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El Punto mas Blanco

180 RAMIRO

La última vez que me encontré con Babaji Sibananda de Benarés fue en compañía de Luisa y Jesús Fonseca. Estábamos haciendo un recorrido tras las huellas de Buda, visitando todos los lugares que él caminó a lo largo de más de cuarenta años predicando el Dharma (la Enseñanza), en la cuenca del Ganges. Estuvimos tres días en Benarés y pasamos muchas horas con Babaji. Nunca hubiera yo podido suponer que era nuestro ultimo encuentro en esta tierra. Después vino mi enfermedad y estuvo meditando diariamente en mí mientras estuve al borde de la muerte. Ya repuesto, me propuse ir a visitarle y volverme a fundir con él en uno de nuestros intensos, sentidos e inolvidables abrazos. Pero el señor de la muerte, Yama, no respeta a nadie. Viene un día y te roba el alma, dejando el cuerpo vacío como una calabaza.

Viajando un día en tren hacia el sur de España para dar un taller de meditación, recibí una llamada de mi buena amiga Cristina Lázaro, comunicándome que Babaji había desencarnado. No pude impedir las lágrimas. No lloraba por él, que ya estaba en samadhi intemporal, sino por mí, que me había quedado a partir de ese momento sin mirarme en sus preciosos y confortadores ojos ambarinos o sin poder disfrutar de su contagiosa risa o sin poder fundirme con su cuerpo menudo y escuchar cuando nos despedíamos: "Amigos para siempre".

Muchas horas pasamos Luisa, Jesús y yo junto a Babaji. Luisa le adoraba e incluso se quedaba sentada a su lado mientras Jesús y yo íbamos de aquí para allá por las vetustas callejuelas adyacentes a los ghats (escalinatas que acceden al rio). Una luminosa mañana, después de que Jesús hubiera depositado un puñado de las cenizas de su amada mujer Esther en el centro del Ganges, el río más sagrado del planeta, le preguntó a Babaji si no quería venirse con nosotros un tiempo a España. Nos miró intensamente (¡qué ojos los suyos!), sonrió y exclamó: "Qué chiste!". Él no era de los que necesitaban emprender giras mundiales para afirmar su ego, ni había aspirado nunca a ser un guía o líder espiritual sumando obsesivamente prosélitos, ni quería proponerse como "un salvador de almas" ni nada parecido. ¡Cuántas veces ya me había dicho que la flor no necesita correr tras la abeja, pues la abeja acude a libar en la flor! La playa no necesita perseguir a la ola ni un maestro verdadero necesita hacer un escaparate o un show de sus enseñanzas. Muchas veces me había dicho que los más grandes yoguis de la India no se dejan ver en público y cuánto menos formaban ashrams o putrescibles instituciones, y no se apoyaban jamás en toda una estudiada gestión de marketing para ir recorriendo el mundo entre bambalinas. Era en este sentido tan alérgico como Krishnamurti a las organizaciones e instituciones. No comprendía la obediencia ciega y abyecta de los discípulos con respecto a los guías que se decían espirituales y que se sabían unas cuantos sermones y nada más. Personalmente les he considerado siempre como actores frustrados y mejor es que se dedicasen a la política y se sumasen a la legión de los políticos que no son gente de fiar. No es de extrañar que también Vivekananda y Ramakrisha tuvieran palabras tan duras para esos gurús o líderes que se rodean de una camarilla de ciegos  y apegados acólitos y van de aquí para allá alimentando su narcisismo insaciable.

He visitado varias veces el ashram de Ramana Maharshi y he escrito varias obras sobre este extraordinario ser. Jung dijo sobre él que era el punto más blanco de una hoja en blanco; tal era su pureza. He meditado en las cuevas en las que él viviera en Arunachala y me he sentado al lado de su mahasamadhi (tumba). Su fama de santidad, por decirlo así para entendernos, se extendió por todo el mundo y no necesitó nunca moverse de dónde estaba. Lo tuvo bien claro: la abeja debe acudir a la flor. No le tentaron en lo más mínimo las giras mundiales, hacer acopio de millares de oyentes, fundar instituciones, verse rodeado de discípulos incapaces de utilizar el discernimiento y descubrir que el maestro exterior no es un mástil al que aferrarse, sino una vía para llegar al maestro interior.
Cuando iba a morir, los discípulos le suplicaron que no se fuera. El dijo: "Pero ¿a dónde podría yo ir? Siempre estaré aquí".
La gracia está dentro de nosotros y no viene de afuera. Lo sabía Ramana Maharshi y así lo declaró; lo sabía Babaji Sibananda de Benarés y así lo evidenciaba. Ambos creían, por encima de todo, en el poder del silencio, en que no hay un lenguaje más elocuente. Ya sabemos aquello de que muchos se dicen los elegidos, pero muy pocos lo son. Para las personas puras, las palabras son innecesarias, porque saben comunicarse de corazón a corazón.


 

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