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MONTSE SIMÓN

MONTSE SIMON

YOGA Y VEDANTA
Licenciada en Filosofía y practicante de artes marciales japonesas durante más de seis años. Esto inició su interés por la sabiduría oriental junto a la práctica y aprendizaje del yoga. Durante tres años estudió sánscrito en la Banaras Hindu University. La asistencia a retiros y estudios contemplativos la han llevado a adquirir grandes conocimientos de algunos de los textos principales de Advita Vedanta. Su experiencia le ha llevado a impartir clases de sanscrito, yoga o participar en seminarios de sabiduría hindú.

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¿Camino a la Felicidad?

236 MONTSEEs fácil que estemos de acuerdo en que no queremos sufrir, incluso es probable que estemos de acuerdo en que todas las personas queremos ser felices. Nos esforzamos por conseguir todo aquello el mayor bien, actuamos en pos de la felicidad, del bienestar y, en fin, tratando de evitar el sufrimiento. Incluso la persona que se autodestruye deliberadamente, suele hacerlo porque es la única salida que ve a su sufrimiento.

Ahora bien, ¿por qué si queremos ser felices a toda costa y llevamos a cabo las acciones que creemos que nos acercarán a la felicidad seguimos sufriendo?, ¿por qué creemos caminar hacia la felicidad y, en ocasiones, sentimos que nos alejamos de ella?

Una posible respuesta es que la “felicidad” entendida como un estado de alegría y bienestar constantes, dependiente de una serie de factores y objetos externos a uno mismo, y que niega toda forma de dolor, no existe. De modo que si esta es la felicidad que buscamos no podremos hallarla jamás, porque esa siempre va a necesitar de algo que no depende de nosotros y va a sentirse insatisfecha, en el anhelo de lo que nos falta y el rechazo de lo que hay.

Otra respuesta, que a mi modo de entender va de la mano de la primera, es que las acciones que llevamos a cabo en pos de la felicidad no responden, en muchos casos al fin que les atribuimos. Por ejemplo, voy de viaje, acudo a una fiesta, me apunto a yoga, compro un montón de libros, o salgo con una persona, trato de coger trabajos que me den caché social, etc. creyendo que todos eso me hará feliz, pero al cabo del tiempo me doy cuenta de que todo eso por sí mismo no tiene la capacidad de hacerme feliz.

Si creemos caminar hacia la felicidad y resulta que no llegamos a ella, en algo nos estamos equivocando. Ya hemos visto que la felicidad basada en algo externo es como una zanahoria que se aleja a cada paso que damos hacia ella, se trata de un ideal inalcanzable, que se fija en lo finito para reclamarle un gozo infinito y rechaza realidades que no dependen de nosotros.

Pero ¿y si entendemos la felicidad como un estado íntimo de paz, el reposo en el hecho de ser, el regocijo de ser testigo del vaivén de la vida, con sus placeres y sus desdichas?
Si comprendemos la felicidad como reposo del ser en el ser mismo y por el ser mismo (en la Gītā se describe al sabio como aquel que “permanece satisfecho en sí mismo por sí mismo”) indudablemente esto ha de cambiar nuestro rumbo.

El camino es hacia dentro, hacia el reconocimiento de nuestro ser más auténtico y la posibilidad de descansar en el hecho mismo de ser. Y hay acciones que facilitan esto mientras que otras acciones pueden dificultarlo. Aun así, en última instancia, no depende de las acciones en sí, tal como planteábamos en el ejemplo del viaje, la fiesta, etc., sino de la finalidad y la actitud con que las llevamos a cabo. Si llevo a cabo las acciones con las expectativas puestas en el resultado y en todo lo que me rodea, si camino pendiente de lo que los demás digan o piensen, pendiente de agradar, del éxito, de llegar, de demostrar... me estaré alejando de la felicidad que persigo. En cambio, si llevo a cabo las acciones observando la respiración, consciente del sentir de todo el cuerpo, escuchando la voz que habla desde lo más profundo de mí, emergida del Silencio, realizando la acción por la acción misma sin apegarme a los resultados y convirtiéndome en testigo de la tendencia de la mente a la expectativa y la posesión, me estaré acercando más a la felicidad, a la dicha de ser y saberme manifestación de Vida.

La tradición védica del hinduismo da una guía muy sugerente. Ellos proponían cuatro valores fundamentales que rigen la vida de los seres humanos:
1. La virtud. Hacer lo que podemos y debemos hacer para contribuir en la sociedad y mantener un orden que busque el beneficio y sostén de todos los seres.
2. La riqueza y todo lo que tenga que ver con producir cosas de valor o la aspiración de poder.
3. La satisfacción de los deseos y placeres sensuales.
4. La liberación, que implica el autoconocimiento por el que trascendemos el sufrimiento.

Todos estos valores son legítimos, siempre que respeten el primer valor, conocido como dharma. Generar riquezas o satisfacer los deseos que nos surgen es completamente válido siempre que no sea a costa de otros seres, lo cual implicaría pasar por alto el dharma.
Sin embargo, el valor de la liberación, tiene una profundidad que modifica el sentido de los demás. La posibilidad de vivir en paz, libre de la esclavitud hacia el “yo” y lo “mío”, libre del sufrimiento que nos produce ser víctimas de nuestros pensamientos y pasiones. Es un valor último que ilumina y da una nueva dimensión al resto. Generar riqueza está bien si se hace con respeto por los demás seres y el entorno, pero puede quedarse en lo superficial y devolvernos fácilmente al engaño de que la riqueza nos hará plenamente felices. En cambio, cuando el fin último es caminar hacia lo más verdadero en nosotros mismos y en los demás, trataremos de producir la riqueza enfocados hacia esa autenticidad que es dichosa, puliendo todo aquello que nos aleja de este fin.

A la luz de esta reflexión resulta pertinente preguntemos ¿qué valores están rigiendo mi vida?, ¿me acercan estos valores a la paz y la felicidad del corazón?, ¿me alejan?, ¿tengo claro lo que entiendo por felicidad?, ¿es la felicidad que me planteo un ideal?, ¿me siento en paz conmigo misma y con el mundo?, si no es así ¿qué hay que dependa de mí que pueda hacer al respecto?, ¿si ahora mismo estuviese en el lecho de muerte, ¿cómo querría haber vivido?, ¿qué cosas en mi vida me acercan a esa paz y goce de ser y qué cosas me alejan?

Responder a estas preguntas y otras similares, puede sernos de gran ayuda para discernir con claridad qué dirección estamos tomando en nuestra vida y si caminamos o no hacia la felicidad.

Sociedad, tecnología y modernidad

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En los últimos tiempos se habla mucho, porque los avances tecnológicos así lo requieren, sobre cómo las nuevas tecnologías y la robótica han de implantarse en nuestra sociedad de modo casi irremediable porque –dicen– es el futuro.

Ante este tipo de afirmaciones, no puedo dejar de preguntarme ¿qué es exactamente ese futuro que algunos parecen conocer? Y, me parece sospechoso que precisamente sean las grandes multinacionales las que promuevan este tipo de “profecías”, que con gusto compramos en honor a la satisfacción, la comodidad, la novedad, la inmediatez, la modernidad, etc.  sin hacer, como consumidores, grandes valoraciones a largo plazo. Si es bueno, bonito y barato, nos lo quedamos y si no es barato pero nos permitirá estar “a la última”, también.

Hablamos de que la sociedad y la tecnología avanzan a pasos agigantados, pero ¿qué significa avanzar?, ¿qué entendemos por evolucionar? ¿es la modernidad buena o mala en sí misma? ¿Qué papel activo tenemos como consumidores y como personas que constituimos la sociedad?

A veces tengo la sensación de que hablamos de la sociedad como si fuese un ente ajeno a nosotras, pero las personas somos quienes conformamos las sociedades. Cuando olvidamos esto, pasamos a hablar del futuro como si fuese una profecía inevitable. Y digo yo, que en el futuro trabajarán más máquinas que personas si nosotras aceptamos y actuamos para que esto sea así. Entiendo que podemos decidir tomar otros caminos, que construyan sociedades diferentes. El caso es ¿qué tipo de sociedad queremos construir y cómo contribuimos a ello?

La confusión entre libertad y hedonismo

Son muchas las ideas y creencias que damos por sentadas sin cuestionarlas. Defendemos la idea de libertad como posibilidad de elección y de satisfacción de los deseos del individuo, sin darnos cuenta de que esa libertad se limita sólo a las formas sin apelar a lo más esencial. Aparentemente, en el contexto en el que vivimos nos hace más libres, pero ¿es así internamente? ¿me vivo más libre gracias a las tecnologías?

Las máquinas, los robots, los teléfonos móviles, etc. no son en sí mismos ni buenos ni malos, son herramientas que hemos creado y serán beneficiosas o perjudiciales dependiendo del uso que hagamos de ellas ¿las usamos desde la libertad, o lo hacemos desde la adicción y la esclavitud?

Para saber si usamos las tecnologías libremente o no, y si nos hacen más libres o no, habrá que preguntarse primero en qué consiste la libertad. Si la libertad consiste sólo en la posibilidad de elegir, entonces sólo podemos ser libres en tanto que podemos elegir. ¿Dejamos de ser libres cuando no podemos elegir? Decía Viktor Frankl, que existe una libertad interior que no nos puede ser arrebatada y que tiene que ver con la elección sobre nuestra actitud. Tal vez no podemos elegir externamente, pero internamente mantenemos la libertad del “cómo y desde dónde decido actuar o no actuar”.

Otra reflexión necesaria cuando hablamos de la libertad de elección, consiste en preguntarnos qué nos impele a elegir lo que elegimos y no otra cosa. Si elijo ir a un lugar, ¿qué causa última me ha impelido a ir a ese lugar? ¿En qué sentido lo he elegido yo?

Tendemos a elegir en función de la satisfacción que nos produce algo. En este sentido, nos dejamos llevar por el hedonismo, entendido aquí como la búsqueda de la felicidad a través de la suma de los objetos y momentos placenteros. Como si la suma de placeres finitos pudiese conducirnos a un placer-felicidad infinito. ¿A caso lo satisfactorio nos conduce siempre a la serenidad y la paz profundas? A veces tenemos que elegir opciones que nos son “las que querríamos” pero que sabemos que sirven mejor al bien común, que no es distinto del propio. Tal vez no era lo deseable pero sí que era lo mejor y lo que nos dejaba “en paz”. 

Sin duda, la posibilidad de elección tiene un papel muy importante en cuanto a nuestra libertad social, ahora bien, requiere del conocimiento para que esa elección se convierta en responsabilidad y libertad. Con conocimiento, no me refiero aquí al conocimiento intelectual sino a la escucha profunda de uno mismo y del mundo que conlleva una comprensión sentida. Gracias a la comprensión sentida, al contacto profundo conmigo misma y con el otro, puedo actuar desde la libertad. Puedo darme cuenta de si las tecnologías me atan, de lo que suma al mundo o lo que sólo suma a unos pocos mientras resta a otros muchos y a la Tierra. ¿Para qué tanta tecnología y tanto “avance”?, ¿no deberíamos antes de seguir avanzando parar a mirar dónde estamos, quienes somos y qué es lo que nos acerca a lo más verdadero en nosotros y los demás y lo que os aleja?

Yoga, filosofía y modernidad

Podría parecer que el tema que estamos tratando no tiene nada que ver con el yoga, la filosofía y la espiritualidad. Pero una espiritualidad, una filosofía o un yoga, que no tengan en cuenta el mundo y el sentido de la libertad, no pueden ser considerados verdaderos.

La filosofía de la Antigua Grecia, así como buena parte de las filosofías orientales, entre las cuales el yoga, buscaron a menudo la libertad en la superación del sufrimiento y distintas corrientes filosóficas señalaron que el desconocimiento de uno mismo y el deseo son las causas fundamentales del sufrimiento.

Antes hemos hablado de la confusión de la libertad con el hedonismo. El yoga, igual que ocurriera en el budismo y otras filosofías, apela a  la ecuanimidad como cualidad que conduce a la serenidad y la libertad. Y para ello nos da una herramienta fundamental, la meditación, que podemos traducir como  atención plena, observación de lo que es tal como es, sin dar cancha a los juicios. La observación es una herramienta indispensable, porque abre la puerta  a las profundidades del corazón. Cuanto más dispuestas estamos a ver, más vemos y en ese ver, se da una comprensión que nos hace más libres. En realidad, no es que nos haga más libres, sino que nos permite darnos cuenta de una libertad que nos constituye más allá de la libertad de elección o la posibilidad de satisfacer o no determinados deseos y a la vez.

La libertad que nos constituye esencialmente, es la que hace posible una libertad profunda en nuestro quehacer, en las decisiones que tomamos, en el tipo de consumo que hacemos, en las sociedades que construimos... La elección verdaderamente libre es aquella que nace de lo más auténtico de nosotras, aquello que nos une al mundo,  a la totalidad de los seres y que se transforma en acción de forma espontánea y serena. ¿Qué tipo de sociedad eliges crear?

El sentir como guía

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Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.
Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.
La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.
Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería haberse comportado de esa manera”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.
El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de observar e indagar en lo que sentimos, huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.
¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo... nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos: el “para qué” apareció.
Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo. En el s. XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.
Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser. Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo; o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.
Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad. Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.
Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos no sentir nada no tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”. En absoluto, acoger lo que sentimos no implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, más al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.
Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.
Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior. Los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.
El antaryamin es la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo. Esta sabiduría reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía... Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.
En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:
“Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. Él es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.
Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber. Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.
Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.  

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