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CHEMA PASCUAL

CHEMA PASCUALINSTRUMENTOS PARA EL ALMA
Su vida ha girado alrededor de la música y los viajes. Crítico musical, creador de programas radiofónicos y estudioso de los sonidos místicos. En 1995 funda Ritual Sound, cuya filosofía es viajar a las diversas culturas del mundo y recoger los Instrumentos Sonoros que usan para conectar con Deidades, ancestros o formas de poder, y en último caso, para adentrarse en uno mismo.

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¿Música? Un juego de niños

252 CHEMAPodríamos decir que la música está antes en la naturaleza que en los escenarios. Podríamos decir también que la escala musical es un tipo de escalera que nos puede llevar a un lugar u otro de nuestro animus. Me atrevo a decir también que la música es un juguete que nos espera en algún lugar del tiempo. Y si es así, ¿por qué esperar? ¿Por qué no subir esa escalera que nos eleve a la matemática del sonido con su ritmo, sus variaciones, sus escalas, sus 3x4 y sus 6x8, sus aprestos y sus moderato? ¿Cuál es el problema, el impedimento?

Perdonar el apremio, pero estoy tan convencido de que la música es un juego, que deberíamos facilitar a un niño ya desde que nace cosas que suenen: cortinas musicales, pequeños tamborcitos, campanillas, silbatos, kalimbas y qué buena idea ese primer sonajero. Instrumentos sencillos que juegan con el sonido y, sobre todo, con el niño, ese niño que aún nos acompaña y que tiene hambre de sonidos y melodías.

Es posible que alguno de vosotr@s esté pensando en que al niño hay que animarle a dar clases de violín, piano o cualquier materia de conservatorio. Falso. Podemos crear un inútil en vez de un músico. La melodía es el que busca al niño-músico, no al revés. El ritmo de la vida también es un ritmo musical. Conozco muchos casos de personas que inscribieron a sus hijos de pequeños en conservatorios y que han tenido que desaprenderse de todo lo aprendido para que volvieran a coger la música desde otro lugar. No desde el arte, sino desde la vida.

Yo aprendí a cantar en las excursiones del colegio. Que si el carrascá, que si vamos a contar mentiras y que si tralarín y que si tralarán. Aprendí a tocar el tambor cuando vendía en ferias cuencos tibetanos y a mi lado había compañeros africanos que traían contenedores de tambores. Tocábamos hasta que las manos nos sangraban, los clientes nos apremiaban para que les atendiéramos o hasta que el sol se ponía y los vecinos imploraban un descanso.

Tocar en grupo ritmos repetitivos, aquellos que cuando los agarras no hay ya manera de soltarlos – de echo duermes con ellos – se convierte en una adicción, pues el ritmo en grupo nos ata, no solo al equipo de los que tocan, sino a la misma tierra, de forma que el espíritu vuela literalmente en compañía de los otros, hasta llegar a un trance comunal donde desaparece el ego, la personalidad, las fatigitas y los dolores de esta vida. Y esto no es música, es ya un juego, una comunión, un desaparecer como persona para ser ya latido, un juego donde pierde el individuo y gana el músico (o su musa).

EL JUEGO DE UN NIÑO

Por ello la música tiene ese PLAY en inglés: es tocar y es jugar. ¿Do you play music? Todos hemos visto a un niño concentrado totalmente en su juego. Ya puede sonar una bomba que el niño erre que erre con su avión, su cochecito o con el palo que rítmicamente golpea contra la mesa. En realidad, un músico cuando ya es mayorcito hace lo mismo, se mete en su instrumento y de ahí no le saca nadie (es la casa del señor). Así es ya la música lo que se adueña de su ánima y, al igual que al niño, se rompe la realidad, se rompe la per-so-na-li-dad y, tan sólo cuando escucha los aplausos, se cae del cielo y pregunta. ¿Qué tal ha estado?

Poner un concierto, no sé…de Janis Joplin por ejemplo. ¿Es ella la que canta? ¿Hay una persona dirigiendo el cotarro? Observa cuando finaliza la canción, parece como perdida, no sabe bien dónde está, etc. Para terminar con Janis y su ejemplo, ella decía sin rubor ni prepotencia “cuando empecé a cantar ya sabía, no tuve que aprender ni ensayar. Mi voz, la afinación y el ritmo no lo tuve que buscar, ¡estaba ahí!”.

Pulsa para Ver el Documental de Janis Joplin

Evidentemente no todo el mundo trae tanto talento de serie, pero salvando las distancias, cada uno trae bajo el brazo sus habilidades y, exceptuando algunos, que es verdad, no tienen oído ni ritmo debido a un trastorno llamado amusia, el resto estamos aptos para hacer nuestros pinitos musicales.

LA JAM SESION

Una vez al mes hacemos en la sala de Ritual Sound una jam sesión donde se llega, se toca y se improvisa. Estamos contentos porque cada vez viene más gente con unos cuantos años en los bolsillos – años en los que ya no vas por ahí para aprender, sino para disfrutar – y acabamos desternillados. La música se hace dueña de la situación y todos estamos a su servicio. Los ritmos encajan y parecemos jinetes galopando sobre caballos alados, que ya saben por dónde tienen que ir y, sobre todo, a dónde nos puede llevar, ¿a la niñez?

Chema Pascual

Frecuencias, Armónicos, Sonidos...

251 RITUALEstoy sentado frente al mar. Me gusta escuchar el hipnótico sonido del vaivén de las olas. Me fijo en el momento que van a romper y sigo ese movimiento circular que los surfistas llaman el tubo. Parece que el mar entero se desplaza hasta la playa, pero sé que es una ilusión, que sólo una pequeña parte del agua se mueve apenas unos metros, empujando a otras partículas para prolongar el movimiento ad-infinitum. Repetición rítmica de un suceso, de una historia que contar.

PULSA PARA OIR EL SONIDO OLAS DE MAR

Observar el ritmo continuo del oleaje nos sirve también para entender visualmente lo que sería el sonido. Imaginemos que la ola está formada por piezas de dominó a las que se pudiera agregar un resorte para que se pusieran en pie nada más caer. Al empujar la primera ficha irán cayendo progresivamente las demás, pero sin trasladarse. Al igual que la ola, en la onda sonora no hay ninguna traslación de partículas, sino una fuerza que empuja una partícula contra otra.

La cantidad de vibraciones (olas) en un segundo sería la frecuencia. Si escuchamos un diapasón en la frecuencia 432 Hz, por ejemplo, quiere decir que habría 432 ondas (olas) en un segundo. Cuantas más ondas por segundo, más corto será su tamaño y, por tanto, más agudo el sonido. Con menos ondas estas serán más largas, o sea, más graves.

Bañarnos o hacer surf entre el vaivén de las olas es un placer estimulante. Pero a diferencia de las olas del mar que mojan y refrescan nuestra piel, las ondas sonoras tienen la capacidad de atravesar nuestro cuerpo, todo nuestro sistema celular. Algunas partes ofrecerán más resistencia, como los huesos, y otras menos, como las vísceras, pero usando distintas frecuencias - más altas o rápidas para zonas duras, mas bajas o lentas para blandas – podemos afinar elementos de nuestro cuerpo desordenado.

RESONAR

Hablemos ahora del principio de resonancia. En primer lugar, sabemos que toda materia tiene su propia frecuencia de resonancia o vibración natural. El principio de resonancia, o vibración por simpatía, es la capacidad que tiene una vibración de transmitirse, llegar a otro cuerpo y hacerlo vibrar en su misma frecuencia.

Un ejemplo muy claro sería cuando dos personas se cogen de la muñeca tomándose mutuamente el pulso. Se comprobará fácilmente que a los poco minutos los dos pulsos se sincronizan. De igual forma, cuando dos diapasones vibran a la misma frecuencia, al activar uno de ellos hace que el otro comience a vibrar por simpatía. Este es el principio de resonancia.

SONOTERAPIA O TERAPIA DEL SONIDO

Este principio podemos transmitirlo al uso terapéutico con instrumentos holísticos si tenemos unos pequeños conocimientos de frecuencias. En sonoterapia, son muy usadas las frecuencias que están dentro de una escala en la que la nota LA, está afinada en 432Hz en vez de 440Hz. Esta escala es conocida como escala solffegio. Se experimenta con esta afinación una sonoridad difícil de detectar con el oído, pero sí con el cuerpo y mente. Es una frecuencia más holística y natural, basada en antiguas escalas usadas en el canto gregoriano medieval.

El uso de instrumentos que se basan en la vibración que producen, como son los cuencos tibetanos y de cuarzo, gongs o tambores chamánicos, son herramientas útiles y amables para ordenar y armonizar el sistema celular. Trabajan con las frecuencias holísticas y, sobre todo, con sus armónicos. Ya hemos explicado en otras ocasiones el poder que tienen estos sonidos para ordenar nuestro sistema celular y parar el infinito ruido mental.

ARMONIZADORES DE CHACRAS Y PLANETARIOS

Usando ese mismo principio de resonancia, se han creado los armonizadores sonoros. Se trata de barras de acero afinadas que flotan sobre una madera porosa, gracias a unos finos hilos que la sujetan. Al ser golpeado el metal con una baqueta de madera, el sonido y la vibración perdura en el tiempo y, según el principio de resonancia ya explicado, hará que el chacra pueda restaurar su afinación original.

En el caso de los armonizadores planetarios, los efectos son más sutiles e intentan acercarnos a la simbología astral de los distintos planetas y satélites de nuestro sistema solar.

DIAPASONES

Los diapasones son otra herramienta útil para afinar nuestro cuerpo. Existen por un lado los diapasones de horquilla normales, que están afinados a distintas frecuencias y que tienen más incidencia en el campo sutil de nuestro campo vibratorio. Al golpearlos y hacerlos vibrar, se pasan alrededor del cuerpo para que el aura se restaure y armonice con la frecuencia que estemos trabajando.

Hay también diapasones con pesas. Estos se colocan con la base de la horquilla en la zona del cuerpo que se quiera afinar. Hay una gran variedad de frecuencias para trabajar con distintas partes y frecuencias del cuerpo. Los más conocidos son los diapasones Om afinado en 136 Hz.

Chema Pascual

El sonido de la libertad

250 CHEMANací en el año 1960, cuando en este país aún no estaba de moda la democracia y la libertad era una palabra por conquistar. Afortunadamente murió el dictador y con él pareció que se abría alguna puerta. Falso, hubo que empujarla, obligarla a caer a costa de mucho sufrimiento, de manifestaciones, detenciones, torturas, muertos… pero de alguna forma aquello cuajó y poco a poco se fueron abriendo las puertas de la democracia.

Recuerdo hoy a mi padre, sentado a mi lado, comiendo en silencio y sin decir palabra. Yo creía que estaba disgustado conmigo – tenía 16 años y no era un chico fácil – así que le pregunté, ¿qué te pasa? Nada, que he votado. Ahí mismo rompió a llorar. Él siempre fue una persona que amaba la libertad, había vivido en su niñez madrileña la aventura de enfrentarse ya de pequeño al golpe de estado que dieron los fascistas (en ese momento estaban de moda por Europa). Así que tuvo que vivir casi toda su vida sin poder decir lo que pensaba, callado, llevando como podía el vivir bajo una opresión constante.

Así que siempre su libertad la desarrolló en el viajar sólo por trabajo, o con toda la familia –con abuela incluida– por toda la piel de toro. Es como si el marcharse, el recorrer kilómetros y kilómetros le completasen como persona, sacar lo que nunca le dejaron decir, dando la vuelta al mapa de España varias veces al año.

LA MUSICA COMO PROTESTA

En los años 60 los campus de las universidades reunían a cantautores como Serrat, Raimon, Labordeta o Paco Ibáñez que, con su música de protesta, estiraban la cuerda que ayudaría a derribar la torre del régimen franquista.

PULSA PARA ESCUCHAR A GALOPAR (ALBERTI Y PACO IBAÑEZ)

PULSA PARA ESCUCHAR HABRÁ UN DIA EN QUE TODOS (LABORDETA)

Muerto ya el dictador y cuando recorríamos una transición que dejó muchos muertos y torturados como colofón del régimen que no quería dejar el poder, llegaron los años 80.

Así apareció el movimiento que todos conocemos como “la movida”, esa puerta cultural y sobre todo musical de libertad, que mucha gente, sobre todo los jóvenes, estábamos deseando cruzar. Escuché hace unos días al escritor del libro “La movida que no vivimos”, Enrique Llamas, responder a la pregunta sobre si se podría repetir la movida. Contestaba que “para que se pudiera volver a dar un movimiento tan liberador como ese, tendría que volver a haber otra dictadura de 40 años”. Cosa que evidentemente, nadie desea.

PULSA PARA ESCUCHAR EL AUDIO ENTREVISTA

Por ello, después de mis aventuras políticas, la música fue el barco con el surqué los mares de la vida. Estuve tocando con distintos grupos de pop, hice radio-teatro en distintas radios libres y periodismo musical en revistas como Ajoblanco o El Europeo. Así, hasta que dejé la empresa que me daba de comer y me puse a viajar como un loco, y así descubrí el tipo de instrumentos que más me gustan: Los instrumentos místicos.

Cuento estas notas de mi vida no porque me parezcan demasiado interesantes, sino por mostrar esa simbiosis que puede haber entre música y libertad. De crear ese espacio interior donde quepa la alegría de tocar, de crear, de sentirse único en ese momento porque está pasando algo de lo que no somos ni siquiera dueños. Sucede. Punto.

¿CUÁNDO TOCAMOS?

Al tocar en círculos de tambores africanos, la unión en el ritmo hace que el yo desaparezca. Se dice que entras en trance, pero en realidad estás en un momento de libertad absoluto. Ni siquiera tú (el ego) es capaz de adueñarse de la situación. Entramos en esa comunión de ser parte de un todo, de notar que cada golpe suma en esa armonía grupal y sentir esa fusión que permite que los límites del yo se fusionen con el/la otr@.

La mayoría de nosotros pensamos que no servimos para la música, que para eso hay que nacer. Por supuesto que para tener el talento de Mozart hay que ser especial, pero para canturrear canciones y tocar tambores o maracas, sólo basta con tener la libertad de juntarse, cantar y tocar con amig@s o en Jam sessions organizadas. También puedes ir a la naturaleza a soltar tu flauta nativa y recibir la respuesta en el eco de los árboles, como un canto a la libertad del corazón humano al del bosque.

Seguiremos buscando así la estela de la libertad a través de la música con su danza, su jazz (la música más libre que conozco), sus conciertos en vivo, tu tambor en el grupo y hasta que salga el sol.

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Chema Pascual

COLABORADORES Revista Verdemente