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PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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El propósito de la vida

234 ILUS PABLO w

Una de las preguntas más insidiosas y molestas que un ser humano puede hacerse consiste en inquirir acerca del motivo de su existencia como ente, como ser individual, el famoso: “¿por qué existo?” 

Vemos que existe la vida en infinitas formas, algunas muy elementales y simples, y otras más elaboradas y complejas. Cuando dicha complejidad crece hasta un grado suficiente, surge lo que el filósofo alemán Leibnitz denominaba apercepción, palabra con la cual buscaba crear una distinción respecto al mero percibir. Con la primera se refería a esa cualidad que poseen los mamíferos superiores, y que consiste en no sólo poseer la capacidad de pensar o sentir (percepción), sino en poseer además la capacidad de ser consciente de que se está teniendo un determinado pensamiento o emoción. Mientras que con la segunda se refería al simple ser consciente, es decir, poder pensar o sentir, cosa que cualquier animal o vegetal fácilmente puede hacer.

Cuando somos capaces de, no sólo pensar, sino saber qué estamos pensando, surge en nosotros la distintiva capacidad de poseer un centro referencial (ego) mediante el cual podemos hacer alusión a nosotros mismos en relación al entorno y a los demás, o en otras palabras, comenzamos a ser “alguien” en este universo.

A partir del surgimiento de dicho centro egoico se pone en marcha nuestra capacidad reflexiva, la cual nos permite generar juicios, evaluaciones y decisiones útiles.

Imaginemos a un hombre solitario, aislado en la montaña. Vive allí desde hace varios años ya, nadie lo visita, tanto es así que ya no sabe si es bueno o malo, si es inteligente o no, si es bello o feo. Vive en un estado de indefinición, o como diría Jung, de “antinomia semiconsciente”. Esto es, sabe difusamente que tiene tendencias y comportamientos, pero no es capaz de definirlos adecuadamente. No se conoce y eso lo incomoda. Sabe que necesita algo pero no sabe qué es. Si él fuera un árbol o un perro, no tendría demasiado problema, ya que se contrastaría con el sol o la brisa, pero su dinámica humana exige una clarificación más puntual y detallada, por lo que, sin apenas notarlo, anda nervioso y en la búsqueda de algo que le permita generar tal definición.

Un día, su hijo se va a vivir con él. A partir de ese momento tiene un par de ojos que lo contemplan. 

Esos ojos lo escudriñan con detalle, pero a veces el niño se entretiene con sus juegos y deja de prestar atención a su padre, por lo que él lo busca y le habla duramente y lo provoca (con la excusa más nimia), de forma que el niño reaccione ante sus palabras con alguna opinión o queja. Así también, cuando el niño comienza a admirar a su padre y todo acerca de él comienza a parecerle fabuloso, el padre nuevamente se verá obligado a inventarse alguna excusa para castigarlo y así obligarlo a que “despierte” de su fascinación cegadora y regrese a su función de evaluación objetiva de su progenitor.

Podríamos decir que el telos o propósito del niño es calificar a su padre e informarle acerca de cómo lo ve. Así también ocurre con todas nuestras relaciones, sean éstas con otros seres humanos, con nuestras mascotas, con nuestra dimensión inconsciente, o lo que es lo mismo, con Dios. Toda relación conlleva la necesidad de facilitar la demarcación de nuestras fronteras.

Esta dimensión de la vida que consideramos inexpresable, inabarcable, que a veces llamamos “Dios” o bien “lo inconsciente”, es como el padre de nuestra alegoría, que necesita ser definida o demarcada, y para lo cual se debe crear un punto de referencia o ego que continuamente dé cuenta de lo que ve de forma “dialogal”. Y si dicho ego se olvidase de su función y comenzase a creerse la autosuficiente, aquella otra parte deberá actuar “despertándolo”, a veces mediante una irrupción un tanto violenta (por ejemplo una depresión, angustia, miedo o ansiedad) de manera que en su malestar, cuestione lo que le ocurre. Y, al no bastarle las respuestas que él mismo pueda darse, necesite preguntarle a sus estratos más profundos (inconsciente, Dios), lo que obligará a dicha profundidad a pronunciarse, a expresarse o explicarse, lo que la llevará a su vez a ordenarse y a “blanquearse”.

Así, la razón por la cual el padre necesita de la opinión de su hijo es que el no saber cómo equivale a lo que llamaríamos “el mal”, o simplemente, “el caos”. 

Lo contrario al caos es el orden, o dicho de otra manera “el bien”. Por lo que el padre necesita definición, orden, o lo que es lo mismo: ser bueno. Esta es la razón por la que inculcará a su hijo que debe luchar contra el mal, desorden o caos en él, dado que si no lo hace, el propio hijo tampoco sería alguien, y no podría cumplir su función.

Cada vez que padre e hijo se asemejan, se deja de cumplir el propósito de la vida, con lo que todo el sistema comienza a “recalentarse”. Lo anterior ocurre cada vez que el hijo se identifica con el padre: “juego a la pelota como mi papá”, o bien el padre sobreprotege al hijo (lo fagocita), con lo cual lo anula como entidad separada capaz de evaluarlo. Pero también ocurre cuando padre e hijo discuten y se distancian (ya no lo evaluará por haberse alejado). Por ello, es necesario que exista una identidad clara y separada en cada uno (el bien), pero a su vez, un fructífero diálogo.

El problema es que si bien el padre sabe que tiene aspectos “pesadillos”, caóticos (el mal), a la vez busca clarificar quién es. Pero si lo clarifica por completo acabará dándose cuenta de que es tan terriblemente devastador y cruel como la propia Naturaleza. Por lo que buscará que su hijo resalte la versión “bonita” de él (el Dios de Amor propuesto por Jesús), con la consiguiente dificultad de que acabará “colgándole” su “lado oscuro” a algún otro. Pero como la vida busca tanto la definición como el descanso del “no ser”, llegará el día en que esa “oscuridad” no deseada le será devuelta por el destino de formas poco agradables (la batalla del Armagedón del apocalipsis), tan solo con la intención de que la reconozca. El resultado será una dolorosa integración y un reposo que no durará mucho, ya que la vida otra vez querrá definirse, y la rueda volverá a girar….solo que en una octava superior esta vez.

Pablo Veloso

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

Los oráculos y el pensamiento abstracto

233 ANUN PABLOw

Imaginemos que existe dentro de nosotros la habilidad para interpretar lo que acontece en el mundo, y que no se relaciona con comparar elementos, sino que es algo cercano a lo que llamamos intuición, que es una cualidad elusiva, que sólo aflora en circunstancias precisas, puntuales, escasas, pero que sabemos que nos aporta las “piezas” que nos faltan para completar el complicado puzle del decidir en nuestra vida diaria.

Supongamos que está en la disyuntiva de si casarse o no, y no le resulta tarea fácil inclinarse por una u otra opción. Normalmente lo que hacemos es sopesar, contrastar, evaluar y revisar los “pros” y los “contras”, analizar en detalle cada aspecto implicado en la cuestión, y tras agotadoras horas (o semanas), descubrimos que estamos más o menos donde habíamos comenzado. Entonces quizá apelemos a la estadística, y miremos qué es lo que elige la persona promedio en una situación parecida, llegando a la conclusión de que, por más que lo más frecuente sea elegir “x” o “y”, a nosotros sigue sin convencernos. Sentimos que hay un “algo más” que nos está quedando fuera de la ecuación, pero, ¿qué es ese algo y cómo traerlo a la palestra para que nos ayude a decidir?

Los antiguos lo tenían más claro, sabían que las situaciones turbias y vagas, los enigmas, permitían que aflorase ese “algo” que “sabe” que alguien nos está engañando en medio de una conversación, por más que nuestro scanner analítico-racional nos diga que no hay motivo para preocuparse, que ninguno de los signos peligrosos está presente. Hablamos de ese conocimiento que sabe cosas de un golpe, y no por la minuciosa acumulación de datos sobre algo.

El mundo de los oráculos, ya se trate de cartas, como el tarot o las sibilas, o bien de dados, posos de café o entrañas de animales, astrología o bolas de cristal, funciona siguiendo un patrón sumamente reconocible que detallaré a continuación.

Lo primero es la cuestión, el tema a tratar, por ejemplo: -“¿debería casarme con María?”. Vemos que es un tema literal, concreto, con nombres y apellidos, con direcciones y caras, cosa que ya, el consultante de turno ha desgranado y revisado una y mil veces bajo el aspecto analítico-crítico-deductivo-inductivo sin el menor asomo de conclusión clara.

En segundo lugar está el soporte, el elemento que será utilizado como “trampolín” para comenzar el distanciamiento del mundo analítico-racional, esto es, las cartas, dados, bolas, o lo que sea. Elegiremos las cartas para nuestra explicación.

En tercer lugar comienza, normalmente por parte del intérprete, un trabajo con los símbolos que van surgiendo sobre la mesa, los cuales son concretos, como por ejemplo una casa, un ancla, peces, un barco, un oso (hablo en éste caso del oráculo Lenormand). Este trabajo consiste en comenzar a generar una variedad amplia de abstracciones a partir de los elementos concretos dados. Por ejemplo: un barco puede entenderse como viaje, traslado, flotar, deslizarse, moverse, estadio intermedio (entre dos estabilidades), buscar estabilidad (sólido) entre las emociones (agua), de forma tal que ahora la figura concreta de un barco ya no importa. Hemos dado un salto hacia lo conceptual, ahora estamos más cerca del mundo abstracto de las ideas (de los arquetipos junguianos o del mundo de las formas de Platón).

La ventaja de entrar en un mundo abstracto es que podemos hacer valiosas analogías y símiles, del estilo de: “así como un barco viaja por el mar hacia su destino, así también alguien puede hacer un desplazamiento interior y arribar a nuevos descubrimientos”, o podemos apelar a metáforas, como por ejemplo: “un barco navegando es una nube surcando el cielo”. O mejor todavía, podemos usar una hipocatástasis, que es una figura del lenguaje que presenta las metáforas de forma categórica: -“una nube que surca el cielo raudamente evitando a las aves en vuelo”.

Pero podríamos crear entonces una alegoría, sea con metáforas o con hipocatástasis, del estilo de: -“la nube fluye por el ancho cielo, evitando a las aves en vuelo, se mantiene compacta, se deja llevar por el viento, y echa de menos a las altas torres que va conociendo en su camino”.

Pero, ¿qué tiene todo ello que ver con la pregunta original de si casarse o no? Pues mucho. Lo que hicimos hasta ahora es “levantar vuelo” desde el mundo literal, concreto y analítico, al conceptual, abstracto y alegórico, de forma tal que ahora, con nuestra pequeña historia de la nube, muchos elementos comenzaron a surgir. Si revisamos nuestra pequeña alegoría veremos palabras como: fluir, evitar, echar de menos, conocer.

¿Qué hacemos ahora? Pues personalizar la alegoría. Por ejemplo podríamos decirle a nuestro consultante, aprovechando las palabras que hemos obtenido: -“Es necesario que te relajes y que fluyas hacia tu meta, la boda (el destino del barco) y que no pienses tanto, que te mantengas compacto (como la nube ante el viento). Trata a la vez de evitar a quienes te critican o te dan malos consejos (las aves), y no te preocupes por lo que dejas atrás (las torres), que continuamente seguirás conociendo nueva gente (nuevas torres)”.

Fijémonos cómo partiendo de un bloqueo racional, una decisión imposible, llegamos a nuevos elementos que nos aportan otras perspectivas, que pueden ayudarnos a tomar decisiones desde ángulos que no habíamos visto antes por tener los pies demasiado “en la tierra”.

Pero emulando a los antiguos oráculos, como al de la Pitia de Delfos, podríamos dar un paso más, que convertiría a nuestro discurso en una potente herramienta capaz de abrir las puertas de lo inconsciente una y otra vez: podemos crear un enigma.

Un enigma es como encriptar algo, solo que mantendremos algunos elementos reconocibles, de forma tal que el consultante pueda saber por dónde camina, aunque no del todo.

Recordemos nuestra alegoría: “la nube fluye por el ancho cielo, evitando a las aves en vuelo, se mantiene compacta, se deja llevar por el viento, y echa de menos a las altas torres que va conociendo en su camino”). Un ejemplo de encriptación seria: “Ser blando es la clave (por la nube), ellos vendrán, no te aflijas (por los pájaros). Resiste, las anclas del pasado ya no te pertenecen (por las torres), las primicias están allí, busca”.

Así podemos ver como al acto adivinatorio es una forma de encontrar respuestas posibles frente a un problema determinado, apelando a una capacidad dormida, susceptible de ser despertada por el pensamiento simbólico-abstracto. Podemos ver así como la adivinación no es más que la intención de conocer el parecer de los dioses (lo inconsciente).

Pablo Veloso

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

Buddhi, la mente iluminada

232 ILUS PABLO2w

Partamos de buddhi o el intelecto. Normalmente entendemos “intelecto” como “mente” (sí, así de planos somos), como pensar, o como mucho como ser “inteligentes”. La palabra “inteligencia” proviene de inte-leggere y significa “leer entre líneas”. Entonces, alguien que utilizase su intelecto (buddhi), estaría viendo cosas que otros no ven. Por ejemplo, alguien dice: -sí, a las cuatro estaré allí, tú espérame dónde acordamos-. Una persona que esté funcionando a través de su mente habitual (manas) tomará esa afirmación por lo que su contenido lógico expresa, por lo que seguramente irá a las cuatro al punto de encuentro. Por el contrario, una persona que estuviera funcionando también a través de su intelecto (buddhi) sospecharía de los gestos corporales que el emisor de la afirmación hizo visibles (gestos faciales, postura corporal, inflexiones en la voz, antecedentes del individuo, rapidez en el habla, mirada, etc…), y quizá llegaría a una conclusión diametralmente opuesta. Y por ello no acudiría a la citada reunión, sabiendo que su interlocutor probablemente dijo eso tan solo para salir del aprieto en que se encontraba, pero que no tenía la más mínima intención de cumplir lo que sus palabras afirmaban.

Los griegos llamaban a la mente habitual, psique o alma (pronunciada “psijé”), y al intelecto nous o “espíritu” (pronunciado “nus”). Podemos imaginar a la mente cotidiana como aquello que está muy comprometido con los datos evidentes y al intelecto con aquello que escudriña buscando lo que no está expuesto pero igualmente está allí. Si funcionamos tan solo en el ámbito de la mente cotidiana nuestro mundo estará basado en lo dado. Así si “a” es “a” y “b” es “b”, así lo recordaremos siempre que alguien nos lo pregunte, pero si un día alguien osara preguntarnos: -¿y si mezclas “a” con “b” que sucede?-. No sabríamos responder, porque para ello habría que tener una capacidad de imaginar algo que no está allí, algo que quizá no sucedió todavía, y eso es campo del intelecto.

Aunque parezca mentira, un gran porcentaje de la humanidad jamás echa mano del buddhi o intelecto, y tan solo baraja datos (qué equipo ganó ayer, si lloverá mañana, qué bonita es fulana, no me gusta mengano o si subirá el precio del combustible), es decir, es incapaz de aplicar el poder de síntesis, porque para ello hace falta la “abstracción”, palabra cuyo sentido nos habla de “sacar de lo visible, de lo dado”. 

Cuando hablamos de la intuición en contraposición a la razón, nos referimos al intelecto. Si planteáramos todo el sistema enumerativo que el samkhya nos propone como una especie de árbol (como el de la kabbalah), tendríamos al purusa arriba del todo junto con prakritti a su lado, luego un poco más abajo mahat, y enseguida el antahkarana que estamos examinando, comenzando (desde arriba) por buddhi. Esto nos pone en evidencia que quien funciona frecuentemente desde buddhi se encuentra  más cerca de purusa por lo que, si imaginamos a purusa como un sol, el sol de la mónada vital, buddhi sería el principio (del antahkarana) que está más “calentito”. Tal como una bola de hierro que ponemos cerca de un fuego toma calor y también lo irradia, así también el intelecto es aquel en quien se pone en evidencia la irradiación del “Espíritu Supremo”, por lo que todo lo que exprese el intelecto tendrá ese “perfume” de profundidad y armonía. A diferencia de manas o la mente racional habitual, que por estar más alejada, se encuentra más “fría”, y todo lo que de ella provenga carecerá de la profundidad citada más arriba.

Todas las prácticas meditativas buscan disminuir el “ruido mental”, es decir, el funcionamiento de manas o la mente habitual, de forma que se ponga en evidencia el sutil funcionamiento de buddhi. A veces nos pasa en la vida cotidiana, casi por casualidad, que nuestra mente por un momento se calma, y surge allí mismo un pálpito, una intuición, que para nuestra sorpresa, nos da la clave para la solución de un problema que acarreábamos desde hace días sin dar con la solución.

La mente racional (manas), tan solo acumula datos y se basa, para funcionar en raga y dvesha (atracción y rechazo). Ya lo dijimos, la mente habitual ve objetos aislados y los cataloga. Era tarea del vaisesika o ciencia el catalogarlos “allí afuera”. Pero es la del samkhya el hacerlo “dentro”, por lo que el mismo árbol que la ciencia catalogó como perteneciente a tal y cual familia botánica, el samkhya o psicología, a través de manas o la mente se sentirá atraída o repelida hacia el mismo árbol. 

Vivimos en un mundo de manas o mente habitual, que cataloga todo lo que ve bajo los simples parámetros de “me gusta” o “no me gusta”. Y en eso se encuentra la respuesta de por qué no hay armonía en nuestro mundo actual. No hay buddhi o intelecto. El intelecto, al contrario de la mente diría ante el mismo árbol: -ése árbol es como una imagen de mi vida, tengo mis “raíces” en la “tierra” de mi pasado familiar, pero la voluntad, mi “tronco”, me ayuda a erigirme alto para que las “ramas” de mis aspiraciones me permitan elevarme hasta dónde la “luz del sol” de Dios me puede nutrir. Y así es que llego a dar aquellos “frutos” que no ocurrirían de otra manera-. ¿Qué ha hecho el buddhi con la visión de un simple árbol? Pues no se ha centrado como hizo la mente en “me gusta” o “no me gusta”, sino que supo ir más allá, se “salió” de los límites literales que el árbol le imponía, y alcanzó sutilezas propias de los poetas, pudiendo de esa forma, utilizar como soporte o sustrato, un simple árbol, para proyectarse al infinito…

Por ello decía Heidegger que la poesía era la forma más adecuada para hablar de lo sublime. Sin embargo, nuestro mundo actual carece por completo de poesía, de música, de pintura, aunque aparente tenerla y en grandes cantidades gracias a las redes sociales, porque lo que cuenta no es la cosa en sí, sino desde qué posicionamiento se la aborda. Esto es, yo puedo estar frente a la más maravillosa pintura, u oír la sinfonía más conmovedora que jamás se haya compuesto, y sin embargo abordarlas desde mi inercia consumista, positivista, por lo que la pregunta que me estaré haciendo en el momento en que esté frente a ellas es: -¿y esto de qué me sirve?- De lo más triste.

Pablo Veloso

(fragmento del libro de Pablo: Veloso Sadhana, el Camino Interior)

Ahora, dado que nuestra cultura es pro-hombre, y tiende a deificar todo lo masculino (la fuerza, el poder, la razón, la agudeza), la mujer ha acabado pensando que su naturaleza es débil y errónea, que debe cultivar cualidades que la pongan a la altura de las circunstancias en un mundo que exige, valora y premia sólo  valores masculinos. Así la mujer se ha convertido en heroína, empresaria, fría funcionaria, política, etc. Lo anterior le ha parecido un progreso, tanto como me parecería a mí un progreso el cortarme un brazo en una cultura en que se propusiera como ideal el ser manco.

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

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