Kalimba: El piano de sueños

220 ILUS RITUAL1 1Son las 8 de la tarde en Makurdi, una aldea al sur de Nigeria. Hace calor y no hay mucho que hacer, excepto cenar una sopa de mandioca. Suanza intenta dormir a su hija con una nana susurrante. Para acompañar su voz utiliza un pequeño instrumento rudimentario hecho con unas láminas de metal sujetas a una calabaza hueca. Sobre la voz de Suanza cabalga el amor por su hija y el recuerdo de sus antepasados. Ella porta el testigo de una generación a otra y lo entrega cantando y presionando sus dedos sobre los bordes de las láminas de metal, como hizo su madre y como lo hicieron sus ancestros recorriendo un camino que se pierde hace más de tres mil años. El milagro del canto y el repetitivo ritmo del instrumento hacen posible que el sueño invada a la pequeña.
Las nanas se han dado prácticamente en todas las culturas, pero ese pequeño instrumento que hoy se conoce en occidente con el nombre de kalimba, no salió del continente africano hasta la década de los 50, cuando el musicólogo Hug Tracey lo exportó desde África, popularizándolo por todo el mundo. Así que ya podemos dormir tranquilos: la kalimba nos enseña el camino a los dulces sueños.
DEL CICLO AL TRANCE
De todos los nombres con que se conoce a este peculiar instrumento, hay uno que me parece muy descriptivo: Piano de dedos. En realidad sólo se utilizan dos, los pulgares, que de forma repetitiva van pulsando las láminas. Éstas pueden estar colocadas en un solo nivel o, lo que es más común, en dos, pero a la hora de tañerlas no supone mucha diferencia ni dificultad, ya que la facilidad de usarlas es debido al empleo de escalas pentatónicas en su afinación, lo que permite improvisar sin que se precise conocimiento musical teórico.
Pero conozcamos un poco el interesante viaje que este pequeño instrumento ha recorrido. Se sabe, por ejemplo, que, en un principio, las láminas eran de bambú, de las cuales se han encontrado piezas en la costa oeste africana datadas hace 3.000 años. En su evolución, las láminas de metal aparecen hace 1.300 años, y viajan, a lo largo del río Zambeze, desde Zambia a Zimbabue y de allí, ya por tierra, hasta Sudáfrica y Tanzania.
En su largo camino físico e histórico, este mágico instrumento ha poseído muchos nombres: mbira, likembe, sanza o karimba, entre otros muchos, pero también distintos usos. Los griots, por ejemplo, esos grandes preservadores de la tradición oral africana, transmiten aún los hechos acaecidos en su tribu, acompañados del sonido mántrico de la kalimba. Con su hipnótico sonido, el oyente escucha atónito la irrepetible historia de su pueblo. 220 ILUS RITUAL2
Pero, ¿a qué se debe este señuelo de atención plena que emite la kalimba? En primer lugar por su sonido. Podríamos hablar de un goteo de agua desigual que, al caer en un charco o estanque, crea un efecto relajante y ensoñador. Podemos hablar también de la secuencia cíclica de sus ritmos: con una mano se suele repetir la base simple de bajos, mientras con la otra se encadena una melodía que, si se cruza con la anterior, crea un efecto atrayente aún mayor. Por último, nos fijaremos en su cálido volumen, que permite la entrada de voces u otros instrumentos.
La kalimba es también sagrada. El pueblo shona de Zimbabue, por ejemplo, emplea su mbira -nombre que allí toma el instrumento-, para facilitar la comunicación con los espíritus ancestrales de la tribu. En estas ceremonias, las personas invocan a sus lémures y les piden ayuda para superar problemas circunstanciales.
MUSICA ÍNTIMA
220 ILUS RITUAL3El viaje más largo que ha recorrido la kalimba ha sido hasta llegar a las manos occidentales. Pero ha llegado para quedarse. Son ya bastantes los artesanos que elaboran kalimbas en Europa. En nuestro país tenemos al lutier Iñaki Lores, que a través de su marca Klinn (onomatopeya de la vibración de láminas) construye kalimbas y sánsulas de una belleza sublime.

Soy un fanático de este instrumento, lo reconozco. Pero me voy a tomar la libertad de decirte por qué. La música, y los sonidos ordenados en general, están considerados como elementos que nos sirven para comunicarnos con las emociones y transmitirlas. Pero creo que la kalimba va más allá de la tristeza o la alegría, del amor o el odio. La kalimba habla de un camino, de una senda que vas tomando a medida que se repiten las notas paisajísticas. Contando con tu apertura, te va llevando poco a poco a algo íntimo, un lugar muy primitivo quizás, donde hay pocas cosas y poca gente. Allí, más que un lugar, puede que esté un pequeño punto en el espacio-tiempo: tu vida.

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