La Sabiduría de la fluidez

244 RAMIRO

Todo fluye, nada permanece. Todo transita, nada se detiene. Todo viene y parte, nada se queda. Y, sin embargo, no sabemos ser fieles a la naturaleza del momento, fluir con el curso de los acontecimientos desde la consciencia y la ecuanimidad, saber tomar y saber soltar, dejarnos inspirar por el abierto y apacible espíritu del valle.
La vida no es una fotografía fija. No es una diapositiva inmóvil. No es una escena que se detiene. La vida sigue su curso, es impredecible e imprevisible, es como el mercurio que no puedes coger con los dedos, como el torrente de agua que encuentra la manera de seguir su curso. Nada deja de estar sometido a la transitoriedad. Pero cuanto más dura más nos engaña, como si fuera el más hábil prestidigitador, y creemos que es fijo, que dura siempre.
Lo fijo se endurece. La flexibilidad es vida, pero la rigidez es muerte. Lo fijo está en la mente, pero no en la vida. La mente acumula, endurece, se adhiere a viejos modelos y patrones, imita, no se renueva, carga con su fardo de traumas, complejos, frustraciones y heridas psicológicas. La vida cambia, pero la mente se agarra con desesperación a su jaula de ignorancia, avaricia y odio. La mente quiere detenerse en sus esquemas, en sus ciegos y mecánicos modelos de pensamiento, en su culpabilidad, su desdicha, su rencor y su necedad. Los años discurren y la mente se niega a cambiar.
Cuando una habitación no se ventila, su atmósfera se enrarece. Cuando el agua no fluye, se vuelve sucia y maloliente. En el trasfondo de la mente hay pus que liberar; en la trastienda de las emociones, hay fango que limpiar. La idea del despertar es una idea, una más. Hay que despertar. No se trata de una idea fija. Nadie despierta con la idea del despertar. Hay que poner todos los medios para irlo consiguiendo.
Lo fijo se oxida. Lo fluido siempre permanece en su inspiradora frescura. Un amor que se fija no es amor, sino una obsesión. El amor se expande, fluye, se irradia. Nunca se detiene, no tiene límites.
Porque todo fluye, hay tres cosas que nunca pueden recuperarse: la flecha disparada, la palabra dicha y la oportunidad perdida. Porque todo fluye, Buda se encontró con el enemigo que el día anterior le escupió y le sonrió ante su sorpresa, diciéndole: "tú eres ya el que me escupió y yo el que recibió el escupitinajo". Así no hay lugar para el afán de venganza, el rencor, el odio que se fijan en el alma y le impiden renovarse.
Si todo fluye, todo transita, todo muda, ¿de qué podemos estar seguros? De nada. Tanto más seguros queremos estar, más inseguros estamos. Mientras más nos entregamos a la inseguridad, más seguros nos sentimos. A la sabiduría de la fluidez hay que añadirle la de la inseguridad. Todo es incierto, todo es en cierto modo un despropósito, pero se puede vivir con consciencia y ecuanimidad, ciega y mecánicamente. Como decía Tennyson: "la única seguridad yace en la inseguridad". La inseguridad es segura. La impermanencia es fija.
El conocimiento es fijo: acumulación de datos, información, saber libresco, erudición. A nadie cambia. La Sabiduría es movible y reveladora. Una biblioteca es algo fijo, pero la vida es movimiento. El que se detiene psíquicamente ya está muerto, pero no es la muerte para renacer, como va logrando la práctica de la meditación, sino para morir en vida... ¡y qué peor muerte puede haber! Los conceptos nos bloquean; las creencias nos disecan. Nos volvemos torpes y pusilánimes, y entonces comenzamos a utilizar amortiguadores psíquicos, autoengaños, todo aquello que aún nos fija más y nos impide ser fluidos, naturales, hermosamente intrépidos.
En lo fijo hay una aparente seguridad que no es tal. Es una alucinación. Mientras más autodefensas narcisistas, menos defendidos estamos. Si te detienes montando en bicicleta, te caes. Si el funámbulo se agarra al alambre aterrorizado, no logra cruzarlo.
Si no nos vaciamos interiormente de algo, nada puede entrar. Nos cerramos a la energía sutil. Nos volvemos un disco de vinilo repitiéndose incesantemente. Siempre el mismo disco. Nos hacemos toscos, nos embrutecemos, dejamos de sorprendernos con la imprevisibilidad, la impredecibilidad y la inseguridad de la vida.
La meditación de observación de nuestros procesos psicofísicos nos encara abiertamente con la inestabilidad y mudabilidad de todos estos procesos que surgen y se desvanecen en la mente y el cuerpo. Hay así una toma de consciencia directa y transformativa de cómo también en nosotros mismos las sensaciones, percepciones y contenidos mentales surgen y se desvanecen. Para ello se requiere mucha atención y no poca ecuanimidad. Uno se vuelve un experimentador en su propio laboratorio viviente y se percata del río de sensaciones-pensamientos-emociones que vienen y parten. Uno aprende a vivir con las configuraciones de la vida, y a aprender a hacerlo con las de sus procesos psicofísicos. Surge así una energía de intrepidez y se integra en uno mismo esa sabiduría de la inseguridad que al no demandar seguridad reporta, paradójicamente, mucha certidumbre. Y entonces uno puede preguntarse dónde hallar refugio. Y comprende que, como dijo Buda, solo en un lugar: DENTRO DE TI MISMO. 

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