necesita definición, orden, o lo que es lo mismo: ser bueno. Esta es la razón por la que inculcará a su hijo que debe luchar contra el mal, desorden o caos en él, dado que si no lo hace, el propio hijo tampoco sería alguien, y no podría cumplir su función.

Cada vez que padre e hijo se asemejan, se deja de cumplir el propósito de la vida, con lo que todo el sistema comienza a “recalentarse”. Lo anterior ocurre cada vez que el hijo se identifica con el padre: “juego a la pelota como mi papá”, o bien el padre sobreprotege al hijo (lo fagocita), con lo cual lo anula como entidad separada capaz de evaluarlo. Pero también ocurre cuando padre e hijo discuten y se distancian (ya no lo evaluará por haberse alejado). Por ello, es necesario que exista una identidad clara y separada en cada uno (el bien), pero a su vez, un fructífero diálogo.

El problema es que si bien el padre sabe que tiene aspectos “pesadillos”, caóticos (el mal), a la vez busca clarificar quién es. Pero si lo clarifica por completo acabará dándose cuenta de que es tan terriblemente devastador y cruel como la propia Naturaleza. Por lo que buscará que su hijo resalte la versión “bonita” de él (el Dios de Amor propuesto por Jesús), con la consiguiente dificultad de que acabará “colgándole” su “lado oscuro” a algún otro. Pero como la vida busca tanto la definición como el descanso del “no ser”, llegará el día en que esa “oscuridad” no deseada le será devuelta por el destino de formas poco agradables (la batalla del Armagedón del apocalipsis), tan solo con la intención de que la reconozca. El resultado será una dolorosa integración y un reposo que no durará mucho, ya que la vida otra vez querrá definirse, y la rueda volverá a girar….solo que en una octava superior esta vez.

Pablo Veloso

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

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