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Nuestras sensaciones nos hacen fuertes...

Nuestras sensaciones nos hacen fuertes si la percepción está limpia de memorias que nos condicionen. Sólo entonces la mirada que hagamos de nosotros nos dará Autoestima. Ese poder que tanto necesita la mujer para creer en sí misma, y el hombre, para encontrar profundidad y respeto en el mundo femenino.

De manera que ir más allá de roles y esterotipos es una ardua tarea, por no decir imposible, cuando nuestros sentidos viven en el recuerdo. Los cinco sentidos tienen memoria de experiencias que nos condicionan al mirar el mundo. Vivencias que fueron el cincel que modeló nuestra identidad como hombre o como mujer,

Los ataques que a diario se infligen las personas, incluidos los de género, están conectados a percepciones del pasado que se filtran en el presente, sobre todo, en momentos de gran estrés, tensión, o de presión social. Las lagunas de confianza personal y de autoestima nos impide penetrar en la realidad sin estar contaminados de nuestro pasado.

Quien no maneja sus sentidos vive en la percepción de daño o de amenaza permanente. Y esa incapacidad nos convierte en personas egoístas, díscolas, movidas sólo por el propio interés, ya sea económico o sexual, y con grandes dificultades para la entrega. 

La ausencia de poder es una triste convicción que ratifican nuestros sentidos. La vista, el oído y el tacto son los sentidos que captan el mundo físico, mientras que el olfato y el gusto son los sentidos químicos. Con los sentidos físicos ratificamos a cada momento convicciones históricas sobre cómo ha de ser una relación entre personas de diferente sexo, y que se trasladan al exterior cuando miramos y escuchamos a una persona.

Las palabras que nos dicen, su contenido y desde dónde se dicen están conectadas a nuestro oído y a experiencias previas al encuentro. El oído es el órgano regente de nuestra autoestima y de la confianza personal y también nos permea al conocimiento humano. El interior de una persona permanece negado, y se esconde a nuestra percepción, cuando nuestros sentidos asocian a un ataque lo que el otro nos dice.

Una palabra puede bastar para sanarnos siempre y cuando ésta no se contamine en el proceso de escucha. ¿Cuántas discusiones, peleas y batallas se libran creyendo que quien dice algo, habla de nosotros y en nuestra contra?

Si pudiésemos distinguir que nuestros oídos están para penetrar en la realidad del otro, sabríamos que sus palabras, si cree utilizarlas en contra nuestra, proyecta sobre nosotros su propio desprecio. Como en muchas otras ocasiones habla de su propio aprecio. La gran dificultad está en que nuestro oído tiene memoria. Y cuando nos desbordamos se conecta a la memoria de daño o de experiencias grabadas. La palabra que se escucha dispara el recuerdo y se vincula a su propia limitación.

La fuerza de una respuesta, que podría apoyarse en una escucha sin distorsión, y que convertiría a la palabra en una sanación, porque disuade, propicia la conciliación, eleva el argumento, o pone límites sin confrontar, no se produce.

En cambio, lo que oímos se convierte en el canal sensorial que nos sumerge en el pozo de la infravaloración, la reprobación o el dolor.  Una tendencia que culturalmente asume la mujer. En tanto que en el hombre, con un oído que no sabe escuchar, le aboca al dominio, ya sea desde la agresividad y la violencia, o desde querer tener la razón. Sin que esto no se ocurra muchas veces a la inversa.

Caemos en los roles y esteriotipos asociados al recuerdo de lo que cada uno vivió y que nos hacen sufrir, dándole continúo protagonismo en el presente. Esa es la cuestión.

La lucha de género en una relación de pareja, también se vive entre amigos, familiares y en el mundo laboral. Y la equidad sin duda va más allá de señalar con el dedo. La revisión y la transformación pasa por un matrimonio interno donde lo femenino y lo masculino se unen, sí, dentro de cada hombre y cada mujer, liberando a su vez el recuerdo que aquello que nos limita y separa.

Sobreponernos a valoraciones limitantes, a convenciones históricas y ancestrales, a hábitos y tradiciones, es una tarea mucho más compleja porque todo se dimensiona aún más a través de los sentidos, y se fomenta en la convivencia, a través de las cosas sencillas y cotidianas.

Hay grupos humanos, países enteros que comparten una visión que refrendan con sus sentidos, amparados en interpretaciones religiosas y culturales, aunque la modernidad viva en sus casas, perpetuando la separación entre hombres y mujeres.

Urge dejar de asociar lo que se dice o lo que escuchamos a esas memorias que nos anclan en un pasado donde la equidad, la conciliación y la unidad no son posibles.

Creemos que ser hombres y ser mujeres es convivir separados y en lucha, en vez de abrazar juntos y como seres completos, una condición humana que es común a ambos: cooperar, comunicarse y progresar.

En la película La fuente de la Mujeres, pese a las limitaciones de raíz y ancestrales, las protagonistas son un ejemplo de un gran paso: la consciencia que se despierta al hacernos preguntas sobre el sentido de lo que sucede. 

Cuando la información que recibimos y lo que pasa en el presente se juntan, abrimos la puerta a una reflexión que termina por tocarnos el alma, nos hace fuertes y nos moviliza, pese a todo lo que quedó inscrito dentro y encadenado a nuestros sentidos.

Trascendemos la lucha de género cuando descubrimos que lo que somos está siempre ausente o en pugna con algo, que pareciera siempre estar fuera, y que sólo habla de nuestro propio rechazo. Y en ese estado perceptivo siempre habrá un otro que aparece en nuestra realidad para anularnos. Independiente de que seas hombre o mujer, aunque hasta ahora la costumbre sea el que recaiga sobre lo femenino.

 

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