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¿Cómo alcanzar la Iluminación? Parte II

 

193 PABLO

Probablemente, con el artículo anterior, hayamos quedado nadando en una especie de temible mar sin puertos, una sensación de: -¿entonces, lo único que me queda es resignarme e intentar llevar mi vida lo mejor posible, sufriendo y gozando alternativamente? Bueno, sí y no.
Existen dos abordajes al problema de la mente, de los pensamientos y emociones que nos hacen sufrir.
El primero es el clásico, el que dice: -debes concentrarte, focalizarte, mantenerte autoconsciente, dominar los pensamientos, controlarte, domar al caballo loco de la mente- y otras cosas por el estilo. Esto lo conocemos bien. Nos suele llevar a una serie de altibajos emocionales, en los cuales, alternativamente nos sentimos felices por haber logrado el buscado control de nuestro estado anímico, y, desengañados y confundidos por darnos cuenta de que, otra vez reincidimos en aquellas conductas y estados emocionales que creíamos haber desterrado de nosotros. Este es un proceso de alternancia malsana, repetitiva y desgastante, ya que implica nuevos esfuerzos por controlar de una vez por todas, lo que una y otra vez parece burlarse de nosotros…
El segundo es más ecológico, es decir, es el que afirma que la mente, las emociones, las circunstancias, no pueden realmente controlarse, por lo que, resulta más sabio fluir con ellas, tal como el navegante a vela, sabe que, oponerse al viento es inútil, que vale más aprovecharlo para avanzar. Así, comienza a perfilarse la idea de la no intervención, de que, si no intervengo, o, por lo menos lo hago en el menor grado posible, resultará en mayor armonía.
Pero, ¿cómo se hace esto? Bueno, justamente no se hace, ya sucede. -¿Cómo?-. Así como se oye, la vida ya se está viviendo a  sí misma, es decir, los pensamientos están fluyendo, las emociones emergen, a veces sentimos tristeza, a veces alegría…

Pero eso ya lo sabemos, y también sabemos que padecemos de la exasperante situación de sentir y pensar cosas que nos hacen sufrir cuando desearíamos sólo disfrutar. Cierto, pero, ¿no se ha detenido alguna vez a pensar que, quizá, la idea de que se puede sólo disfrutar, es una idea utópica?, y que el perseguir esa idea, es la causa de un dolor o sufrimiento adicional, uno que podría evitarse si tan sólo uno dejase de intentar controlar el curso de la vida?
Y aquí volvemos al eterno problema: si todo se trata de dejar de intervenir, de dejar de intentar controlar lo que pienso y/o lo que siento, ¿no es el mismo intento de dejar de controlar, un nuevo controlar?... pues sí.
Si me siento triste por algo, e intento no intervenir, intento dejarlo ser, acabo entrometiéndome en el proceso tanto como si tratase de cambiarlo, por lo que sigo metiendo la pata hasta el fondo.
¿Cuál entonces es la solución a este embrollo, si es que la hay?. ¿Puedo dejar de intervenir por completo? Probablemente no, el yo del ser humano es parte del proceso del pensar, y, así, cada vez que pensamos algo, o sentimos algo, allí está esa sensación llamada yo que opina, emite juicios, prefiere, toma partido, etc…
Imaginemos esta situación: hay dos personas, las llamaremos Juan y Pedro.
Juan es cultor del intentar soltar, no intervenir, así que, apenas siente algo, digamos alegría, intenta no alentarla ni rechazarla, con lo que descubre que sigue intentando manipularla, por lo que intenta dejar de hacerlo, con lo cual le agrega otro rizo al rizo, y entra así en un bucle sin fin, que se retroalimenta, tal como cuando un músico comienza a sentir eco, creado por su propia voz reentrando en el micrófono desde sus propios altavoces, y que, si no apaga rápidamente el micrófono, ese fenómeno de reentrada se potencia tanto que todo se vuelve una cacofonía insoportable.

Pedro, por el contrario, es alguien que está cansado de intentar hacer lo que Juan hace, así que, se ha rendido, se ha dado cuenta de que ese estado ideal, de no intervención, probablemente no exista, por lo que, cuando piensa un pensamiento o siente una emoción, tal como le sucedía a Juan, él también interviene, pero con una sutil diferencia…
Veamos. Pedro recibe una mala noticia, y, como consecuencia, comienza a preocuparse, a barajar alternativas, a evaluar, a preferir, a desear, a imaginar posibles escenarios, etc…, esto lo sume en nuevas emociones. Esto permanece así, generándole alegrías o tristezas según el caso, hasta que, tal como una nube de tormenta que descarga su lluvia y luego se apacigua, su estado emocional, vuelve a normalizarse.
¿Qué cuál es la diferencia entre ambos?, es simple, Pedro carece de algo que Juan posee, esto es, de la convicción de que se puede no intervenir en el proceso mental, por lo que Pedro, a diferencia de Juan, siente algo, interviene, ese algo permanece un tiempo (Pedro no espera otra cosa), y, luego todo vuelve a aquietarse. Mientras que en el caso de Juan, él está convencido de que puede cortar el proceso emocional instantáneamente si tan solo pudiese no intervenir, por lo que se afana por no hacerlo, y, ése mismo afán es el que sigue agregando combustible al incendio, y perpetuando el cuadro, por lo que, una emoción que para Pedro durara un par de horas, para Juan duraría varios días, además del agotamiento y frustración adicionales que el pobre Juan padecería.
Vemos así que, cuando se hablaba de que una ya estaba iluminado, no se refería a que uno ya mismo se encontrase en un estado de no sufrimiento, de no vaivén, de imperturbabilidad emocional, sino, más bien, de que, el estado natural, era el actual, el de la persona que siente/interviene, a diferencia del de la persona que siente/desea no intervenir/interviene/desea no intervenir/interviene… en un bucle sin fin.
Así podemos redefinir el concepto de iluminación, diciendo que es el darse cuenta de que el anhelo por el estado de imperturbabilidad es lo que causaba la perpetuación del sufrimiento, y de que, por consiguiente, el darse cuenta de ello, es la iluminación.

Como decía Lao Tsé:
El sabio, es el que se cansó de sufrir…

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