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En el centro del Tornado

185-RAMIROSe nos dice que justo en el centro del tornado hay un espacio de quietud. Para recuperar ese ángulo de quietud tenemos que recobrar nuestro propio centro, y evitar que tanto las influencias externas como las internas nos aparten del mismo. Las influencias externas nos centrifugan de tal modo que nos hacen vivir de espaldas a nuestro ser real y vienen generadas por las circunstancias, situaciones y actividades del exterior. Las influencias internas son las que surgen de nuestra vida anímica y que a menudo irrumpen de tal modo y tan mecánicamente que nos atrapan y turban. Sometidos a uno y otro tipo de influencias somos como una hoja a merced del viento. Nos descentramos y desquiciamos. Se crea un estado de desasosiego y malgastamos muchas de nuestras más preciadas energías, cuando podríamos muy bien acopiarlas y dirigirlas de una manera más inteligente. Nos vamos neurotizando. El alejamiento del propio centro nos sume en la ansiedad, la confusión y la profunda insatisfacción.

Tenemos que entender que la acción no tiene por qué ser agitación y, sin embargo, sí la podemos convertir en una forma de meditación, que llamamos meditación o contemplación en la acción y que sobreviene cuando la actividad llevada a cabo se realiza con atención y consciencia y no de una manera mecánica. Podemos estar atentos al aquí-ahora, encauzando el esfuerzo o energía, activando la vigilancia serena, desplegando ecuanimidad, estimulando el contento interior, recuperando el sosiego cada vez que lo perdemos y tratando de desarrollar lucidez y compasión.

Al ejecutar la acción, de cualquier tipo que sea, en lugar de hacerlo ciega y mecánicamente, robotizados, tenemos que tratar de abordarla con mente atenta, seria y ecuánime, sin dejarnos obsesionar por los resultados y convirtiendo cualquier actividad en un objeto de meditación. Se puede así ir aprendiendo a realizar la acción con consciencia, lucidez y destreza, obrando por amor a la obra, más allá del apego y el aborrecimiento. A menudo les recuerdo a mis alumnos de las clases de meditación las palabras del yogui Vivekananda:
"Trabajad como si fuérais en esta tierra un viajero. Actuad incesantemente, pero no os ligueis; la ligadura es terrible. Este mundo no es nuestra morada; es solamente uno de los escenarios por los que vamos pasando".
Era él también quien nos instaba a actuar pero sin que una sola onda de inquietud alcanzara nuestro cerebro.
La meditación no es solo sentarse para adiestrar la mente, sino que también es un arte de vivir: vivir plena, sosegada y armónicamente. Nos sentamos a meditar para luego llevar los frutos de la meditación a la vida diaria y así tender un puente entre la meditación sentada y la vida de cada día.


La vida es la gran maestra. Es un reto o desafía, pero también es una mentora extraordinaria donde, como se dice coloquialmente, hay que batirse el cobre, pues no hay nadie que no tenga que enfrentar dificultades, contratiempos y adversidades. A todos alcanzan las vicisitudes, puesto que son las alternancias de la vida que nos vienen inexorablemente dadas al ser dinámica y no estática. Como decían los antiguos sabios chinos: "Vienen los vientos del Este y vienen los vientos del Oeste". Nadie puede evitar las vicisitudes, pero sí es posible cambiar la actitud ante las mismas. Lo que a unos debilita a otros fortalece, dependiendo de la actitud. Las cosas también son de acuerdo a cómo se toman e interpretan, y, por supuesto, a cómo se instrumentalizan. Las dificultades son necesarias para desarrollar aletargados potenciales internos. La meditación se convierte en una técnica de vida. Como se ha dicho, por un lado el éxtasis y por otro la colada. Las manos en la obra y la mente conectada con lo Alto. Al fracasar una vea nos deprimimos, pero cuando son varias veces nos convertimos en maestros. De los fallos aprendemos más que de los éxitos y se convierten en "choques" para activar la consciencia y sacarla de su letargo. Si no nos dejamos caer en la desesperación, con las adversidades nos fortalecemos y desarrollamos la inteligencia primordial. Tenemos que tratar de ser nosotros mismos ante el halago y el insulto y tratar de mantener un punto de sosiego aún en el desasosiego, manteniendo, en palabras de Kipling, "la cabeza tranquila cuando todo alrededor es cabeza perdida".

Para muchos la acción es alienación; para los que meditan debe ser un soporte para desarrollar atención, sosiego, ecuanimidad y lucidez. De la periferia al centro; del tornado a su espacio interno de quietud. El discípulo le preguntó al maestro que dónde estaba la verdad y éste repuso: "En la vida de cada día, pero la diferencia es que unos la ven y otro no la ven".

¿Dónde está el secreto? En ese esfuerzo capaz de combatir eficazmente la pereza y la apatía. En el intento por estar más vigilante en la vida diaria a lo que pensamos , decimos y hacemos. En el entrenamiento para no permitir que nos obsesionen los resultados de la acción y empecemos a obrar por amor a la obra. En el adiestramiento para no identificarnos tanto con el éxito y la derrota y ser uno mismo más allá de ambos. En la comprensión clara de que todo es transitorio. En el entendimiento correcto de la imprevisibilidad de la vida. En el riguroso trabajo por recuperar el propio ser cada vez que lo perdemos y no dejarnos tanto atolondrar por la autoimportancia que nace de ese gran falsario que es el ego.

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