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La aventura del espíritu o el espíritu de mi aventura

187 RAMIRO

La aventura del espíritu es la que emprenden aquellos que indagan en el significado último de las cosas y que no se sienten satisfechos con las apariencias, los artificios, las falaces ilusiones o solo teniendo cubiertas las necesidades básicas. Es una inquietud profunda, me atrevería a decir que visceral, la que moviliza al aventurero espiritual, que se empeña en ir más allá del ego y la personalidad, para encontrar "aquello" que se esconde u oculta detrás de los fenómenos como la persona lo hace en la ostra o la nata en la leche.
La aventura espiritual representa un empeño por sobrepasar la consciencia ordinaria - que no otorga paz interior ni procura respuestas a los interrogantes existenciales- para obtener otro tipo de conocimiento más fecundo y transformativo, así como por tanto revelador. Es también el intento por activar potencialidades internas más hermosas y constructivas, y poder cooperar más compasivamente con las demás criaturas. Es una aventura en la que hay que afinar el discernimiento, con la finalidad de no sucumbir a la seducción de lo meramente aparente y poder encontrar los ánimos y motivaciones necesarios para proseguir en la tarea de autodescubrirse y trabajar sobre sí mismo con miras a la autorrealización.
Esta aventura tiene razón de ser porque la mente se puede desarrollar y perfeccionar, y porque la persona puede ir desempañando su visión para lograr el entendimiento correcto y la realización de sí. Desde muy niño surgió en mí el insobornable anhelo por superarme, conocerme y hallar un sentido a este misterioso fenómeno de la vida y cuando menos aprovechar este tránsito para ir superando en lo posible el lado más difícil y destructivo de uno, e ir suscitando y desplegando el más sano y creativo. Tanto si somos parte de lo Absoluto o Incondicionado como si no; tanto si la vida tiene un sentido o carece del mismo; tanto si hay trascendencia como si la vida es una función existencial en la que todo se termina al caer el telón de la misma, lo cierto es que uno puede aprovechar parte de la energía de su vida no solo para cubrir sus necesidades básicas y mejorar su calidad de vida exterior, sino también para armonizarse interiormente y humanizarse.


Hay regiones en la consciencia sonde se manifiesta otra manera de sentir, percibir, mirar, ser y relacionarse. La evolución psíquica y espiritual de una persona, aunque lenta y difícil es por completo posible y, desde luego, siempre deseable, porque implica que podamos desencadenar factores tan esenciales como la lucidez, la ecuanimidad, la compasión, el sosiego y el contento interior.
En la medida en que el buscador va madurando y avanza en la autorrealización, desprendiéndose del yo ficticio, cada vez halla más "completud" en sí mismo y no tiene la menor necesidad de adherirse compulsivamente a sistemas, ni doctrinas, ni maestros, no siquiera a vías que no sean las que él va descubriendo como las más válidas y solventes para el autoconocimiento y el desarrollo interior. Deja de ser un imitador y no cede a la tentación de rendir pleitesía u obediencia ciega y abyecta a un supuesto gurú, sea del credo que sea. No se deja prender por dogmas y toma la senda hacia los adentros, sirviéndose de las herramientas espirituales que son un precioso legado para la Humanidad. Somete las enseñanzas a su inteligencia primordial.
En esta inigualable aventura se requiere paciencia y humildad, renovada motivación y esfuerzo, perseverancia y consistencia, pero sobre todo el afán de calmar la sed de sabiduría y compasión, que persiste en el buscador hasta que la aventura misma se convierte en ventura y comienza a procurar paz interior, entendimiento correcto y, necesariamente, amor más desinteresado e incondicional.
La verdadera aventura del espíritu nada tiene que ver con ese supermercado espiritual poblado por falsarios que proponen atajos para llegar al cielo o se hacen pasar por iluminados o te dicen que no hay que hacer ningún esfuerzo porque uno ya está realizado o se presentan como gurús salvíficos que aspiran a someter a los demás para incrementar su ego. Nada tiene que ver con esas mentes de visión estrecha que quieren, en su propio provecho narcisista o económico, encorsetar, regular, federar y cuadricular los distintos métodos de autorrealización, sea el yoga u otros. Nada que ver con títulos que solo son a menudo resultado de la vanidad o la falta de confianza en uno mismo. Y por supuesto, nada tiene que ver con el adoctrinamiento, la dependencia hacia el mentor, la competición de egos, las promesas falsas y que levantan falaces expectativas, el orgullo espiritual (que es el más grave) o el sentimiento de soberbia de que uno está en un plano superior a otro.
El la aventura del espíritu, en último término la senda sin senda es la senda. Y esa senda la tiene uno que ir descubriendo por sí mismo. Larga es la marcha de la autorrealización, pero mejor es estar en la propia jaula que salir de ella para que los falsarios, los gurús, los falsos iluminados, los desaprensivos mistagogos, los charlatanes sin escrúpulo, nos metan en la de ellos. Como dijo Buda, con su sentido lúcido y pragmático, "Esperadlo todo de vosotros mismos". Con toda la razón Babaji Sibananda, del que pronto se publicará su libro el misterio del planeta (Editorial Ela) recomendaba desconfiar sistemáticamente de los que se hacen pasar por iluminados o de aquellos que afirman su ego mediante giras mundiales y siendo como actor buscando reconocimientos y acaparando seguidores. ¡Cuántas veces me dijo que “el camino más directo hacia el Ser es la meditación". Y que sepamos, al menos hasta hoy, nadie puede meditar por otro.

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