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La paradoja del esfuerzo infructuoso (o ¿por qué no consigo lo que quiero?)

 

189 PABLO

Muchas veces oímos la frase: “Esfuérzate más, ponle el pecho a la vida!...”, y, claro, nos decidimos con todo nuestro empeño a redoblar la apuesta que, hasta hace poco, dábamos por perdida. Esto nos vale por un tiempo, dependiendo de la intensidad del incentivo con que se nos haya entusiasmado, pero, pasado ese tiempo, la cosa parece volver a repetirse, como una especie de pesadilla recurrente de la cual es difícil escapar.
Algunos prefieren distanciarse un tiempo de la consecución de tan inalcanzable meta, pretendiendo que no les importaba realmente, tal como cuenta Esopo, en una de sus fábulas, en la que, una zorra, por no poder alcanzar unas apetitosas uvas, afirmó que no valían la pena realmente, y, se retiró con aires de despecho.
Sin embargo, engañarnos a nosotros mismos, no sólo es una tarea infructífera, sino que resulta ser del todo frustrante, tanto como jugar una partida de ajedrez contra nosotros mismos.
Así que, allí estamos otra vez, intentándolo de nuevo, con nuestro propósito original en vista, sea éste la iluminación que la meditación promete, o la más humilde “paz de la mente”, o, por lo menos una cierta estabilidad que nos aporte algo de calma.
Pero, pese a todo, pareciera ser que, cuanto más empeño ponemos en conseguir lo que queremos, cuanto más intensa y redomadamente nos concentramos en nuestra meditación, o cuánto con más pasión nos comprometemos con nuestra dieta, menos parece resultar, o, por lo menos, nos deja esa rara sensación de que el azar, el maldito azar, debe tener mucho más que ver en el asunto, de lo que se nos antojaba aceptar…
Bueno, normalmente, el relato de la vida de una persona, consiste en intentos, más o menos infructuosos por alcanzar lo que pretendemos, seguidos de períodos de hastío, abandono del esfuerzo, a lo cual le sigue un regresar al ruedo otra vez… y así ad infinitum.
Pero, entonces, ¿Cuál es la manera de abordar el asunto, tan crucial para nosotros, de encontrar la mejor forma de conseguir lo que deseamos? ¿Es que estamos condenados a fallar? ¿Será que debemos desarrollar una voluntad todavía más fuerte? ¿Será que nos falta una especie de “toque divino”?, ¿y, si es así, cómo lo conseguiríamos?
Uf!, demasiado para una persona que, además de todo este empeño, tiene sus ocupaciones diarias!
Podemos plantear esta cuestión de otra manera, es decir, en lugar de intentar lograr lo que queremos, podemos primero, preguntarnos quiénes somos nosotros.

-¿Qué quién soy yo?, pero si eso está muy claro…ehhh, yo soy ….yo!
Muy bien, yo soy yo, pero eso es pensar en círculos, tanto como decir que el opio adormece porque posee una capacidad dormitiva… en otras palabras, sigue sin aclararnos quién es ése que intenta el esfuerzo de alcanzar una meta acariciada, sea ésta cual sea.
Vamos entonces a ello: ¿quién soy yo?, esa es la pregunta del millón. Si no podemos responderla, sería como pretender viajar en una moto, y, al ver que no nos movemos, seguir intentando acelerar, sin aclarar primero si posee ruedas… porque, quizá, allí mismo resida el meollo del asunto.
Veamos, los chinos, cuando representan un paisaje, en su clásico estilo antiguo (no la China de Mao, ni la capitalista actual), y si, además, desean mostrar a un ser humano caminando por una montaña o u valle, no lo representan como nosotros, es decir, notorio, en primer plano, destacado, como siendo el rey de la pintura, y con el paisaje alrededor, secundario, sino que, por el contrario, si tuviéramos una de estas mágicas pinturas ante nosotros, nos llevaría un largo rato, descubrir dónde está el personaje humano en dicha representación.
¿A que viene todo esto?. Bueno, para los chinos, el ser humano, resulta ser, no alguien en el paisaje, sino, alguien con el paisaje. ¿Y eso hace mucha diferencia?. Pues resulta que si, realmente lo cambia todo.
Desde el siglo XVII, con el nacimiento de la ciencia, y, luego, en el siglo XVIII con la revolución industrial, el ser humano occidental comenzó a oponerse a la naturaleza, a verla como un “algo” a subyugar, a dominar, a controlar y transformar, basándose en la premisa de que:”Vamos a ayudar a mejorar a la Naturaleza, que es demasiado torpe y lenta, a nuestro gusto”, y, de esa manera, decidimos comenzar a cambiarlo todo, a operar en todo, y sí, realmente mejoramos algunas cosas, aunque con el nimio daño colateral de que, posiblemente en algunas décadas, dejemos de existir por extinción.
Cada ser humano posee un mythos, una forma de entender la existencia, el cual es tan crucial en cuanto a repercusiones para con nuestra vida, que, puede ser la diferencia entre una vida de frustración constante y otra de tranquilidad y armonía con nosotros mismos y con nuestro entorno.
Por ello, quizá, no se trataba tanto de poner más ganas, de esforzarse más, de redoblar el empeño, como de cambiar la manera de ver.
Como le decía el brujo Juan Matus a Carlos Castaneda:
-Puedes decir que, en el caso de la muerte de un persona a quien amo, mi desatino controlado es cambiar los ojos.
Pensé en la gente que yo amo, y una oleada de pena, terriblemente opresiva, me envolvió.
Dichoso usted, don Juan dije. Usted puede cambiar los ojos, mientras que yo no puedo sino mirar.
Mis frases lo hicieron reír.
¡Qué dichoso ni qué la chingada! dijo. Es trabajo duro!
Cambiar los ojos, es aprender a ver la vida desde otro ángulo, a cambiar el Mythos que hemos heredado de nuestra cultura… y pasar a un Mythos homeostático, orgánico, en el que ya no somos el jinete que intenta doblegar al corcel, sino ahora el centauro, alguien que se sabe uno con su cuerpo, con su mente, con su corazón, y con su entorno… y eso hace toda la diferencia…
Por ello, en la siguiente ocasión en la que te enfrentes a un desafío, no lo consideres como algo personal, algo que tu tienes que solucionar, sino, más bien, como algo que va aconteciendo como un todo, algo que la vida entera está haciendo. Y si, lo que va resultando no es de tu preferencia, recuerda a la pintura china, y, sabe que la vida se equilibra siempre a sí misma, y que tu, ese tu, es la vida misma, tanto como tu miedo o tu inquietud lo son…

Tagged under: Ramiro Calle

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