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JUANCHO CALVO

ZEN Y VIDAJUANCHO FOTO ROJO
Licenciado en Bellas Artes y formado como director de cine y televisión en Estados Unidos, ha dirigido películas y numerosas series de tv, ha recibido premios por su trabajo como director y ha creado su propio entrenamiento para actores y actrices que desean madurar conscientemente en el arte de la interpretación. Camina desde hace décadas la Vía del Zen y profundiza en la práctica del Seitai y del movimiento natural espontáneo, formándose regularmente con maestros europeos y japoneses y prestando siempre especial atención a la meditación y al movimiento en su relación con la creatividad y el desarrollo del potencial humano. Es el responsable de "Zen y Vida" y ofrece el "Taller de Meditación Zen", integrando el valioso legado del Zen tradicional en el contexto occidental actual y acompañando a personas que sienten el anhelo de desplegar sus vidas de forma más despierta y plena.

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La importancia de parar

241 ILUS JUANCHOwPara experimentar la realidad tal y como es y experimentarme a mí mismo tal y como soy, y poder así estar en paz con la realidad y conmigo, el Zen lo tiene muy claro: no tengo que parar mi mente, tan solo tengo que pararme yo. Por eso me siento en silencio, sin moverme, y estoy con la realidad y conmigo. Simplemente respiro y presto atención. Aprender a parar es aprender a cuidarme, a salir de la trampa del hacer, del conseguir, del querer, y entrar más a menudo en el simplemente estar, simplemente ser. Amar el momento presente tal y como está, sin tener que llenarlo de nada más. Este es el punto básico e inicial del ejercicio que en el Zen llamamos "zazen": parar, sentarme, sentirme, observar.

Muchas de las veces que me alejo de mi práctica regular de meditación es porque voy "a tope". Esto no es algo malo. Al contrario, la vida a veces se mueve muy rápido y entonces todo puede volverse muy divertido y creativo. Lo que sucede es que muy pocas veces "a tope" quiere decir "divertido" o "creativo", sino más bien todo lo contrario: tensión, cansancio, distracción, preocupación, y esto es señal de que me estoy olvidando de mí, me estoy pasando por alto, me estoy dando plantón. Cuando entro en esa dinámica de "olvido de mí" es muy fácil caer en el estrés, no darme cuenta de que he caído, y no saber cómo salir. Muchas veces, cuando dejo mi práctica de lado es que, en realidad, me estoy dejando de lado yo, porque estoy yendo demasiado rápido para mí. Lo paradójico es que, precisamente en los momentos en los que más me cuesta parar y encontrar tiempo para sentarme a meditar, es en esos momentos cuando más me hace falta. Así que mi "imposible-parar" es precisamente mi señal oportuna y clarísima de que necesito-parar. Por eso, si escucho la señal, entonces bajo el ritmo, paro un momento y me siento a simplemente observar.

Pararme justo en ese momento crítico del "imposible-parar" no significa detener la actividad y perder el tren de la vida, significa repostar, ver el mapa completo y pasar a la acción mucho mejor. En realidad la parada lúcida es el paso previo a la acción lúcida. Por eso, cuando la acción me atropella tanto que creo que no puedo parar, es precisamente en ese instante cuando veo que tengo que parar y así renovar mi energía, conectar, ver claramente y descubrir qué es realmente necesario y así poder entrar mejor de nuevo en la acción. Esta es la diferencia entre una reacción automática y una respuesta correcta. Una parada compasiva da paso a una acción compasiva. Aun así, lo cierto es que me resulta muy difícil parar y quedarme quieto sin hacer nada. ¡Con la de cosas que tengo que hacer! El reloj parece ir muy despacio y mi inquietud intenta empujar el tiempo. Por eso, he de hacer un pacto conmigo y con el reloj. Ambos hacemos un equipo perfecto, él hace su trabajo para que yo pueda hacer el mío: él entrega toda su atención al control del tiempo y yo pongo toda mi atención en entregarme a lo que está más allá del tiempo. Tras este acuerdo, me paro y simplemente respiro en zazen.

"“Zazen” me enseña lo sumamente importante que es aprender a parar y saber cuidarme, saber cuidar a los demás y saber cuidar el mundo. Tan solo si me cuido yo puedo realmente cuidar a los demás y puedo cuidar el mundo". A primera vista, esto parece muy sencillo. Pero, ¿qué hago cuando me paro? De forma compulsiva se activa en mí el impulso de hacer, tener, llegar, conseguir, porque pienso que toda actividad se basa en "alguien" haciendo "algo" para conseguir "algo". Y como planteo mi parada como una actividad, al principio convierto también mi meditación en una actividad, en un medio-para-algo, para-alguien, y así estoy un tiempo, minutos, meses, años, hasta que felizmente acontece el descubrimiento y me doy cuenta: meditar es para nada, meditar es tan solo pararme y tan solo Ver, precisamente ver la dinámica automática del "Para-esto", del "Para-mí", y al verla soltarla instante tras instante.

“Zazen” es parar y es parar los "para". “Zazen” es el verdadero arte de parar. En realidad puedo parar estando sentado o moviendo mi cuerpo, comiendo despacio o paseando, abrazando a alguien o mirando un paisaje... porque la verdadera parada es interna: no buscar nada más que Esto, estar solamente en Esto, dejar caer la voracidad, la utilidad, la acumulación, el logro... Es entonces cuando la vida se abre ante mí y las nuevas ideas aparecen, los sentimientos y las voces del pasado me hablan para indicarme el camino, los objetos me hablan, los otros seres, la Vida me habla. Tan solo tengo que parar, callar, abrir espacio, sentir, escuchar. “Zazen” me enseña lo sumamente importante que es aprender a parar y saber cuidarme, saber cuidar a los demás y saber cuidar el mundo. Tan solo si me cuido yo puedo realmente cuidar a los demás y puedo cuidar el mundo. Así de honda es la importancia de parar. Y para eso no tengo que conseguir que se pare el reloj, ni el mundo, ni siquiera la mente, para eso tan solo tengo que pararme yo.

Mente de Principiante. Mente del Principio

237 ILUS JUANCHO wEn el Zen hablamos muy frecuentemente de "Shoshin", un término chino-japonés que habitualmente se traduce como "Mente de Principiante" y que se hizo popular en occidente gracias al libro "Mente Zen, Mente de Principiante". Desde entonces, se habla mucho de lo difícil que resulta vivir con Mente de Principiante, pero no tanto del dilema que genera una compresión insuficiente de este asunto. ¿Cómo es que estos maestros son tan sabios y expertos, pero a mí me piden que tenga mente de novato? ¿Dónde dejo mi experiencia vital cada vez que pretendo hacer las cosas como si fuera "la primera vez"? Lo cierto es que la Mente de Principiante no se refiere a una constante mente de aprendiz sino a algo más hondo e importante que puede experimentarse en diferentes grados de profundidad.
Cada día que vivimos, recibimos y acumulamos valiosas experiencias y aprendizajes que van configurando nuestra capacidad para estar en el mundo. Este es un proceso natural y necesario. Pero estas experiencias derivan en conclusiones, fijaciones, condicionamientos, prejuicios, etc., y todo esto en su conjunto (lo que podríamos llamar el yo) se antepone a la vivencia pura, generando una dinámica de reacción continua que contamina la experiencia. Habitualmente el yo se interpone de tal manera que lo que percibimos no es la realidad misma sino una pseudo-realidad yosificada, o sea un yo mirándose a sí mismo. No veo las cosas tal y como son, veo a mi yo haciéndose un selfie continuamente.
Mi experiencia habla siempre del pasado, La Experiencia habla siempre del presente. Por eso, en primera instancia, la "mente de principiante" se refiere a la de alguien cuya mente discriminativa no limita su experiencia de la realidad tal y como es. No se trata de censurar la experiencia de nuestro yo, se trata de que el yo no censure nuestra experiencia. Pero esta actitud de mirada siempre-a-estrenar es solo una primera forma de vivenciar la mente de principiante. Adentrándonos en el zazen (meditación zen) podemos además descubrir y vivir una dimensión más profunda de la propuesta.
El término original chino/japonés de "Shoshin" (Mente de Principiante) se forma uniendo los ideogramas "Sho" y "Shin". El término "Shin" se refiere a la dimensión profunda de corazón-mente-fondo que en occidente a menudo se traduce como "mente". A su lado, el ideograma "Sho" (sho-shin) hace alusión a "una tela nueva justo antes de ser cortada para hacer un vestido". Por lo tanto, en realidad, "Shoshin" no se refiere a la forma en que utilizamos la mente (actitud de principiante) sino a la mente misma antes de que la utilicemos, no a lo que la mente hace sino a lo que la mente es, antes de que aparezca en ella el corte discriminativo. Este es el inicio mismo previo a cualquier movimiento de la mente. Esta es la Mente del Principio.
En la práctica Zen esto es una clave fundamental. La Mente del Principio es la Mente de Buddha, la Naturaleza Esencial, lo que en otra tradición presentan como El Paraíso: el momento previo antes de que el ser humano coma del árbol del conocimiento y aparezca en él la idea de bueno/malo que le hace sentir vergüenza y esconder su naturalidad tras una hoja de parra. En el Zen este pecado original no existe y nadie es expulsado nunca del paraíso. En el Zen comer de la manzana del conocimiento discriminativo es considerado tan solo una tendencia natural que genera la idea de separación y pone en marcha el mecanismo del sufrimiento.
Esta tendencia a la fantasía de la división hace perder de vista que originalmente todo es Uno, que el paraíso es la Naturaleza Esencial y que ninguna actividad de la mente ni corta ni mancha ni reduce nuestro fondo incondicional e inalterable. La tela infinita de donde surgen todos los vestidos de la existencia solo recibe cortes y tintes imaginarios en el taller de costura de nuestra ilusión. La Mente del Principio no es algo que está al principio y luego se pierde. La Mente del Principio es la Mente Original, es la Mente que está Siempre, es la Mente del Principio y del Final.
Nuestra Naturaleza Esencial no es un objeto, ni un estado, ni el resultado de una acción. Por eso el zazen no es un ejercicio para alcanzar un estado, ni para purificar nada ni reparar nada. En zazen penetramos en la realidad y en nosotros mismos, siempre con una mente de principiante más allá de los conceptos, para poder así experimentar y ser a cada instante la Mente del Principio. No damos un paso adelante hacia ningún sitio, nos quedamos quietos en el punto de origen. Descubrimos que el principio no está atrás sino siempre aquí. Confirmamos que el principio no fue antes sino siempre ahora.

Samu, el despertar en acción

230 ILUS JUANCHOwEn la Vía del Zen el Samu es la actividad que posibilita el buen funcionamiento de un zendo o un monasterio, de un retiro intensivo o de una sesión. Son trabajos manuales que realizamos concentrados y amablemente, sin emplear palabras en vano y con el objetivo de ofrecer nuestra acción a la comunidad y de alimentar nuestro despertar. Mirando más a fondo, el samu es una experiencia fundamental de la Vía pues no es solo un medio para lograr un fin externo, una actividad centrífuga que me lleva hacia afuera, sino que es a la vez el medio como fin en sí mismo, una actividad centrípeta que me lleva hacia el centro. El samu es la Vía de la Actividad y lo Cotidiano como vehículo esencial para el descubrimiento de la verdadera naturaleza, en mí y en todo aquello con lo que me relaciono. En el Samu se realiza la tarea con el mejor espíritu, poniendo en ella toda la buena energía y la plena presencia que nos da la meditación. Por ello, no se puede separar la práctica de la meditación de la práctica del samu. El samu puede ser cocinar, poner la mesa, barrer el jardín, limpiar los zafus, trabajar en el huerto, limpiar los retretes o limpiar la estatua del Buddha. No hay un samu más importante que otro. Como en un gran barco, en una comunidad todos ocupamos una función y un lugar irremplazable: los retretes deben estar limpios y la estatua de Buddha debe estar limpia. Sin discriminaciones ni diferencias, todo es igualmente esencial. Todo es samu. Todo es la Verdadera Naturaleza. Lejos de ser una tarea rutinaria, pesada o distraída, el samu se practica estando plenamente presentes y con total entrega y disponibilidad en la acción. Esta es la clave fundamental: el samu, además de una actividad al servicio de la meditación, es la mejor oportunidad para ahondar en el espíritu meditativo, en la atención plena, la compasión, la concentración, el silencio, la unidad. Practicando samu de esta manera este se convierte en el mejor aliado de la meditación. No hay zen sin acción, no hay zen sin samu. Si el trabajo que me toca hacer en la comunidad lo realizo con una atención concentrada en la tarea y con dedicación amable, entonces es una prolongación de la práctica de la meditación. Quizás no puedo trabajar mientras medito, pero sí puedo meditar mientras trabajo. Es aquí cuando el Zen tiene una sugerencia importante para el mundo actual. La mayoría de nosotros no vivimos en un monasterio, pero sin duda vivimos en comunidad. Hay comunidades pequeñas, como un piso compartido, o muy grandes, como una ciudad o un país. En el fondo, toda la humanidad, acompañada por todos los seres, vivimos en una grandiosa comunidad universal. Cada uno tenemos nuestra función, nuestro talento y nuestra responsabilidad. Todos somos diferentes y no hay trabajos más importantes que otros. Sin embargo, uno de los asuntos con los que la humanidad se ha ido alejando de sí misma y del mundo es con el asunto del trabajo. Las personas sin trabajo se lamentan de su terrible situación, las personas con trabajo están sumidas en la queja, la lucha, la incertidumbre y la ansiedad, hay demasiados trabajos esclavos, abusivos, insanos, actividades que dañan a la persona y a la comunidad, y hay personas que se vuelven adictas al trabajo y que lo convierten en una obsesión que arruina sus vidas. Es muy importante que yo revise cómo desarrollo mi trabajo. El tradicional dicho zen de "cortar leña, traer agua" ahora es "ir al trabajo, atender a un cliente, mandar un e-mail", y mi monasterio zen particular ahora es el barrio o una ciudad. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿Cómo me entrego a la actividad? ¿Con qué actitud me relaciono con lo que me rodea? ¿Qué aporto a la comunidad? Además de abrirnos a la posibilidad de sonreír más en el trabajo, de estar más atentos, de ser más amables, la invitación es a abrir la mente y el corazón a una forma de actividad que ponga nuestras almas en servicio, en marcha, en relación, y en una dirección lúcida, amable y transformadora. De esta forma nuestro trabajo individual será nuestro despertar en acción y nuestras acciones impulsarán el despertar colectivo.

Juancho Calvo