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El deso ¿Impulso o Atadura?

 

233 ILUS MONTSEw

«Al principio este mundo era sólo lo existente, uno solo, sin segundo.
Entonces pensó para sí mismo: “Devenga yo muchos. Propágueme a mí mismo”. Y emitió calor» (Chāndogya Upaniṣad VI.2.)

En algunas de las narraciones acerca del origen del mundo subyace un deseo. Se trata de un deseo que se materializa en el instante mismo de ser pensado. Lo que fuese que había al comienzo, cuando no había nada más, dispuso que quería propagarse y así lo hizo. Cuando Vida y voluntad coinciden, el deseo no consiste en un proceso enfocado a alcanzar algo que no se tiene, sino que se formula como un hecho. Pensarlo es hacerlo realidad, porque Aquello que lo piensa se sabe a sí mismo cómo única realidad y sabe que lo que genere es fruto de sí mismo, formas que toma su propio ser.
Nosotros hemos olvidado esa Conciencia que somos y esto nos lleva a desear las cosas partiendo de una sensación de escasez, proyectando lo que queremos conseguir como algo externo y que tendrá que lograrse con el transcurso del tiempo. Damos por supuesto que “nos falta algo” y nos vivimos como seres incompletos, de modo que nuestro deseo jamás se ve saciado. Al creer que nos falta algo siempre emerge un nuevo deseo que nos promete la felicidad.
El vacío que encierra el deseo como algo que nos completará y hará felices en el futuro lo experimentamos día a día; veámoslo con un ejemplo: quiero un coche porque el que tengo está muy viejo y con un coche nuevo todo sería más fácil y me sentiría más feliz. Con esfuerzo, al cabo de un tiempo consigo ese coche nuevo que quería y en ese momento me siento feliz. ¿Cuánto tarda en emerger un nuevo deseo? Enseguida vuelvo a sentir que me falta algo para que todo sea perfecto, también necesito una casa en otro lugar, ir de vacaciones con el coche, tener una pareja con quien compartir ese coche, etc.
Lo que deseamos es lo de menos, lo que hace que el deseo sea insaciable es la falsa creencia de que hay algo externo a mí que me va a completar, y esa creencia no me permite re-conocer que la Vida en mí ya siempre está completa y que con o sin coche yo soy esa Vida.
Las creencias del tipo “todavía me falta algo más para sentirme completa” son creencias que actúan de fondo sin que las cuestionemos y nos llevan a repetir una y otra vez los mismos patrones de relación con una misma y con el mundo. El sentido original de la filosofía es desentrañar este tipo de creencias hasta dar con nuestra esencia más veraz, libre e independiente.
El deseo puede muy bien ser, tal como hemos visto, un impulso de creación, pero si esa energía se dispersa entre falsas creencias de que “lo que soy depende de lo que consigo, o de lo que los demás valoren en mí”, aunque obtenga millones de cosas que desee, siempre surgirá el deseo de algo más porque ninguna de ellas habrá podido llenar el vacío de creer que “me falta algo más para estar completo”.
Los textos de sabiduría de la India nos advierten a menudo del dolor que genera el deseo:
“Quien está continuamente pendiente de los objetos de los sentidos acaba encadenado a ellos. De ese lazo nace el deseo y del deseo, la cólera. La cólera origina el error y el error el olvido. Un olvido que termina por aniquilar la inteligencia y producir la muerte. Sin embargo, cuando la atención se pone en la observación misma y no en su objeto, uno se libera de su atracción y repulsión, y, liberado, logra la quietud” (Bhagavadgītā. 2. 62-64).
En esta forma de deseo cuando alguien no consigue lo que quiere se enfada, al entrar en cólera distorsiona por completo su percepción, popularmente decimos que “pierde el mundo de vista”, olvida que la Vida que lo habita ya es siempre plena y se identifica solo con su cuerpo y con los objetos externos que son pasajeros. De este modo queda sometido a la muerte, porque si solo “soy cuerpo, pensamientos y emociones” está claro que todo esto nace y muere.
El deseo como limitación es solo el síntoma de la confusión de creer que lo que somos se agota en nuestro cuerpo, personalidad y circunstancias. Y para poder erradicar esta causa y, así, no hacernos esclavas del deseo, es necesario ver las creencias sobre las cuales se fundamenta, cuestionarlas, comprenderlas y poder así poner luz en dicha confusión hasta dar con una comprensión profunda y transformadora. ¿Qué me falta para la plenitud?, ¿aquello que siento que me falta tiene la capacidad de saciar completamente mi sed?, ¿sed de qué?, ¿es mi deseo un impulso de creatividad o sentimiento de escasez? Imaginando que en un momento dado tuviese todo lo que deseo y me sintiese completamente satisfecha ¿cómo es vivir ese estado de satisfacción en el que “no me falta nada”? ¿Procede la satisfacción de algo externo?, ¿Puedo sentirme satisfecha en mí misma y por mí misma?
Estas preguntas nos invitan a indagar en nuestro fuero más interno, cuestionar aquello que forma parte de los automatismos del pensamiento y las emociones para desechar las creencias que nos alejan de vivirme plenamente. Nuestra visión del mundo se basa en negarnos a ver que nosotros mismos somos esa Vida ya plena en sí misma. El deseo parte de un concepto sobre nosotros mismos como algo separado de la Vida y ese concepto nos genera conflicto y sufrimiento. Cuando el deseo parte de esta concepción errónea nos ata y convierte en esclavos de la mente, siempre cambiante.
Nosotros pedimos a la Vida lo que con nuestra limitada visión nos parece que nos hará felices. En unos casos lo hacemos imponiendo nuestra voluntad a toda costa, en otros casos lo hacemos como súplica a un Dios o similar, con el que regateamos y negociamos para que nos favorezca. Pero ¿qué ocurre si nos entregamos plenamente a la energía de la Vida y nos comprendemos una con ella? Es más, ¿qué ocurre si comprendemos que nosotros somos esa energía de Vida? Descubrimos que no hay nadie que pueda pedir nada a nadie, porque no hay otro sino la unidad de Vida que subyace a todo lo que existe.
Cuando hay lucidez lo que la Vida desea es un impulso de Vida y tal cual se “desea” emerge, porque más que un deseo es una energía que se ejecuta a sí misma por sí misma. Nosotros somos esa Vida y darnos cuenta de eso disipa, por completo, la sensación de estar incompletos y nos sumerge de lleno en la dicha de ser.

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