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JUANCHO CALVO

ZEN Y VIDAJUANCHO FOTO ROJO
Licenciado en Bellas Artes y formado como director de cine y televisión en Estados Unidos, ha dirigido películas y numerosas series de tv, ha recibido premios por su trabajo como director y ha creado su propio entrenamiento para actores y actrices que desean madurar conscientemente en el arte de la interpretación. Camina desde hace décadas la Vía del Zen y profundiza en la práctica del Seitai y del movimiento natural espontáneo, formándose regularmente con maestros europeos y japoneses y prestando siempre especial atención a la meditación y al movimiento en su relación con la creatividad y el desarrollo del potencial humano. Es el responsable de "Zen y Vida" y ofrece el "Taller de Meditación Zen", integrando el valioso legado del Zen tradicional en el contexto occidental actual y acompañando a personas que sienten el anhelo de desplegar sus vidas de forma más despierta y plena.

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Mente de Principiante. Mente del Principio

237 ILUS JUANCHO wEn el Zen hablamos muy frecuentemente de "Shoshin", un término chino-japonés que habitualmente se traduce como "Mente de Principiante" y que se hizo popular en occidente gracias al libro "Mente Zen, Mente de Principiante". Desde entonces, se habla mucho de lo difícil que resulta vivir con Mente de Principiante, pero no tanto del dilema que genera una compresión insuficiente de este asunto. ¿Cómo es que estos maestros son tan sabios y expertos, pero a mí me piden que tenga mente de novato? ¿Dónde dejo mi experiencia vital cada vez que pretendo hacer las cosas como si fuera "la primera vez"? Lo cierto es que la Mente de Principiante no se refiere a una constante mente de aprendiz sino a algo más hondo e importante que puede experimentarse en diferentes grados de profundidad.
Cada día que vivimos, recibimos y acumulamos valiosas experiencias y aprendizajes que van configurando nuestra capacidad para estar en el mundo. Este es un proceso natural y necesario. Pero estas experiencias derivan en conclusiones, fijaciones, condicionamientos, prejuicios, etc., y todo esto en su conjunto (lo que podríamos llamar el yo) se antepone a la vivencia pura, generando una dinámica de reacción continua que contamina la experiencia. Habitualmente el yo se interpone de tal manera que lo que percibimos no es la realidad misma sino una pseudo-realidad yosificada, o sea un yo mirándose a sí mismo. No veo las cosas tal y como son, veo a mi yo haciéndose un selfie continuamente.
Mi experiencia habla siempre del pasado, La Experiencia habla siempre del presente. Por eso, en primera instancia, la "mente de principiante" se refiere a la de alguien cuya mente discriminativa no limita su experiencia de la realidad tal y como es. No se trata de censurar la experiencia de nuestro yo, se trata de que el yo no censure nuestra experiencia. Pero esta actitud de mirada siempre-a-estrenar es solo una primera forma de vivenciar la mente de principiante. Adentrándonos en el zazen (meditación zen) podemos además descubrir y vivir una dimensión más profunda de la propuesta.
El término original chino/japonés de "Shoshin" (Mente de Principiante) se forma uniendo los ideogramas "Sho" y "Shin". El término "Shin" se refiere a la dimensión profunda de corazón-mente-fondo que en occidente a menudo se traduce como "mente". A su lado, el ideograma "Sho" (sho-shin) hace alusión a "una tela nueva justo antes de ser cortada para hacer un vestido". Por lo tanto, en realidad, "Shoshin" no se refiere a la forma en que utilizamos la mente (actitud de principiante) sino a la mente misma antes de que la utilicemos, no a lo que la mente hace sino a lo que la mente es, antes de que aparezca en ella el corte discriminativo. Este es el inicio mismo previo a cualquier movimiento de la mente. Esta es la Mente del Principio.
En la práctica Zen esto es una clave fundamental. La Mente del Principio es la Mente de Buddha, la Naturaleza Esencial, lo que en otra tradición presentan como El Paraíso: el momento previo antes de que el ser humano coma del árbol del conocimiento y aparezca en él la idea de bueno/malo que le hace sentir vergüenza y esconder su naturalidad tras una hoja de parra. En el Zen este pecado original no existe y nadie es expulsado nunca del paraíso. En el Zen comer de la manzana del conocimiento discriminativo es considerado tan solo una tendencia natural que genera la idea de separación y pone en marcha el mecanismo del sufrimiento.
Esta tendencia a la fantasía de la división hace perder de vista que originalmente todo es Uno, que el paraíso es la Naturaleza Esencial y que ninguna actividad de la mente ni corta ni mancha ni reduce nuestro fondo incondicional e inalterable. La tela infinita de donde surgen todos los vestidos de la existencia solo recibe cortes y tintes imaginarios en el taller de costura de nuestra ilusión. La Mente del Principio no es algo que está al principio y luego se pierde. La Mente del Principio es la Mente Original, es la Mente que está Siempre, es la Mente del Principio y del Final.
Nuestra Naturaleza Esencial no es un objeto, ni un estado, ni el resultado de una acción. Por eso el zazen no es un ejercicio para alcanzar un estado, ni para purificar nada ni reparar nada. En zazen penetramos en la realidad y en nosotros mismos, siempre con una mente de principiante más allá de los conceptos, para poder así experimentar y ser a cada instante la Mente del Principio. No damos un paso adelante hacia ningún sitio, nos quedamos quietos en el punto de origen. Descubrimos que el principio no está atrás sino siempre aquí. Confirmamos que el principio no fue antes sino siempre ahora.

Samu, el despertar en acción

230 ILUS JUANCHOwEn la Vía del Zen el Samu es la actividad que posibilita el buen funcionamiento de un zendo o un monasterio, de un retiro intensivo o de una sesión. Son trabajos manuales que realizamos concentrados y amablemente, sin emplear palabras en vano y con el objetivo de ofrecer nuestra acción a la comunidad y de alimentar nuestro despertar. Mirando más a fondo, el samu es una experiencia fundamental de la Vía pues no es solo un medio para lograr un fin externo, una actividad centrífuga que me lleva hacia afuera, sino que es a la vez el medio como fin en sí mismo, una actividad centrípeta que me lleva hacia el centro. El samu es la Vía de la Actividad y lo Cotidiano como vehículo esencial para el descubrimiento de la verdadera naturaleza, en mí y en todo aquello con lo que me relaciono. En el Samu se realiza la tarea con el mejor espíritu, poniendo en ella toda la buena energía y la plena presencia que nos da la meditación. Por ello, no se puede separar la práctica de la meditación de la práctica del samu. El samu puede ser cocinar, poner la mesa, barrer el jardín, limpiar los zafus, trabajar en el huerto, limpiar los retretes o limpiar la estatua del Buddha. No hay un samu más importante que otro. Como en un gran barco, en una comunidad todos ocupamos una función y un lugar irremplazable: los retretes deben estar limpios y la estatua de Buddha debe estar limpia. Sin discriminaciones ni diferencias, todo es igualmente esencial. Todo es samu. Todo es la Verdadera Naturaleza. Lejos de ser una tarea rutinaria, pesada o distraída, el samu se practica estando plenamente presentes y con total entrega y disponibilidad en la acción. Esta es la clave fundamental: el samu, además de una actividad al servicio de la meditación, es la mejor oportunidad para ahondar en el espíritu meditativo, en la atención plena, la compasión, la concentración, el silencio, la unidad. Practicando samu de esta manera este se convierte en el mejor aliado de la meditación. No hay zen sin acción, no hay zen sin samu. Si el trabajo que me toca hacer en la comunidad lo realizo con una atención concentrada en la tarea y con dedicación amable, entonces es una prolongación de la práctica de la meditación. Quizás no puedo trabajar mientras medito, pero sí puedo meditar mientras trabajo. Es aquí cuando el Zen tiene una sugerencia importante para el mundo actual. La mayoría de nosotros no vivimos en un monasterio, pero sin duda vivimos en comunidad. Hay comunidades pequeñas, como un piso compartido, o muy grandes, como una ciudad o un país. En el fondo, toda la humanidad, acompañada por todos los seres, vivimos en una grandiosa comunidad universal. Cada uno tenemos nuestra función, nuestro talento y nuestra responsabilidad. Todos somos diferentes y no hay trabajos más importantes que otros. Sin embargo, uno de los asuntos con los que la humanidad se ha ido alejando de sí misma y del mundo es con el asunto del trabajo. Las personas sin trabajo se lamentan de su terrible situación, las personas con trabajo están sumidas en la queja, la lucha, la incertidumbre y la ansiedad, hay demasiados trabajos esclavos, abusivos, insanos, actividades que dañan a la persona y a la comunidad, y hay personas que se vuelven adictas al trabajo y que lo convierten en una obsesión que arruina sus vidas. Es muy importante que yo revise cómo desarrollo mi trabajo. El tradicional dicho zen de "cortar leña, traer agua" ahora es "ir al trabajo, atender a un cliente, mandar un e-mail", y mi monasterio zen particular ahora es el barrio o una ciudad. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿Cómo me entrego a la actividad? ¿Con qué actitud me relaciono con lo que me rodea? ¿Qué aporto a la comunidad? Además de abrirnos a la posibilidad de sonreír más en el trabajo, de estar más atentos, de ser más amables, la invitación es a abrir la mente y el corazón a una forma de actividad que ponga nuestras almas en servicio, en marcha, en relación, y en una dirección lúcida, amable y transformadora. De esta forma nuestro trabajo individual será nuestro despertar en acción y nuestras acciones impulsarán el despertar colectivo.

Juancho Calvo 

Abrazar el Samsara - Abrazar el Nirvana

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Escuchando o leyendo sobre meditación a uno le llega continuamente el mensaje, casi como un mantra, de que el problema humano está en la cabeza, en la mente, en el yo. Pareciera casi que nuestra cabeza es una malformación orgánica o que el yo es un defecto de fabricación, por lo que, si pudiéramos desenroscarnos la cabeza y tirarla a la basura, todo sería más fácil y no habría obstáculo para la iluminación.
En realidad, echarle la culpa al ego o creer que para Despertar hay que eliminar la mente o la personalidad, no es más que nuestra tendencia a fragmentar y nuestro gusto por el truco del chivo expiatorio. Ver al yo como una tara generalizada o como un error de serie nos coloca ya de inicio en la negación de nosotros mismos, lo cual no es el mejor comienzo. Y de esa creencia, de que para alcanzar la liberación tengo que negarme y dejar de ser yo, surge la creencia de que la iluminación me colocará en un otro-yo muy diferente de este, muy especial y solo al alcance de unos pocos.
Los seres humanos nos aliviaríamos bastante si tomáramos consciencia de que en nosotros todo está bien, desde el origen. Todo está sucediendo de forma perfecta. Todo lo que me ha ocurrido y me está ocurriendo (el surgimiento del yo, la identificación, la personalidad, incluso mi agitación mental) está ocurriendo porque es natural que ocurra. Si fuera imposible, no ocurriría. Pero ocurre, precisamente, porque está en mi potencial humano. Tanto es así, que podemos decir que es necesario. El águila sale del huevo, crece, cambia sus plumas... El ser humano se pone de pie y camina, aprende a hablar, piensa, se identifica con su pensamiento... Esto es habitualmente así. El Samsara no me es ajeno, no es un error del universo, sino algo perfectamente natural.
La cuestión importante es que la evolución natural del ser humano, el despliegue de todo su potencial, no termina ahí. El águila no madura del todo si no aprende a volar. Igualmente el ser humano, después de la infancia, pubertad, adolescencia, juventud... puede culminar avanzando más allá del simple llegar a "ser adulto". Puede dar un paso más en su evolución, para madurar no solo física, emocional o intelectualmente, sino espiritualmente. No solo como individuo sino como ser humano. Los perros ladran, los gatos maúllan. La nieve cae en invierno, en verano se maduran los frutos. De igual manera, todos los seres humanos estamos llamados al Despertar, no en el cielo ni en otra tierra sino en esta vida. Por supuesto, estar llamado no garantiza nada, hay que andar el camino, el que miles de hombres y mujeres, siguiendo una vía de realización espiritual, han recorrido hasta alcanzar esa maduración que en el Zen se llama el Despertar. El Nirvana está en la semilla de nuestro programa evolutivo, es posible, es natural y, por lo tanto, está en el potencial de cada uno de nosotros. El Samsara no me es ajeno, el Nirvana tampoco.
Yo no soy algo que no tendría que ser. Mi naturaleza humana no está equivocada. El Zen no es la solución a ningún problema, pues el Zen no es un truco, ni mucho menos un apaño para un problema que no existe. La maduración no es un estado que se logra con esfuerzo ni un objeto que se atesora con arrogancia, no es tampoco una experiencia emocional placentera ni un pensamiento espiritual perfecto. Se trata solo de ver claro. Por eso la maduración es un proceso natural y continuo, por un lado completamente espontáneo y a la vez necesitado de mi entrega e implicación. Por eso en el camino uno puede buscar ayuda, ser acompañado, encontrar apoyo en el maestro, en el grupo, en la enseñanza, en el legado.
Ser humano no es un obstáculo, es una oportunidad. Estoy evolucionando y puedo dar un paso más. Cuando no veo con claridad niego mi naturaleza más obscura por sentirla demasiado cerca y niego mi naturaleza más luminosa por creerla demasiado lejos. El Zen me invita a abrazar ambas naturalezas, pues ambas son mi existencia humana. El Samsara es precisamente lo que impulsa mi humanidad hacia adelante, el Nirvana es mi humanidad alcanzando su más genuina realización.

Juancho Calvo 

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