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PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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La pandemia y el arquetipo del apocalipsis

245 ILUS PABLO¿No resulta sospechoso que nos atraigan tanto las series del estilo de Walking Dead o Resident Evil, y que estemos hoy en medio de una pandemia mundial bajo el asedio de un ser minúsculo, que no podemos siquiera discernir qué es lo que realmente hace? Pues no, en absoluto.

Ya de por sí, el hecho de que nos fascinen dichas producciones post-apocalípticas nos da un indicio claro de que tenemos una fijación (obsesiva diría yo) con el caos, con aquello que no podemos ver ni entender y que, dado que nos las hemos arreglado para creer que hemos eliminado de nuestra construcción cultural toda traza de lo no controlable, ahora lo necesitamos con desesperación. Y por ello, nos lanzamos sin desparpajo a consumir toda expresión artística que lo denote.

¡Tanto es así que ahora mismo somos los protagonistas de nuestra propia serie apocalíptica! ¿Pero cómo es que llegamos hasta aquí? Bueno, las culturas que nos precedieron convivían con las fuerzas de la naturaleza, brutales y destructivas. Nosotros también lo hacemos, pero de forma mesurada, un poco de frío o calor, alguna tormenta, un tsunami de vez en cuando. Pero normalmente nos guarecemos en nuestras casas y la ayuda llega pronto, en el caso de que haya cortes de suministros o destrucciones materiales. Ello nos hace creer que el orden es lo real y el caos es sólo algo que ocurre una vez cada tanto tiempo. Es un craso error. El caos es la existencia, y el orden es tan sólo un ápice, un mero fragmento de ello, y ahora mismo lo estamos descubriendo con pesar. Los virus (veneno en latín) existen desde mucho antes que nosotros, y también las destructivas y caóticas fuerzas de la naturaleza, pero elegimos crear un orden social pretendiendo que no es así.

Los antiguos poseían símbolos (mitos) para poder establecer vínculos con lo caótico, y así sus formas de vida resultaban más armónicas (no padecían de psicosis o neurosis por ejemplo). Sus comportamientos habituales los hacían participantes del mundo que los rodeaba en lugar de ser meros invasores como nos pasa a nosotros. Ello les permitía dialogar con el medio, con lo que no comprendían, ya sea que proviniese desde fuera (fuerzas meteorológicas) o desde dentro (virus y emociones), ya que cuando uno simboliza algo que no ve, puede comenzar a escucharlo, con lo cual se abre la puerta a la bidireccionalidad, al diálogo.

En el cristianismo y el judaísmo hay un principio fundamental que es el de la justificación (dikaiosis). Cuando salamos algo lo volvemos salado, cuando lo endulzamos, pues dulce; pero cuando lo justificamos lo volvemos justo. Volver justo a alguien o algo es darle otra categoría.

Pensemos en un prisma, en ese cristal que, ante un haz de luz blanca, genera el espectro de colores que vemos por ejemplo en un arco iris. ¿Qué hace? Pues tamiza, cierne, transforma a través de un proceso a lo que es crudo y monolítico (luz blanca), en pluralidad y belleza (espectro luminoso). Ése es el fenómeno de la justificación, y cuando se pone en marcha, produce una dignificación de la vida humana por otorgarle un claro propósito, lo que se traduce en la felicidad de saberse parte vital de un gran proceso orgánico llamado vida.

Vamos a aclarar todo esto con un ejemplo sencillo. Imaginemos un huracán, un bestial y destructivo viento destruyendo todo a su paso y propongamos tres escenarios posibles. En el primero, nada ante él ¿qué sucederá? Pues nada, el viento circulará sin obstáculos y nada habrá ante él que le presente el desafío de ser “tamizado”. Ello es equivalente a cuando el impulso de matar surge a alguien que carece de todo prurito moral, sencillamente matará y dormirá como un bebé esa noche, tal como haría cualquier bestia salvaje. Allí no ocurre “justificación alguna”.
En el segundo escenario encontramos una pared que le hace frente al viento. Según su robustez puede que aguante más o menos tiempo, pero tarde o temprano puede que caiga ante el embate brutal del viento. Es el caso de alguien que posee propósitos de vida individuales, narcisistas, del estilo de: yo hago lo que me place y la vida no es nadie para arruinar mis planes. En este caso tampoco hay justificación, ya que el viento no sufre transformación alguna, simplemente contiende contra la pared, que puede aguantar o derrumbarse. Es la condición más habitual, la de nuestra sociedad que no incluye al caos, a las emociones (lo que nos “mociona”) porque tenemos nuestros propios planes.

El tercer escenario es el de una pared también, pero con un agujero en su centro por el que el huracanado viento puede pasar en una medida, con esfuerzo, con lo que el viento se ve no sólo descomprimido en su embate contra la pared, sino también transformado, ya que al pasar a través se “parediza” se justifica (y la pared se “vientifica”), y del otro lado saldrá un “viento tranquilo”. Habrá sucedido un diálogo, una interacción. Dolorosa sí, y mucho, ya que la pared debe permitir el pasaje de lo brutal a través de ella misma y ser transformada por el proceso, y a la vez el propio viento también lo será. Pensemos en el caos como emociones, virus, personas pendencieras y sucesos externos que nos acontecen cada día, que necesitan ser justificados, transformados por nosotros.

Los primeros dos casos son inútiles para la vida, el primero de ellos porque es caos encontrando caos, con lo cual el resultado es más caos. No hay justificación. En el segundo porque el caos es resistido, aguantado, con lo cual no hay tampoco justificación. Solamente en el último sucede lo que Jesús llamaba la transformación del dios del antiguo testamento duro y cruel (Yahveh) en el dios de Amor del nuevo testamento. Pero para ello hace falta que un “justo” (Jesús en este caso) sufriera, soportara el embate de “la ira de Dios”, de esas fuerzas primarias circulando a través suyo (cruz), y así “redimir los pecados del mundo” (caos) o “lavarnos con su sangre” (justificación de la vida entera).

La figura mítica de Jesús es la del “anthropos” el hombre primordial, el modelo a emular. Se trata así de abrirnos al caos de cada día (el “varón de dolores” del salmo 22), el de nuestras emociones (miedo, ira, entusiasmo) y el externo, pero no meramente “aguantando” (como el de la pared sin agujero) sino dialogando con ello, dejando que nos atraviese, incluyéndolo en nuestras vidas y en la forma en que construimos sociedades. Y veremos como el panorama cambia, como dejamos de esconder la cabeza (como hace el avestruz) y empezamos a convivir con el eterno caos. Así ni nos fascinarán tanto las series de zombies ni nos sorprenderán las pandemias…

Pablo Veloso

Aprender a enfermar

244 PABLO

Estamos pasando por uno de los momentos más cruciales de nuestra historia como humanidad. Nunca antes se había dado que la humanidad entera se contagiara de un virus (regalo de nuestro mundo globalizado).

Sabemos superficialmente que los virus son entes que algunos califican como seres vivos y otros no, ya que carecen de las funciones básicas que se requieren para ser considerados así. Y sin embargo, pese a su extrema pequeñez parecen ser sumamente capaces de no sólo interaccionar con nosotros, sino de introducirse sin nuestro permiso hasta el nivel más íntimo de nuestro ser, el celular. Y la cuestión no se detiene allí. Poseen la habilidad de alterar nuestro código genético de formas impredecibles. Ante tal impotencia de nuestra parte... ¿Qué hacer?

Bueno, los virus han existido en nuestro planeta desde mucho tiempo antes que nosotros lo habitásemos. Ellos son los verdaderos dueños de él, ya que no sólo son capaces de infectar humanos y animales, sino que también lo hacen con plantas y hasta con bacterias. De hecho, la más moderna investigación científica genera virus en laboratorios que son capaces de atacar e inutilizar bacterias, de forma que al inoculárnoslos combatan infecciones bacterianas para las cuales carecemos de antibióticos conocidos.

Pero ¿qué es un virus? Pues vamos a presentarlo en sociedad de una forma sencilla: se trata de una subrutina.

Imaginemos que tenemos un ordenador que funciona con un sistema operativo (software) como por ejemplo Windows. Dicho sistema viene preparado para realizar tareas preestablecidas, las cuales repetirá hasta el hartazgo si nada extraño sucede. A veces cargamos programas nuevos que desarrollan funciones deseadas, y cuando ya no nos sirven los desinstalamos, con lo cual todo va de mil maravillas. Se trata de un proceso controlado (relativamente).

Sin embargo, todo programa está constituido por ceros y unos, el famoso código binario, que al complejizarse genera rutinas simples, como por ejemplo acelerar el procesador, suspender el ordenador, etc. Rutinas simples que al combinarse por parte del programador dan origen al sistema operativo y a los programas que usamos.

Sin embargo, a veces ocurre que algunas piezas de código foráneo llegan hasta nuestro ordenador, a veces debido a la mala intención de algún hacker y otras por ser retazos de programas desinstalados. A esos “trocitos de código” es a lo que llamamos virus, ya que al ingresar al sistema, le harán realizar funciones que muchas veces carecerán de sentido, otras harán que nuestro ordenador se bloquee por completo, y otras no harán nada en absoluto .

Sin embargo, si observamos el proceso notaremos que está modificación da como resultado una forma alternativa de funcionamiento, algo que quizá el programador no había contemplado y que, viendo ahora los resultados, podría aportarle geniales ideas para futuras mejoras.

Algunos virus informáticos son llamados "crackers" y buscan romper limitaciones que los programas imponen, mientras que otros se conocen como "hacks", que permiten lograr mejoras a juegos o programas que no venían de origen. Otros buscan simplemente destruir.

Así notamos como los virus, lejos de ser siempre agentes destructores, son más bien información que es capaz de alterar el funcionamiento monolítico de un sistema, pero no como algo exógeno, externo, sino como el lenguaje original con el que se escribió ese sistema operativo, de lo contrario no podrían asimilarse a él.

¿Qué solución hemos encontrado tanto en el ámbito informático como en el orgánico? Pues crear antivirus, destruirlos apenas se acerquen. Es lo que hace nuestro sistema inmunológico también con más o menos éxito. Sin embargo a veces entran igualmente y nos modifican. Pero… ¿cómo nos modifican?

Cuando se logró analizar el genoma humano (el ADN o código genético que nos constituye) se esperaba encontrar algo revelador, especial. Pero ¿qué se encontró? Pues una esencia mínima funcional que nos hacía quienes somos y un montón de "ADN basura". Y ése "ADN basura" resultó estar constituido por... ¡restos de virus!

Se entiende que cuando los virus infectan a las células modifican su ADN con diversos fines, proceso que no es siempre perfecto, por lo que muchos errores surgen, resultando así en un gran potencial evolutivo. Se piensa que muchos saltos evolutivos (como el del simio al homínido) tuvieron mucho que ver con restos de virus que, debido a cambios medioambientales se activaron en el genoma produciendo cambios que resultaron adaptativamente viables, lo que generó variaciones menores o lisa y llanamente nuevas especies. Por ello ¡puede que los humanos estemos aquí gracias a los virus!

Si no lucháramos contra los virus, el embate de tal cantidad de modificaciones acabaría con nosotros, pero nuestra sociedad actual está basada en la idea de: somos la cúspide de la evolución de la vida, por lo que nada debe modificarnos ni a nosotros ni a nuestra forma de vida. En suma, buscamos la destrucción del enemigo en aras de la estabilidad, lo que genera miedo (al cambio).

Sin embargo, podríamos variar nuestra actitud de la "guerra sin cuartel" a la "regulación selectiva", es decir, podríamos comenzar a permitir una fructífera interacción con los virus, regulando su ingreso, aprendiendo a permitir selectivamente su aporte en lugar de evitar todo contacto.

Ocurre lo mismo entre países. Los hay que cierran férreamente sus fronteras y acaban con todo aquel que quiera ingresar, con lo cual logran dos efectos nocivos: el primero es que no recibirán nuevas ideas que podrían transformar de mil formas (unas productivas y otras no) a su sociedad, y la segunda, que cuando sus fuerzas ya no sean suficientes como para resistir al enemigo, éste entrará masivamente rompiendo sus defensas, y los habitantes no tendrán preparación alguna para dicha integración, por lo que su nación acabará fagocitada.

Los países que regulan la entrada de personas extranjeras consiguen (pagando el precio del esfuerzo económico y social de la paulatina asimilación) un aumento en la variedad de ideas y conocimientos que impulsarán a todas las áreas del saber. Miremos a países como EEUU y Argentina durante las dos guerras mundiales y cómo se enriquecieron a todo nivel con el aluvión de inmigrantes y lo que ellos trajeron consigo.

Con lo anterior quiero decir que como sociedad o como organismos hemos aprendido a vivir cerrando fronteras por miedo a perder nuestra preciada integridad (¡no me hables, no sea que me convenzas!) con lo que, ante el embate de las enfermedades, lo que más nos duele es la pérdida de nuestra autarquía, de nuestro estrecho y confinado mundo físico e intelectual. Hemos olvidado que enfermar (in-firmus, ausencia de firmeza), corromper, deteriorar, es cambiar, y el cambio, por costoso que sea... es vida.

Pablo Veloso

La no dualidad (adbaita) y el síndrome de la vida sin alma

243 PABLOLa vida es compleja, y esto es algo más que evidente. Continuamente se nos demanda nuestra participación para resolver esto o aquello, para solucionar éste o aquel problema. Todo ello resulta agotador, ya que cada vez que nos concentramos en algo la fatiga no tarda en aparecer.

Algo notable en el proceso vital es que resulta claro que donde hay esfuerzo allí estamos nosotros. Esa conocida sensación de ser un yo, un ego que se aplica a lo que haga falta, con lo que comenzamos a relacionar al agotamiento con la aparición de la sensación de yo.

No es de extrañar entonces que nuestra sociedad constantemente desarrolle formas cada vez más creativas y variadas de entretenimiento ("tener entre"), palabra que tiene que ver con mantenernos aunque sea por un rato en una suerte de limbo, de estado intermedio en el que no hay un cuajar, un descender, un concentrarse, en suma, no hay yo (ergo no hay dolor).
Si un entretenimiento es efectivo, diremos al acabar: -¡recién ahora caigo en la cuenta de mi mismo! Es decir, durante el divertimento no nos acordaremos de nosotros mismos, no habrá fatiga alguna, no "aterrizaremos".

Así entonces podemos equiparar la ausencia de sensación de yo con la paz y el reposo. Pero la vida no parece estar de acuerdo con nuestro subterfugio, ya que todo conspira para que una y otra vez ese fastidioso yo regrese al mundo real, a tomar decisiones, a frustrarse, a agotarse. De alguna forma pareciera ser que la vida necesita que exista dicha sensación de yo y por ello nos reclama otra vez.

Algunas personas logran deteriorar sus capacidades cognitivas mediante drogas o picos de estrés repetidos, con lo cual ya no sufren, pero claro, tampoco viven (como sucede con los vampiros), y además ya no pueden funcionar en el mundo real.

Pero como el ser humano es incansable en su inventiva, hemos desarrollado la herramienta definitiva para lograrlo sin deteriorar nuestra biología: la no dualidad (advaita) y su sucedáneo: el relativismo. Se trata de una postura filosófica que propone mediante un concienzudo análisis del funcionamiento de la mente, que el yo en realidad es impotente, que no posee realmente la capacidad de hacer que se arroga, que es sólo una marioneta que parece tener vida propia pero que en realidad carece del libre albedrío que justificaría toda preocupación. De ésta forma accedemos a una nueva manera de vivir que nos permite funcionar en el mundo pero a la vez desterrar (nunca mejor dicho) la intensidad agotadora que provenía de considerarnos el sostén del universo cual el antiguo titán griego Atlas.

Si todo es ilusión (en el sentido latino del término como "ludere", lúdico) es decir, no hay nada certero o seguro, nada definitivo, ya nada nos preocupará, ya que lo que sea que esté sucediendo lo hará por sí mismo. Es decir, lo que otrora yo pensaba que dependía por completo de mí mismo (tomar decisiones, aplicarme a corregir un vicio, estudiar) y que era mortalmente importante, ahora es propiedad del universo como un todo (o de Dios), con lo cual ya no habrá ese agotamiento que antes nos acuciaba y que nos obligaba a buscar dispersiones para no morir de estrés. Ahora ya no hay dos. Ahora sólo hay uno (la Vida, el Ser, Dios), ergo: hemos eliminado el problema, nos hemos quitado de en medio.

Hasta aquí todo perfecto. Tenía estrés por creer que todo dependía de mí, pero ahora sé que no lo hace, por lo que me relajo. He tomado la medicina que cura la recalcitrante enfermedad del yo. Pero claro, el ser humano gusta de los excesos, y bajo la premisa de: si una píldora me hace bien, diez me harán mejor, comenzamos a habituarnos a la paz que nos aporta tal estado y la medicina se convertirá en dieta, con lo cual vendremos a descubrir, tras un idílico paraíso de tranquilidad (que puede durar toda la vida de hecho), que para amar hace falta algo de yo. Y también para disfrutar de un partido de fútbol, o del crecer de un hijo, o para poder apasionarse con una carrera, una investigación, un proyecto, en suma, ¡que nos damos cuenta de que hemos arrojado al niño junto con al agua de la bañera!
Llegados a éste punto muchos deciden que dado que ya que han llegado demasiado lejos, se mantendrán así pese a las consecuencias, convirtiéndose en verdaderos "zombies" no duales. Gente que, por miedo a que alguien o algo los haga "caer" otra vez en el doloroso yo, constantemente nos abordan con preguntas como: “¿quién pregunta?”, o “¿quién dice que ama?”, como forma de poder desmitificar cualquier intento nuestro por suponer un libre albedrío e involucrarlos así con algún tipo de sentimiento que los humanice.

Es el "efecto vampiro", ya que dichos seres míticos no se reflejan en espejos (carecen de yo), no poseen alma (no sienten), son pálidos como los muertos (carecen del calor de la pasión), y necesitan de la sangre de los vivos (aunque no lo reconozcan ven Netflix). Claro, a cambio son inmortales, pero dolorosamente inmortales.
La no dualidad como dieta es el último atalaya del ser humano, ese esfuerzo sobrehumano que citaba Don Juan, el personaje de Carlos Castaneda cuando decía que los antiguos videntes habían llegado tan lejos en la búsqueda de la inmortalidad, que habían quedado atrapados en los reinos inorgánicos, perdiendo para siempre su humanidad.

Aunque resulte improbable, muchos están comenzando a despertar del embriagante sueño de la consciencia no dual hacia una forma mucho más equilibrada de abordar la vida, descubriendo un mundo que habían olvidado, abriendo los ojos a él por primera vez en mucho tiempo, y reconociéndose incapaces de funcionar al principio. Tal como le pasaba a Neo, el personaje de la película Matrix, a quien la primera vez que intentó ver el mundo real le dolían los ojos por falta de costumbre (en una analogía evidente con la "caverna" de Platón).

Buscamos soluciones fáciles y definitivas al dolor humano, pero la vida es mucho más compleja que eso, y no se contenta con una mera huida al mundo del "nunca jamás". Si no que nos pide un continuo reajuste en el equilibrio vital, tal como cuando andamos en bicicleta y reajustamos nuestro equilibrio todo el tiempo. Ello no es fácil, pero nos permite interaccionar con el medio y con los demás. En suma, estar vivos.

La propuesta no dual se encuentra en todas las tradiciones espirituales del mundo de una u otra forma, y resulta un abordaje sumamente liberador de la fijación obsesiva en el yo que vivimos hoy en día, pero su efecto curativo sólo se manifiesta cuando apelamos a ella como lo haríamos con una medicina, es decir, sólo hasta corregir el desbalance.

Pablo Veloso

COLABORADORES Revista Verdemente