Juego de Percepciones

178 GRACIELA1- ¿Como sois?, dice ella. - ¡Románticos!, contesta él. - Ah, ¿a eso le llamas ser romántico? - Claro, buscamos el amor donde sea por muy pequeña que sea la posibilidad - ¡Ya! O sea que tu crees en lo nuestro por muy pequeña que sea la posibilidad. - No te imaginas lo que creo en nuestra historia.

Extracto del diálogo de la película Stockholm, ganadora de tres premios Goya: mejor director novel, actriz protagonista, y actor revelación. Reproduce la mentalidad del cazador y la presa en su actual versión. Ahora mismo, en alguna parte un hombre está cazando, seduciendo, mientras la presa trata de aclarar un supuesto imposible: ¿le gusto? Y hay dos condiciones que se cumplen en el cazador y en la presa: 1. Si es un buen cazador insistirá hasta conseguir la presa. Tiene experiencia y cuando elige presa sabe que puede lograr su objetivo. 2. Y quien es cazado sabe de su condición de presa. Su instinto le avisa, sin embargo, las palabras del cazador la calman, la hipnotizan. Parecen prometer algo que anhela y se deja engañar.

- ¿Sabes lo que pienso?... que eres un mentiroso. Que mientes en todo. Que obviamente no estás enamorado de mi. De he hecho te has guardado muy bien de decirme tu nombre por si nos volvemos a encontrar. Y lo más importante, creo que el chico con el que nos hemos encontrado te odia porque después de acostarte con su amiga, ella quedó prendada de ti y de tus mentiras, y tú ni la llamaste, ni le cogiste el teléfono. ¿A que no me equivoco? ¿A que pasaste de esa chica?

El juego cazador y presa va unido a una programación fisiológica orientada al apareamiento que se dispara al enamorarnos, y es inevitable a la hora de ligar. Las atracciones que se producen son imparables y se despiertan los aspectos de nuestra personalidad que amamos y/o rechazamos. Después de acostarse dos personas suele darse, de inmediato, expectativas diferentes, aunque el ligue sea del mismo sexo. Se asume uno u otro papel. Cazador y presa no quieren lo mismo, y se convierte en un drama cuando la experiencia toma la forma del conflicto interno de ambos, aunque sea uno sólo el que lo manifieste. Para el otro es algo ignorado, aunque en esencia sea un conflicto común para ambos.

Por ello, habría que distinguir primero entre la naturaleza fisiológica del flirteo, que es diferente en un cerebro masculino del femenino, y por otro, lo que busca nuestra personalidad al entrar en el juego. Louann Brizendine en su libro EL Cerebro Masculino, donde explica las claves científicas de cómo piensan y actúan los hombres y los niños, dice: los investigadores han observado que, cuando un hombre se siente sexualmente atraído por una mujer, quiere acostarse con ella lo antes posible. Para los hombres estudiados, más de una semana era un tiempo de espera excesivo. En cambio, las mujeres preferían esperar tres veces más. Para el cerebro masculino el flirteo es un deporte de disponibilidad al contacto, y los hombres que mejor juegan son los que obtienen más puntos, agrega el libro. Así mismo en el libro El Cerebro Femenino, de la misma autora, asegura que la mujer tiene que confiar con quien está. Esta diferencia entre cerebros bien podría ser la clave para que la presa se deje engañar y termine por confiar en las palabras que escucha, en vez de hacer caso a los avisos, o evidencias, que intuitivamente asocia. El instinto del cazador se basa en la observación y recoge señales, gestos y actitudes que revelan lo que necesita la presa. Sabe qué decir para desmontar cualquier duda, eludir el no, e insiste hasta que doblega su sentido común.

Se promueven relaciones de igualdad con personas empoderadas en sí mismas, y esto falla debido aquellos aspectos de la personalidad que no se conocen, y que actúan como imanes, atrayendo situaciones y personas, que en principio, parecieran ser diferentes a nosotros, y que nos completan. Sin embargo, manifiestan aspectos negados, que dan lugar a una identidad que es presa fácil para el cazador. Esto sin olvidar que muchas presas también son cazadoras, aunque eso pueda significar jugar el juego de la autodestrucción, como ocurre en la película. Cuando el odio a uno mismo da lugar a la venganza, se genera sufrimiento y el vínculo desde el dolor. En muchas ocasiones consentimos en nuestras relaciones situaciones inconcebibles queriendo aclarar sentimientos y comportamientos. Es más, creyendo que el otro nos obliga a vivir situaciones que no queremos, para experimentar lo más desconcertante: pese a los indicios nos acostamos, y consentimos ser presa.

- Pero me lo estás poniendo difícil. - ¿No estás acostumbrado verdad? - ¿Tú crees que siempre consigo lo que quiero? - Y cuando no lo haces te pones así de imbécil. - ¿Y qué haces tú cuando no consigues lo que quieres? - Nada especial, yo si estoy acostumbrada. - ¿Por eso pareces tan triste? - ¿No era amargada? - No, triste. Lo he pensado cuando te he visto.

Entonces la abraza e intenta besarla.

-¿Qué haces imbécil? ¿No te das cuenta que no quiero besarte? - Entonces, ¿qué coño haces en mi salón jilipollas?
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