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MONTSE SIMÓN

MONTSE SIMON

YOGA Y VEDANTA
Licenciada en Filosofía y practicante de artes marciales japonesas durante más de seis años. Esto inició su interés por la sabiduría oriental junto a la práctica y aprendizaje del yoga. Durante tres años estudió sánscrito en la Banaras Hindu University. La asistencia a retiros y estudios contemplativos la han llevado a adquirir grandes conocimientos de algunos de los textos principales de Advita Vedanta. Su experiencia le ha llevado a impartir clases de sanscrito, yoga o participar en seminarios de sabiduría hindú.

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Cualidades para reencontrar la plenitud

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El advaita vedanta nos describe una serie de cualidades que debemos desarrollar todos aquellos quienes aspiremos a la libertad última, a la plenitud en vida. Una plenitud que ya somos. pero vivimos olvidando.

En estos momentos excepcionales estas cualidades puestas en práctica resultan liberadoras, nos conducen a mirar con honestidad nuestro fondo último y el de la realidad, que resultan no ser distintos.

Veamos en qué consisten esas cualidades:

1. El discernimiento.

Esta cualidad consiste en algo que pareciera obvio pero que habitualmente olvidamos, a saber, la distinción entre lo que es pasajero y lo que es eterno.

No demos por supuesto que existe algo que es eterno. Solamente tomemos conciencia de todo aquello que es pasajero. Lo que queda por ahí cuando hemos descartado todo lo pasajero, eso es lo eterno. Examinemos la importancia que atribuimos a distintos asuntos y aspectos de la vida y démonos cuenta de su naturaleza pasajera. Dentro de lo pasajero, examinemos también y pongamos luz en lo que depende y lo que no depende de nosotros. Apliquemos el discernimiento también entre aquello que nos acerca a una paz y alegría profundas que no dependen de nada externo, y aquello que nos aleja de ellas. Resulta que nos acerca a ellas la actitud que trata de vivir con honestidad lo que es tal y como aparece en cada momento, la voluntad de mirar con profundidad y acoger lo que esa mirada nos aporta paso a paso. Y en cambio nos aleja de ellas la falsedad, lo impostado, la superficialidad que se mueve en el ámbito de las apariencias... Cuando observo y aplico el discernimiento desde la más honesta verdad de la que soy capaz en cada momento, me doy cuenta de que lo único que permanece en medio de todo lo pasajero es la lucidez interna que permite la observación. Y esa lucidez es paz, es dicha, porque descansa en sí misma. Es eterna porque se encuentra fuera de la lógica espacio-tiempo y no se ve condicionada por nada.

2. El desapego.

Esta segunda cualidad solo se comprende a la luz de la primera: cuando somos capaces de discernir lo pasajero de lo que no lo es, cuando distinguimos lo que depende de nosotros de lo que no y lo que nos conduce hacia la alegría y la Verdad y lo que nos aleja, espontáneamente abandonamos la mayoría de los deseos. O los vamos substituyendo por deseos que tienen más que ver con el anhelo de plenitud. Comenzamos a ver el mundo desde una perspectiva más global, a comprender que los mecanismos de la Vida son misteriosos y se manifiestan a través de un continuo aparecer y desaparecer y dejamos de atribuir una importancia tan crucial a determinados objetos, relaciones, circunstancias... Igual que un niño se desapega espontáneamente de sus juguetes a medida que va creciendo, del mismo modo, nos desapegamos de forma natural cuando asumimos lo pasajero de la vida y descansamos en lo eterno de la conciencia que mira. El modo de aplicar este desapego es a través de una mirada lúcida, con discernimiento, ya que el desapego es su consecuencia directa.

3. El grupo de las seis cualidades:

La serenidad. Debemos forjar un mínimo de calma mental. Puede ayudarnos el simple acto de respirar profundamente, alargando la exhalación. Cuando estamos nerviosos y respiramos profundamente tranquilizamos la mente y podemos ver las cosas con mayor ecuanimidad. La serenidad también se refiere aquí a la capacidad de concentrar la mente en un solo objeto.

El control de los sentidos. Cuando la mente está mínimamente calmada y hay un cierto grado de ecuanimidad, podemos entonces tomar las riendas sobre los sentidos. Los sentidos están hechos para conectarnos con el exterior y en la medida que se posan en un objeto y en otro, nuestra mente suele identificarse con esos objetos. Si ya hemos pacificado la mente previamente, recoger los sentidos resultará más sencillo ya que la propia calma nos pedirá ese recogimiento. Ambos van de la mano.

La quietud. Una vez la mente está calmada y los sentidos recogidos hacia dentro, sólo queda descansar en el propio recogimiento y en la conciencia que lo ilumina. Es el recogimiento surgido del abandono del movimiento, de las acciones y los sentidos.

La resistencia. Esta cualidad consiste en desarrollar en nosotros un cierto espíritu de aguante, de saber mantener el tipo ante las situaciones que se nos presentan en la vida. Suele citarse como ejemplo la resistencia a los pares de opuestos, como son el frío y el calor. Es un ejemplo que simboliza las dualidades hacia las cuales solemos sentir afecto o rechazo, según nos generen placer o dolor. La cualidad de la resistencia podría explicarse con el dicho popular de “no ahogarse con una gota de agua”. Se trata de forjar la ecuanimidad y eso se hace observando lo que sentimos, atravesándolo sin que nos arrastren el agrado o el desagrado.

La confianza. A veces se habla de esta cualidad como fe, pero no tiene que ver con una visión ciega, sino con la confianza en el fondo último de la vida que procede de un examen minucioso, y la confianza también en las enseñanzas que recibimos de un maestro, tome este la forma que tome. El maestro sólo existe en tanto que hay alguien dispuesto a aprender y cuando tenemos la apertura y la disposición de aprender, todo a nuestro alrededor se convierte en enseñanza. Ahora bien, es necesario confiar en esas enseñanzas, porque si la duda se instala de forma permanente se convierte en un obstáculo. La determinación a confiar en nuestro fondo juega aquí un papel crucial.

La contemplación. Consiste en fijar la mente en Aquello que no tiene nombre ni forma. Una vez desarrolladas las cualidades anteriores, surge la contemplación en lo más profundo y puro de nuestro ser, la observación de la luminosidad que somos, y que es la Realidad que sostiene todo lo cambiante y múltiple de la existencia.

4. El anhelo de liberación

Es necesaria una chispa de anhelo que nos mueva a forjar todo lo anterior. Sin el más mínimo deseo de autoconocimiento y de liberarnos definitivamente de las cadenas del sufrimiento, no desarrollaríamos ninguna de las cualidades anteriores. Este deseo de liberación cuestiona hasta dónde estamos dispuestos a llegar, cuál es nuestro grado de compromiso con la Verdad y la plenitud. En el ámbito de la autorrealización no hay regateo posible. Tan honestos y dispuesto estamos a conocer, tanto se nos revela la Verdad. Ahora bien, no debemos confundir el anhelo de liberación y Verdad con la proyección de lo que, desde nuestra ignorancia, imaginamos que es la liberación, la Verdad, la plenitud... Se trata de un anhelo abierto, que se fomenta tomando conciencia del sufrimiento del mundo y anhelando trascender dicho sufrimiento.

En definitiva, el desarrollo de estas cualidades en nosotros nos dirige irremediablemente hacia el reencuentro con la plenitud que habita en nuestro fondo y la posibilidad de permitirle brillar totalmente.

¿Camino a la Felicidad?

236 MONTSEEs fácil que estemos de acuerdo en que no queremos sufrir, incluso es probable que estemos de acuerdo en que todas las personas queremos ser felices. Nos esforzamos por conseguir todo aquello el mayor bien, actuamos en pos de la felicidad, del bienestar y, en fin, tratando de evitar el sufrimiento. Incluso la persona que se autodestruye deliberadamente, suele hacerlo porque es la única salida que ve a su sufrimiento.

Ahora bien, ¿por qué si queremos ser felices a toda costa y llevamos a cabo las acciones que creemos que nos acercarán a la felicidad seguimos sufriendo?, ¿por qué creemos caminar hacia la felicidad y, en ocasiones, sentimos que nos alejamos de ella?

Una posible respuesta es que la “felicidad” entendida como un estado de alegría y bienestar constantes, dependiente de una serie de factores y objetos externos a uno mismo, y que niega toda forma de dolor, no existe. De modo que si esta es la felicidad que buscamos no podremos hallarla jamás, porque esa siempre va a necesitar de algo que no depende de nosotros y va a sentirse insatisfecha, en el anhelo de lo que nos falta y el rechazo de lo que hay.

Otra respuesta, que a mi modo de entender va de la mano de la primera, es que las acciones que llevamos a cabo en pos de la felicidad no responden, en muchos casos al fin que les atribuimos. Por ejemplo, voy de viaje, acudo a una fiesta, me apunto a yoga, compro un montón de libros, o salgo con una persona, trato de coger trabajos que me den caché social, etc. creyendo que todos eso me hará feliz, pero al cabo del tiempo me doy cuenta de que todo eso por sí mismo no tiene la capacidad de hacerme feliz.

Si creemos caminar hacia la felicidad y resulta que no llegamos a ella, en algo nos estamos equivocando. Ya hemos visto que la felicidad basada en algo externo es como una zanahoria que se aleja a cada paso que damos hacia ella, se trata de un ideal inalcanzable, que se fija en lo finito para reclamarle un gozo infinito y rechaza realidades que no dependen de nosotros.

Pero ¿y si entendemos la felicidad como un estado íntimo de paz, el reposo en el hecho de ser, el regocijo de ser testigo del vaivén de la vida, con sus placeres y sus desdichas?
Si comprendemos la felicidad como reposo del ser en el ser mismo y por el ser mismo (en la Gītā se describe al sabio como aquel que “permanece satisfecho en sí mismo por sí mismo”) indudablemente esto ha de cambiar nuestro rumbo.

El camino es hacia dentro, hacia el reconocimiento de nuestro ser más auténtico y la posibilidad de descansar en el hecho mismo de ser. Y hay acciones que facilitan esto mientras que otras acciones pueden dificultarlo. Aun así, en última instancia, no depende de las acciones en sí, tal como planteábamos en el ejemplo del viaje, la fiesta, etc., sino de la finalidad y la actitud con que las llevamos a cabo. Si llevo a cabo las acciones con las expectativas puestas en el resultado y en todo lo que me rodea, si camino pendiente de lo que los demás digan o piensen, pendiente de agradar, del éxito, de llegar, de demostrar... me estaré alejando de la felicidad que persigo. En cambio, si llevo a cabo las acciones observando la respiración, consciente del sentir de todo el cuerpo, escuchando la voz que habla desde lo más profundo de mí, emergida del Silencio, realizando la acción por la acción misma sin apegarme a los resultados y convirtiéndome en testigo de la tendencia de la mente a la expectativa y la posesión, me estaré acercando más a la felicidad, a la dicha de ser y saberme manifestación de Vida.

La tradición védica del hinduismo da una guía muy sugerente. Ellos proponían cuatro valores fundamentales que rigen la vida de los seres humanos:
1. La virtud. Hacer lo que podemos y debemos hacer para contribuir en la sociedad y mantener un orden que busque el beneficio y sostén de todos los seres.
2. La riqueza y todo lo que tenga que ver con producir cosas de valor o la aspiración de poder.
3. La satisfacción de los deseos y placeres sensuales.
4. La liberación, que implica el autoconocimiento por el que trascendemos el sufrimiento.

Todos estos valores son legítimos, siempre que respeten el primer valor, conocido como dharma. Generar riquezas o satisfacer los deseos que nos surgen es completamente válido siempre que no sea a costa de otros seres, lo cual implicaría pasar por alto el dharma.
Sin embargo, el valor de la liberación, tiene una profundidad que modifica el sentido de los demás. La posibilidad de vivir en paz, libre de la esclavitud hacia el “yo” y lo “mío”, libre del sufrimiento que nos produce ser víctimas de nuestros pensamientos y pasiones. Es un valor último que ilumina y da una nueva dimensión al resto. Generar riqueza está bien si se hace con respeto por los demás seres y el entorno, pero puede quedarse en lo superficial y devolvernos fácilmente al engaño de que la riqueza nos hará plenamente felices. En cambio, cuando el fin último es caminar hacia lo más verdadero en nosotros mismos y en los demás, trataremos de producir la riqueza enfocados hacia esa autenticidad que es dichosa, puliendo todo aquello que nos aleja de este fin.

A la luz de esta reflexión resulta pertinente preguntemos ¿qué valores están rigiendo mi vida?, ¿me acercan estos valores a la paz y la felicidad del corazón?, ¿me alejan?, ¿tengo claro lo que entiendo por felicidad?, ¿es la felicidad que me planteo un ideal?, ¿me siento en paz conmigo misma y con el mundo?, si no es así ¿qué hay que dependa de mí que pueda hacer al respecto?, ¿si ahora mismo estuviese en el lecho de muerte, ¿cómo querría haber vivido?, ¿qué cosas en mi vida me acercan a esa paz y goce de ser y qué cosas me alejan?

Responder a estas preguntas y otras similares, puede sernos de gran ayuda para discernir con claridad qué dirección estamos tomando en nuestra vida y si caminamos o no hacia la felicidad.

Sociedad, tecnología y modernidad

236 ILUS MONTSE w

En los últimos tiempos se habla mucho, porque los avances tecnológicos así lo requieren, sobre cómo las nuevas tecnologías y la robótica han de implantarse en nuestra sociedad de modo casi irremediable porque –dicen– es el futuro.

Ante este tipo de afirmaciones, no puedo dejar de preguntarme ¿qué es exactamente ese futuro que algunos parecen conocer? Y, me parece sospechoso que precisamente sean las grandes multinacionales las que promuevan este tipo de “profecías”, que con gusto compramos en honor a la satisfacción, la comodidad, la novedad, la inmediatez, la modernidad, etc.  sin hacer, como consumidores, grandes valoraciones a largo plazo. Si es bueno, bonito y barato, nos lo quedamos y si no es barato pero nos permitirá estar “a la última”, también.

Hablamos de que la sociedad y la tecnología avanzan a pasos agigantados, pero ¿qué significa avanzar?, ¿qué entendemos por evolucionar? ¿es la modernidad buena o mala en sí misma? ¿Qué papel activo tenemos como consumidores y como personas que constituimos la sociedad?

A veces tengo la sensación de que hablamos de la sociedad como si fuese un ente ajeno a nosotras, pero las personas somos quienes conformamos las sociedades. Cuando olvidamos esto, pasamos a hablar del futuro como si fuese una profecía inevitable. Y digo yo, que en el futuro trabajarán más máquinas que personas si nosotras aceptamos y actuamos para que esto sea así. Entiendo que podemos decidir tomar otros caminos, que construyan sociedades diferentes. El caso es ¿qué tipo de sociedad queremos construir y cómo contribuimos a ello?

La confusión entre libertad y hedonismo

Son muchas las ideas y creencias que damos por sentadas sin cuestionarlas. Defendemos la idea de libertad como posibilidad de elección y de satisfacción de los deseos del individuo, sin darnos cuenta de que esa libertad se limita sólo a las formas sin apelar a lo más esencial. Aparentemente, en el contexto en el que vivimos nos hace más libres, pero ¿es así internamente? ¿me vivo más libre gracias a las tecnologías?

Las máquinas, los robots, los teléfonos móviles, etc. no son en sí mismos ni buenos ni malos, son herramientas que hemos creado y serán beneficiosas o perjudiciales dependiendo del uso que hagamos de ellas ¿las usamos desde la libertad, o lo hacemos desde la adicción y la esclavitud?

Para saber si usamos las tecnologías libremente o no, y si nos hacen más libres o no, habrá que preguntarse primero en qué consiste la libertad. Si la libertad consiste sólo en la posibilidad de elegir, entonces sólo podemos ser libres en tanto que podemos elegir. ¿Dejamos de ser libres cuando no podemos elegir? Decía Viktor Frankl, que existe una libertad interior que no nos puede ser arrebatada y que tiene que ver con la elección sobre nuestra actitud. Tal vez no podemos elegir externamente, pero internamente mantenemos la libertad del “cómo y desde dónde decido actuar o no actuar”.

Otra reflexión necesaria cuando hablamos de la libertad de elección, consiste en preguntarnos qué nos impele a elegir lo que elegimos y no otra cosa. Si elijo ir a un lugar, ¿qué causa última me ha impelido a ir a ese lugar? ¿En qué sentido lo he elegido yo?

Tendemos a elegir en función de la satisfacción que nos produce algo. En este sentido, nos dejamos llevar por el hedonismo, entendido aquí como la búsqueda de la felicidad a través de la suma de los objetos y momentos placenteros. Como si la suma de placeres finitos pudiese conducirnos a un placer-felicidad infinito. ¿A caso lo satisfactorio nos conduce siempre a la serenidad y la paz profundas? A veces tenemos que elegir opciones que nos son “las que querríamos” pero que sabemos que sirven mejor al bien común, que no es distinto del propio. Tal vez no era lo deseable pero sí que era lo mejor y lo que nos dejaba “en paz”. 

Sin duda, la posibilidad de elección tiene un papel muy importante en cuanto a nuestra libertad social, ahora bien, requiere del conocimiento para que esa elección se convierta en responsabilidad y libertad. Con conocimiento, no me refiero aquí al conocimiento intelectual sino a la escucha profunda de uno mismo y del mundo que conlleva una comprensión sentida. Gracias a la comprensión sentida, al contacto profundo conmigo misma y con el otro, puedo actuar desde la libertad. Puedo darme cuenta de si las tecnologías me atan, de lo que suma al mundo o lo que sólo suma a unos pocos mientras resta a otros muchos y a la Tierra. ¿Para qué tanta tecnología y tanto “avance”?, ¿no deberíamos antes de seguir avanzando parar a mirar dónde estamos, quienes somos y qué es lo que nos acerca a lo más verdadero en nosotros y los demás y lo que os aleja?

Yoga, filosofía y modernidad

Podría parecer que el tema que estamos tratando no tiene nada que ver con el yoga, la filosofía y la espiritualidad. Pero una espiritualidad, una filosofía o un yoga, que no tengan en cuenta el mundo y el sentido de la libertad, no pueden ser considerados verdaderos.

La filosofía de la Antigua Grecia, así como buena parte de las filosofías orientales, entre las cuales el yoga, buscaron a menudo la libertad en la superación del sufrimiento y distintas corrientes filosóficas señalaron que el desconocimiento de uno mismo y el deseo son las causas fundamentales del sufrimiento.

Antes hemos hablado de la confusión de la libertad con el hedonismo. El yoga, igual que ocurriera en el budismo y otras filosofías, apela a  la ecuanimidad como cualidad que conduce a la serenidad y la libertad. Y para ello nos da una herramienta fundamental, la meditación, que podemos traducir como  atención plena, observación de lo que es tal como es, sin dar cancha a los juicios. La observación es una herramienta indispensable, porque abre la puerta  a las profundidades del corazón. Cuanto más dispuestas estamos a ver, más vemos y en ese ver, se da una comprensión que nos hace más libres. En realidad, no es que nos haga más libres, sino que nos permite darnos cuenta de una libertad que nos constituye más allá de la libertad de elección o la posibilidad de satisfacer o no determinados deseos y a la vez.

La libertad que nos constituye esencialmente, es la que hace posible una libertad profunda en nuestro quehacer, en las decisiones que tomamos, en el tipo de consumo que hacemos, en las sociedades que construimos... La elección verdaderamente libre es aquella que nace de lo más auténtico de nosotras, aquello que nos une al mundo,  a la totalidad de los seres y que se transforma en acción de forma espontánea y serena. ¿Qué tipo de sociedad eliges crear?

COLABORADORES Revista Verdemente