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Meditación... ¿Por qué no logro concentrarme?

194 PABLOMeditación es una palabra que desde hace un tiempo ya, se va haciendo cada vez más popular. Deriva del latín meditatio, reflexionar, cavilar, aunque, al hablar de técnicas orientales, la consideramos en un sentido menos reflexivo y más concentrativo-contemplativo.
Pero… ¿será esto realmente así? ¿Qué cosa es la meditación?
Existen muchas y variadas escuelas de meditación, cada cual impregnada de su propio trasfondo cultural, sea éste el hindú, el budista, el taoísta, o el cristiano. Sin embargo, podemos reducir todas las técnicas meditativas existentes a sólo dos abordajes, y estos son: el  concentrativo y el contemplativo.
Los modos concentrativos, son aquellos en los que se nos pide que nos concentremos en algún soporte, sea externo, como una estatua, pintura, vela, sonido, sensación táctil, sabor, fragancia, o bien, en uno interno, como pensamientos, sentimientos, sensaciones, visualizaciones o representaciones interiores, etc…
Tanto en el caso de la meditación concentrativa interna, como en la externa, estaremos haciendo lo mismo, esto es, intentando que el flujo de pensamientos y atención se centren en un solo punto, al que llamamos soporte de meditación. La premisa de este método es no distraerse, mantenerse en el objeto o soporte de meditación, con el fin de fundirnos en él, ya que se supone que, al suceder esto último, el yo desaparecerá y nos habremos fundido con el Universo todo. Se nos dice también, que, al fundirnos de esta forma, ese salto cuántico nos permitirá trascender, de una vez y para siempre, toda limitación material, convirtiéndonos en nuestro verdadero Ser (Atman, Dharmakaya, Conciencia Crística, Tao).
En el caso de la meditación contemplativa, el soporte de meditación se convierte en todo lo que se percibe, es decir, ya no nos focalizamos en algo, sino que abrimos el foco a todo lo que haya en ese momento, esto es, pensamientos, sensaciones, objetos externos, etc… Aquí se trata de no interferir, de no elegir, de no detenerse en nada, sino de verlo todo en conjunto.

La cuestión es que, por un lado, nuestra concentración-contemplación no parece ser demasiado estable, aunque, la práctica la mejore mucho, y, por otro, que no acabamos de comprender cómo, mediante un esfuerzo motivado por la ambición de mejorar, de no sufrir más, de alcanzar un remanso de paz, en otras palabras, de un estado que solemos llamar espurio, material, burdo, podríamos alguna vez dar el salto a un estado puro, prístino, in-egoísta, feliz, etc… ¡Sería como intentar elevarse del suelo tirando de los cordones de nuestros zapatos, o como pedirle al ego que se suicidase de buen grado!
El primer problema, normalmente recibe el consejo de aplicarse más, de esforzarse más y de reforzar el proceso, mejorando hábitos de la vida cotidiana que consuman la energía necesaria para el proceso meditativo. Cuando nos aplicamos a ello, descubrimos que, no sólo seguimos teniendo el problema de no poder concentrarnos o contemplar de forma estable, sino que, además, ahora, en el segundo problema, nos enfrentamos a la difícil cuestión de cómo cambiar hábitos de conducta largamente arraigados. En otras palabras, nos damos de bruces contra el mismo muro, el de descubrir que no tenemos control sobre algunos procesos vitales, ya sea el de la concentración-contemplación o el del cambio de hábitos.
Llegados a esto, ¿qué hacer?
Normalmente lo que ocurre es, o bien abandonamos todo y regresamos a nuestra vida de siempre, con sus altibajos, o bien, decidimos redoblar el esfuerzo (normalmente por consejo de algún gurú, libro, o amigo), para que, luego de un corto tiempo, volvamos a sentir la misma desagradable sensación de frustración.
-¡Por Dios!, ¿qué hacer?, ¡parece una serpiente que se muerde la cola!-.
Bueno, existe una tercera opción.
A veces, al llegar al máximo de frustración (medida que varía de persona a persona), nos damos cuenta de la imposibilidad de lograr tamaña tarea, y, eso mismo, de por sí, nos da una especie de despertar, un darnos cuenta de que no se podía controlar la mente, de que nunca pudimos.
Como dice el viejo dicho zen:
“Al comienzo, los árboles eran árboles, las montañas montañas y los ríos ríos. Luego llegó un momento en que los árboles dejaron de ser árboles, las montañas dejaron de ser montañas y los ríos dejaron de ser ríos. Ahora los árboles son de nuevo árboles, las montañas vuelven a ser montañas y los ríos vuelven a ser ríos”.
Es decir, sólo cuando intenté trascender-me, fue que la vida se me antojó que podía ser más de lo que era, pero, cuando dejé de intentarlo, volvió a ser lo que siempre había sido… vida.
Pero, ¿qué tienen estos métodos, prescritos por los gurús, como para que nos faciliten el despertar, aun involucrando frustración? Bueno, justamente funcionan porque actúan como una forma de poner en evidencia algo, y, ese algo es la falsa creencia en la trascendencia, en el dejar atrás al ego. Podemos denominar al modus operandi de estos métodos: reductio ad absurdum, o reducción al absurdo, el cual consiste en llevar al extremo una premisa incoherente, hasta que demuestre su falsedad por su propio peso.
Es como si le dijésemos a alguien que afirmase poder respirar bajo el agua: -ahí tienes una piscina, ¡házlo!-. Ante lo cual, la persona se sumergirá, y, luego de un minuto o dos, se habrá ya dado cuenta de que lo que pensaba poder hacer, no era posible.
Así podríamos decir con William Blake:
“El camino del exceso, conduce al palacio de la sabiduría”
Así, resultaba que los métodos meditativos, cualesquiera fueran, estaban destinados a fracasar, porque, mediante su fracaso, pretendían revelarnos la imposibilidad de la trascendencia.
Arribamos así a la conclusión, de que la meditación, no era un medio para lograr una mente imperturbable, impasible, inafectada, sino más bien, de darse cuenta de que eso, no sólo es imposible, sino indeseable. Así, la frustración que nos provocaba la práctica meditativa, no era más que el modo de darnos cuenta de que la libertad de la mente, no consistía en controlarla ni en superarla, sino en ver la belleza de su propio movimiento. La meditación era así, más una medicina que una dieta.
Por lo anterior, es que ya no intentamos alcanzar nada más, sino que, la mente, con todas sus variaciones, es vista ahora como la mente iluminada del Buddha, la Conciencia de Krishna, el Tao, etc…
¿Cuál es la diferencia entonces entre nuestro estado iluminado actual, y el de una persona común?, pues que ahora carecemos del ansia de salir del supuesto embrollo de la vida. Ahora, para nosotros, la vida no necesita resolverse.

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